viernes, 13 de diciembre de 2013

El sueño que no llegó a ser

Estoy pensando por qué he ido al lugar más frío del continente en Navidad, estoy pensando por qué camino bajo la tempestad, pero miro hacia abajo y lo veo en mi guante, un copo de nieve completo, nunca había visto uno, está como dibujado. Y sonrío. Estoy pensando en cómo he llegado a esta página, no es mi capítulo. Estoy pensando en despertar.

Variación (Homenaje a Hammershøi)
Estoy pensando por qué he ido al lugar más frío del continente.
Estoy pensando por qué solo en este silencio podría escuchar el aleteo de un cisne, solo he visto su pico negro cuando ha pasado sobre mi cabeza.
Estoy pensando por qué voy caminando bajo la tempestad. Mi pisada es tan tímida. En esta ciudad todos van mirando sus pies, de vez en cuando alzan con miedo la vista por si alguien se choca con ellos. Estoy pensando por qué no me he chocado contigo.
Estoy pensando en todas estas fotos quemadas. Hay tanta luz. Ni una arruga en este cielo en tres días, solo pájaros negros. Pero está allí, por detrás está, tan lejos que no me da calor.
Estoy pensando en este copo de nieve, en que nunca había visto uno lo bastante grande, como si lo viese con lupa, como si alguien lo dibujó en mi guante, me hace sonreír, es sencillo y perfecto, y vive veinte segundos.
Estoy pensando en esa mancha quieta sobre la nieve.
Estoy pensando en caminar más despacio, ¿cómo he llegado a esta página? Me pasé de mi capítulo.
Los pies, fríos.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Hasta el píloro

¿No creéis que hace mucho que no protesto?
El otro día fui a un banco, no es que vaya a menudo, normalmente cambio de acera cuando me encuentro uno, me dan sudores, en esta ocasión incluso entré. La "banquera", al decirle que era autónoma (yo no quería, me preguntó ella) me contestó emocionada "eres de esos valientes emprendedores a los que debemos tanto". Respiré profundo. Debía de pensar que estoy inventando la vacuna para la felicidad intestinal. Después, me hizo un poco la pelota y rápidamente me ofreció uno de sus "productos" infalibles para conseguir mi felicidad intestinal. Se vino arriba (una expresión muy trendi a la par que detestable) cuando resultó que vivía donde ella había vivido, de joven (no creo que tuviera más de dos años más que yo, ¡ay!). No consiguió colocarme su gran plan y no creo que lo consiga por el momento, debe de ser esta falta de confianza en que puedo liderar una nueva era.
Me gustaría decirle, no a ella, sino a más de uno que hay por ahí suelto tergiversando nuestras vidas:
Yo soy autónoma porque el mundo me ha hecho así.

Cómo decirle a la "banquera" que no invento cosas, ni me becará el MIT, ni volveré de Sillicon Valley forrada de laureles. Hace años, en aquelarre con unas amigas, pensábamos en inventar algo que nos arreglara la vida definitivamente, en lo ecónomico, claro; la fregona, el chupachups, el post-it, inventos simples y resultones. Después de algunas cervezas –el alcohol mal elegido no despierta la creatividad–, lo único que salió era algo tan deprimente como hipotecar el propio cuerpo, lo dicho, mal elegido el alcohol; un poco de absenta, un buen orujo hubieran sido las mejores opciones, al menos el resultado habría sido más creativo.
Llevo meses, si no años, saturándome de noticias sobre el mal estado del empleo (el que "haiga), huele mal, huele a muerto, vamos. Sobre lo malos, lo aventajados, lo afortunados, lo defraudadores que somos los autónomos. Sobre lo importante que es emprender.
Como hoy es el día de nuestra carta "maña", leamos lo que dice el libro al respecto del trabajo:

Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo.

Escaso. Se va el agua por todas partes.
Yo soy autónoma porque no me queda más remedio. ¿Existe el emprendedor forzado?
Mi vida laboral es, como la de muchos, exótica. Escogeré algunos retazos.
Siempre he ido a destiempo, a contracorriente. ¿Qué hacían casi todos al licenciarse de una versátil carrera? Los cursos de doctorado. Yo no, decidí aprender un oficio de futuro, el diseño, autónoma.
Después de diseñar logotipos verdes, catálogos con millares de botellas y folletos de hoteles decidí dar el gran salto a otro oficio, el de la edición. El primer trabajo estaba subvencionado por el Inem, el resto de trabajadores nos llamaban inemitas, algo como una especie invasora que llegaba en los tres últimos meses del año y se extinguí por Nochevieja.
Llegó la moda del mileurismo pero yo fui becada por seiscientos al mes, cachis.
Después otra beca, esta sí que era irresistible, además era temporalísima (trabajo temporal y de becario, una mezcla explosiva).
Mi gran oportunidad, un proyecto de seis meses que se estira como un chicle hasta el año (la factura, no).
En mi siguiente empleo no era suficientemente marginal, ni suficientemente mayor, ni estaba en "riesgo de exclusión", esa es la frase que más me gusta, así que, autónoma, temporal.
Viví mi paraíso de cenas navideñas, cesta y paga, fue breve pero corto.
Después, casilla de salida.
Seguro que más de uno os sentís identificados.
Como esta exótica vida laboral, es la de muchos, muchísimos; los emprendedores forzados.
Ahora voy con los tiempos, con la corriente, por fin, estoy en tendencia.
Pero cada vez que alguien me llama emprendedor se me irrita el píloro, que es una parte pequeña situada al principio del duodeno, comprenderéis que tengo que dejar de oír noticias tendenciosas y maquilladas, ver anuncios y tampoco puedo ir a bancos, en juego está mi felicidad intestinal.

martes, 19 de noviembre de 2013

El veneno negro

Es una buena tarde para escribir algo.
¿Que por qué es buena? Porque todo acaba de desaparecer ahí afuera; no, nada, el sol ha estado esquivándome todo el día hasta que por fin se ha ido, fundido a negro, no hay nada más. Estoy en mi habitación de la monja (donde tú escribías, A.B.), en mi esquina-oficina, esperando a escapar de aquí. No para esconderme entre las palabras sino para mirarlas bien.
Ahora es más fácil vivir a gusto entre sustantivos y preposiciones, porque antes intentaba comer de ellos, o gracias a ellos, y había momentos en que no nos llevábamos nada bien, porque se me escapaban de la cabeza, se esfumaban nada más llegar, se me escabullían por los márgenes del papel. Horas y horas ordenando las palabras de otros y no podía ni hablar con las mías.
Cómo las detesté. Ahora las necesito sobre blanco continuamente, no en mi cabeza desordenadas y desparramadas. Las doy la vuelta y las estrujo una y más veces para ver hasta dónde puedo llegar y entonces ellas me piden más y más, un compromiso cada vez mayor.
Y me acuerdo de Paula.
Ella nació antes de tiempo creo que para empezar a oír guerras de palabras pronto, ya que iba a vivir entre gritones, irónicos, histriónicos, tragicómicos, cantantes, titiriteros y un perro aullador.
A Paula le gustan las palabras, escucharlas, pronunciarlas, inventarlas: las hay difíciles como murciélago, porque tiene todas las vocales; libélula, porque es brillante; flamenco, porque es un pájaro rosa muy alto con el que jugar al cricket; aceite, porque acaba de oírla por primera vez y la repite corriendo por todo el pasillo; capítulo, porque puede dar nombre a una muñeca que todavía no lo tiene; náufrago, porque hay una aventura en el mar antes; mejillón, porque es el primer plato de la merienda; esqueleto, porque puede convertirlo en un hermano; cueva, porque se duerme bien dentro; sirena, porque nada; disfraz, porque empieza el día como mariquita y lo acaba como troglodita; cuento, porque su nana preferida son las historias, las escritas y las inventadas.
Paula incluso aprovecha para pedir al genio una cola de pez y una roca; la cola para viajar, la roca para reposar en ella después de la larga travesía a nado. Sirena es una palabra que se quedó con ella mucho tiempo y también naufragio, siempre con final feliz, claro. La sirena-capitana lograba subir a bordo de su roca a todos los que habían caído al mar infestado de tiburones.
Un día le dijo a su padre: "Papá, quiero dormir en el fondo del mar". Y su papá le pintó el fondo del mar en la pared junto a su cama: la sirena con su roca, la "piraña buena", el mejillón, una gamba pizpireta, un pulpo, su tortuga, la ballena, corales, anémonas, el hipocampo, un cangrejo ermitaño, peces felices, un barco con chimenea que navega por la superficie y dos gaviotas que vuelan juntas.
Hace once años, antes de que ella naciera, un enorme barco como el suyo navegaba con la barriga cargada de fuel, cargada de veneno. Una tempestad hizo un agujero en su casco por el que empezó a salir, poco a poco, pero sin parar, una masa negra pegajosa y mortal. Un veneno negro que se extendía por la superficie del mar hasta llegar a la playa, se pegaba al cuerpo de los peces, taponándoles las branquias e impidiéndoles respirar, al caparazón de los cangrejos, a las gaviotas, los mejillones, los pulpos, todos iban muriendo al ingerirlo, respirarlo o intentar zafarse de él, un veneno que hubo que arrancar de la arena y las rocas con las manos, las rocas de las sirenas, un veneno que lo fundió todo a negro.
No puedo dejar de pensar en las imágenes que estuvimos viendo durante días y días, meses, están ahí todavía presentes las aves, peces, los monos blancos cada vez más negros de los voluntarios que acudieron de muchos lugares a limpiar playas.
No puedo dejar de pensar en estas palabras: marea negra, sustantivo y adjetivo.
No puedo dejar de pensar en todos los animales que viven en la pared de Paula, que duermen junto a ella, un fondo marino delicado.
No puedo dejar de pensar en el planeta de Paula, un desastre gracias a todos.
Once años después de aquel desastre no natural y un juicio, nadie tiene la culpa, nadie es responsable de la catástrofe, de las muertes, de la contaminación, no hay final feliz.
Paula aprende en el colegio palabras nuevas: conservación, ecosistema, ecología, sostenibilidad, recursos naturales, protección de las especies… ¿cómo podemos enseñar a Paula bien su significado?

jueves, 31 de octubre de 2013

Mira-dos

Foto: E. Seligmann

Hace unos pocos meses mirabais esta escena por primera vez. ¿Recordáis? 
De paseo por su ciudad mi amigo nos conducía aquí, a esta esquina. No. Yo os quería conducir aquí, en un afán totalmente manipulador. Culpable. Porque el mirón (fotógrafo) me había regalado un retablo contemporáneo de once figuras; así es como lo veía, como una de esas tablas en las que los personajes protagonizan escenas bíblicas o mitológicas pero ataviados como personas normales de esas épocas, se les representa en actitudes cotidianas, no están inmóviles ni siempre de frente, a veces aparecen de espaldas, sin poses de ningún tipo, mantienen conversaciones o miran al horizonte pensando e incluso hay un pintor que puede estar pintando algo en mi plano.
Es deformación de un historiador hablar sobre composición, iconografía, técnica, luces, sombras en las obras artísticas. Es afán de un historiador destripar las historias que transcurren delante de sus ojos.
Es empeño de uno que mira una obra artística intentar indagar en la historia que hay detrás.
Por sorpresa, este trozo de realidad se ha convertido en una composición pictórica horizontal clásica, casi casi una pintura de género, o una escena de aquellos retablos, aunque naciera como una instantánea, un retrato colectivo de vidas anónimas, un trozo de la vida de esa ciudad que mi amigo miraba desde lejos, ahora puede ser que eso haya cambiado porque él mismo forma parte del retablo, es otro anónimo al que un recién llegado congelará en una de sus fotos callejeras cuando salga a dar un paseo por su nueva ciudad, esa a la que se ha trasladado o a la que ha huido, ¿por qué no ese que está observando desde dentro del café mientras almuerza su huevo escocés?
Como él me lo permite creo que me construiré una leyenda paralela a este azaroso momento lleno de preguntas, las 12:55 en Borough Market, Londres, Reino Unido.
Mirad de nuevo, escuchadlos. Acercaos bien, oíd cómo se mezclan sus murmullos, sus anhelos:
–Vi un hombre escalando un edificio, subiendo como si tal cosa por un lado de la mole de acero y vidrio, fue emocionante, trepaba sin miedo y decidido. Más arriba de un décimo me tiemblan las piernas.
–¿Cuánto llevamos sin hablar, dos años? ¡Y ahora tienes a Amelia! ¡Y tú sola! ¿Cómo llevas criarla a ella y también a tus vegetales?
–Hoy me han llamado para una peli, como ayudante de peluquería, tengo muchas ganas de empezar, serán dos meses en que pueda salir de nuestras cuatro paredes, a veces se me caen encima mientras espero.
–Ya encontré a mi protagonista: neurótico, inmaduro, inseguro, indeciso, enamoradizo, desordenado, psicológicamente tambaleante, carne de corazón roto, inconstante, inconsecuente. También he pensado en que tenga un secreto, eso siempre conecta, ¿no? Le exijo demasiado como personaje, espero mucho de él, a ver dónde me lleva.
–(No me gusta cómo me ha hablado. Cómo me gustaría no quedarme sin palabras.)
–Una sola llamada es lo que uno necesita para saber cuál es su sitio en esta inmensidad. A veces nada se arregla pero cada cosa se acomoda en su propio cajón.
–(No hay nada que pueda comparar a este momento en que comienzo un boceto, estoy nervioso y a la vez ansioso, todo está por decidir, sé que solo si contiene verdad puede servir pero a más verdad más miedo.)
Y en un instante todo se borra, algún camión pasa, la escena se desenfoca y ya no se puede oír nada.
Y mi amigo continúa camino, buscando encerrar preguntas en amables fotografías, sean cuales sean.

domingo, 27 de octubre de 2013

El superviviente

Yo vivía en una casa con dos ventanas (qué fortuna), cuando llovía, como hoy, mi casa era como la cueva de Ali (antes de su recuperación económica, supongo). Había días que, al salir a la calle, la luz me hacía daño en los ojos, como si de un grillo, topo, murciélago o cualquier otro bicho con dificultades de visión se tratase, sin exagerar. Además, mi patio se mojaba como todos los demás así que una se pensaba lo de salir a aquellas aceras estrechas no diseñadas para la vida con coches, solo con carros, en cualquier momento podías llegar a oír "¡agua va!".
En días así, como el de hoy, apetecía salir a encontrar color. Aquel día, como el de hoy, salí, casi seguro que lejos, siempre solía ser así, parece que cuando por fin lo decidía –no había ascensor– tenía que ser para largo, como diría mi madre "para una sola gamba no me mancho" y cuando regresaba entré en el mercado a comprar medio kilo de primavera.
Hay cosas como las fresas que animan al más oscuro pero, como siempre quieres que la felicidad permanezca, el resto de las fresas durmieron esa noche en el frigorífico.
No puedo recordar si llovía al día siguiente pero la primavera dormía al fresco. Recuerdo que abrí el recipiente de vidrio y allí estaba pegado a la tapa y metido en su concha. Muy pequeño y frágil, eso pensaba yo, pensaba que estaría muerto porque imaginé todo el camino que aquel diminuto había recorrido hasta llegar a mi tapa azul. Lo estuve observando un rato para comprobar si estaba vivo, aquel caracol empezó a moverse, el ser más resistente al que me había enfrentado hasta aquel día, un superviviente.

He vivido hasta ahora en una fresa, no puedo recordar pero creo que he pasado tres días en una cajita de madera. Después me agarré fuerte debajo de unas hojas. Me cambiaron a otra caja muy blanca, pude abrigarme bien porque colocan las fresas en filas juntas, me quedé muy quieto y a dormir.
Empiezo a andar después de pasar una de las noches más frías de mi vida, en un frigorífico, tras intentarlo un par de veces ya me puedo mover más deprisa por la tapa resbaladiza, caminaré hasta encontrar hojas verdes fresquitas, si hay posibilidad, me cobijaré bajo las flores de un jacinto.
Hasta mañana.
Cómo pasa el tiempo, llevo diez días en el jacinto, de los cuales cinco los he pasado solo y un poco aburrido, la humana desaprensiva con la que me ha tocado compartir piso me ha dejado cinco interminables jornadas a mi suerte. Y es que por aquí no pasa ni quisqui, nadie con el que chocar los cuernos, claro que lo de socializar tampoco es para tanto, aquí al menos estoy a salvo de hormigas y escarabajos.
He pasado a mejor vida, no, no es eso, ahora vivo en un lugar más vegetal, hay más macetas, una fuente y cuando llueve se moja como todos los demás.
Os cuento qué ocurrió. Fueron unos días agradables, comía jacinto a la hora de comer y hoja de coliflor para cenar. El sol llegó al alféizar y me gustó tanto que decidí ir a por todas, sin que me vieran bajé de la planta y me coloqué en el platito (creo que lo llaman así). Fui sorprendido in fraganti, quizás la humana pensó que del plato me tiraría al abismo de casi un metro que había bajo mi pie y decidió subirme a su dedo y llevarme a este sitio tan bonito y luminoso… y eso que caía un diluvio.
No sé si encontraré a alguien interesante por aquí pero a partir de ahora todo irá a mejor, menuda aventura para un menudo como yo.

martes, 8 de octubre de 2013

Todo es bello (brevemente)

Las mañanas son comienzos. Las mañanas son importantes, muchos días dependen de sus mañanas. El estado de ánimo de toda una jornada se puede estropear en la mañana. Hay mañanas que despiertas digitalmente en el bright side, en una especie de infierno naíf de buenos sentimientos en el que gente a la que no hablas en años –porque no te ha dado la gana– se interesa muchísimo en tu vida, muchísimo no, lo que deja el medio, un "¿cómo estás?" pero sin entrar en profundidades, por supuesto él o ella tampoco entra en ellas y la conversación (ironía) se acaba. Si te encontrases en otro lugar con él o ella le saludarías en plan "…ta lue…", quizá le criticarías o ridiculizarías y lo mismo haría la otra parte, y ahí quedaría todo.
El infierno también se manifiesta en forma de pepito grillo agitador de conciencias, que no está mal, caso de agitarme prefiero las mañanas, tengo el día entero para recuperarme y quizá, con suerte, algún programa de televisión me exorcizará y me dejará dispuesta a disfrutar del sueño merecido.
Pero lo que más me irrita y exaspera es el tufo a manual de autoayuda; ¿cómo es que de repente la superficialidad más liviana se ha convertido en profundidad?
Se lleva el "buenismo" y el "ñoñismo" disfrazados de sesudos comentarios, nunca se le dio tanta salida a las colecciones de citas. Por fin encontraron su lugar en el mundo los "memorizadores" y reproductores de mantras, los superhéroes del buen rollo, los elegidos para edulcorarnos a todos nosotros, amargados y cínicos.
Quizá no debería seguir, no vaya a ser que se me acuse de pedante*, ¿quién no ha tenido la tentación alguna vez de decir que "tutto è bello" (cito al protagonista de La meglio gioventù), obviamente solo preso de algún sortilegio o ceguera?
Pero en el afán de animar al personal o autoafirmarse a alguno le subirá la glucosa hasta que no sea reversible.
______
* William Hazlitt, el crítico más lúcido del romanticismo británico, decía que aquel que no se muestre un poquito pedante quizá llegue a ser sabio pero nunca feliz (…).

jueves, 3 de octubre de 2013

Chaflanes

Al empezar a pasear de verdad por este lugar que habito me di cuenta de lo hermosos que eran los chaflanes, es inevitable mirarlos, ¿no los miráis vosotros también? Nunca he imaginado o soñado con poseer una casa, debe de ser la herencia de algunos genes que no me ha hecho soñar con suficiente ahínco o que simplemente la realidad se impone, y ahora ni siquiera me permito que planee la idea. Al llegar a determinadas esquinas de este lugar, a veces sueño despierta con situaciones, sensaciones (la alucinación puede llegar a ser muy real): "Si yo fuera un poco rica (lo podéis entonar si queréis), quizá en Second life, o mejor en Another life, residiría entonces en una de las espaciosas habitaciones de mi casa de huéspedes, luminosa, de verdad, y exterior, de verdad. Una vía grande y ancha no está mal, las esquinas no son especiales, los grandes ventanales con contraventanas, bueno, pero las cosas importantes pasan en un chaflán, las cosas buenas te ocurren en esas terrazas cerradas, en esos miradores enormes acristalados que tienen el privilegio indiscutible de mirar a dos lugares distintos y confluyentes, donde estás fuera y dentro a la vez y además te ofrecen la calle en versión cinemascope y technicolor. Si me dejo llevar entonces no viviría en la ciudad pero de igual manera tendría que tener mi mirador cinemascope".


Luego camino calle abajo, por cualquiera de las dos calles que desembocan en el chaflán y la cosa es completamente diferente, en este lugar huele cada vez peor, está sucio de cielo a suelo y lo que más abunda son cajas de zapatos oscuras y cuyo precio está supervalorado, algunas por debajo del nivel de suelo. Nada bueno ocurre en el subsuelo, allí no hay color.
Hay nubes grises, humos grises, la escala de grises, comprendo estos conceptos.
Se dice que en la vida nada es totalmente blanco o totalmente negro, se dice que hay grises. Pamplinas. Es más, se dice que hay distintos tonos de grises, ¿cómo son, gris claro, ala de mosca, gris marengo, gris plomo?
También se dice que el que no se consuela es porque no quiere.
¿Gris es menos negro? Lo dejo así.
La vida se está poniendo gris oscuro casi negro, la de la gente común, la que no aprecia matices de gris.
Va oscureciéndose cada día más. Antes vivía en el exterior, ahora en el interior, antes iba al cine, ahora no, antes leía libros, ahora no, antes tenía trabajo, antes sonreía, antes investigaba, antes estudiaba…, antes, ahora no.
La distancia entre el chaflán y el final de la calle es cada vez más grande.
Y no hago más que leer sobre algo preocupante, que todos, los que vivimos en escala de grises y los que lo hacen en color vamos decayendo, nos volvemos miserables, perdemos la educación, si la tuvimos, y la moral, si la tuvimos. Se exacerba con lo que está ocurriendo y no parece que podamos estar por encima de ello.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

SMS (reenviar)

Hace tres años publiqué esta fotografía, eran los comienzos de El nido y la dejé tal cual, ahí, para que las imaginaciones trabajaran, no sé si las imaginaciones trabajaron pero no tuvo gran repercusión. Increíble la indiferencia que produjo, bueno, también eran los principios de este proyecto y no tenía tantos lectores como ahora (paradoja-ja).

Y ahora… ¿nada? ¿no sentís ni un poquito de curiosidad? ¿qué es? ¿dónde está? ¿por qué?
Algunas respuestas las sé, está en el Chiado, en la Ciudad blanca, la ciudad de la sonrisa perpetua y de la alegría teñida de saudade, de sardinhas, mansardas, cuestas que cortan la respiración y aceleran el corazón; de mar y río; ciudad de bacalhau y de la pérdida de razón, al texto de mi amigo Carlos remito, víctima del embrujo del salado pez:
"El bacalhau de Lisboa tiene la extraña cualidad de provocar en las afortunadas gentes que lo ingieren una inevitable tendencia a coleccionar pequeños paquetitos de paté de sardinas cuya post-ingestión termina provocando en estas, de nuevo, afortunadas gentes, la inevitable necesidad de comer bacalhau sin parar. Una vez satisfecha la necesidad y después de una agradable resaca bacalhaera, empiezan los sudores fríos, indicando de nuevo una necesidad genuinamente lisboeta que solo se subsana con la ingestión del ya mencionado pescado o de, el también mencionado, paté de sardinas, provocando el también explicado círculo viciosísimo de abstinencia y saciedad bacalhau-sardineiro. ¡I-lusos, bacalhaeros del mundo, uníos!".
Lo que es ya se ve: un mensaje claro, conciso y agradecido, alicatado y breve, un grafiti duradero: "Ya estoy mejor, gracias".
Parece ser que han corrido ríos de tinta (ahora que casi nadie escribe con tinta, me pregunto cuál sería la expresión adecuada), digo, han corrido ríos de píxeles sobre el significado oculto de la frase, seguro que la tinta versará sobre la inconveniencia de la obra en sí, ya sabemos que, en cuanto a lo que se escribe en la calle, hay más detractores que pueblo a favor, aunque en esa ciudad hay bastantes menos.
Podría tener detrás cualquier historia de esperanza, cualquier historia de dolor superado, de tristeza erradicada, amor, odio, quién sabe, alguna promesa al santo de turno, la lluvia que llega después de un verano seco, la curación definitiva de las hemorroides, o el fin definitivo de la caspa, cualquier cosa que las imaginaciones decidan que sea, todo vale… ¿nada?
Lo verdaderamente increíble del mensaje es su utilidad y su ductilidad, su atemporalidad, puede ser de lo más serio o irónico.
   "Como la noche anterior se ha perdido al regresar a casa, decide esta mañana hacer el recorrido largo, sube hasta el final de la calle, en la plaza hay un pequeño huerto comunitario pero no se detiene mucho a mirarlo, hace calor y acelera un poco el paso para llegar a la sombra cuanto antes. Por lo que se acuerda, a la vuelta de la esquina podrá coger, quizá, el tranvía, pero cuando está llegando a la parada lo ve ponerse en marcha así que aminora el paso, bajará hasta la estación caminando, en el fondo esperaba que sucediese; primero pensó que sería bueno, así no pasaría tanto calor ni se cansaría pero luego pensó en todo lo que se perdería por el camino.
En la plaza de la iglesia hay dos niños jugando al balón, se queda allí un rato mirándoles, hay un mirador perfecto desde donde se ve toda la ciudad, esta ciudad de adoquines (caminar por ella debería considerarse deporte), todos esos tejados rosados, se ve el convento sin cubierta y al fondo el río y el puente.
Está tan a gusto, hasta piensa en que, salvo porque no deja la cámara en paz, podría ser una de allí, del barrio. Podría ser que fuera su día libre y hubiera decidido coger la cámara e ir a hacer unas cuantas fotos de la ciudad, de los desconocidos, de los solitarios en las calles o en las pausas del mercado… si no le diera muchísima vergüenza fotografiar a la gente mientras comen, hablan, viven, claro, prefiere las piedras, como dicen algunos, hay edificios increíbles en deterioro constante, entrando o saliendo del abandono, le parece una ciudad muy fotogénica, anciana y viva.
Otras veces ha hecho este recorrido a la inversa, de abajo arriba, para ver lugares concretos, como una turista, ahora está arriba y dedicará el día entero a bajar despacio.
Empieza a hacer calor, es un poco tarde para caminatas, no ha madrugado mucho, pero como allí el tiempo va a distinta velocidad piensa que podrá hacer más paradas. De momento no, de momento se sujeta el pelo y continúa bajando, hay tanta luz y el cielo está tan azul que los perfiles son perfectos, todo está enfocado, no como hasta hace dos días, allí todo encaja. Ayer, antes de perderse, paró a tomar un café, en el sobre de azúcar leyó: "Um dia vou lutar pelo que quero". No es de las que piensen en que su destino le envía señales pero ha tenido que explicársela a tantas personas que ya no está segura de la decisión que ha tomado, piensa que aún está en ese momento eufórico y que, quizá cuando decida que ha llegado de nuevo el momento de actuar será realmente difícil. Y también piensa que ya han pasado unos meses y no siente que tengan razón.
¿No es el del café recién molido el mejor olor de todos? Pasa junto a uno de esos bares minúsculos que sirven también comidas y que no se sabe muy bien dónde se pueda sentar nadie. Están escribiendo el menú, quizá vuelva a la hora de comer, o mañana, desde la primera vez que estuvo en la ciudad siempre le han gustado esos sitios, sin fingimiento, normales y corrientes.
De nuevo ve el tranvía y decide dejarlo marchar de nuevo, un poco más abajo, en el otro mirador todavía no hay mucha gente, algún anciano que sale del bar, algún turista fotografiando los azulejos, una señora le pide una moneda, hay montones de buganvillas secas en el suelo, se ha levantado un poco de viento y bailan así que decide quedarse un rato y quizá ponerse un poco al día con el diario del viaje. Escribirá más de lo mismo, de lo que no llegará ni a corto pero que podrá leer más tarde y, tal vez, intentar recordar las sensaciones, los olores, los hedores de la esquina donde bailan las buganvillas.
Parece que está tardando en llegar, parece que deliberadamente se entretiene y el aire se está haciendo cada vez más denso, a ese paso llegará casi a la hora de comer a la otra punta de la ciudad, donde río ya es mar, con todo el sol cayendo vertical pero ¿cómo resistirse? Puede parar un rato a ver las ruinas recién excavadas del claustro de la catedral, más piedras que fotografiar. Cuando llegue de su viaje alguno dirá que parece que no ha estado en la ciudad. Nunca le ha gustado hacerse fotografías delante de edificios, sepulcros, esculturas, siempre ha tenido claro en cada momento quién debía ser el protagonista de la foto, la persona o la obra, incluso cuando todos se empeñan en sacarla delante de alguna pintura en medio del museo mal iluminado ella suele hacer otra toma de la obra sola. Pero nunca lo ha manifestado, no se lo ha contado a nadie, no es del tipo de personas que bombardean a quien quiera oír, e incluso a quien no quiere, lo que le gusta y lo que no le gusta, ¿tendrán listas ya preparadas en sus cabezas de todo lo que aplauden y lo que les disgusta? A lo mejor esa es la razón por la que consideran que ha dado la gran espantada, porque nunca dice, porque no siente ni padece en serio.
El claustro sigue en obras, pero ya han construido unas pasarelas de madera para contemplar los diferentes estratos que han descubierto, a veces durante pocos segundos se ve a sí misma formando parte de esos equipos haciendo catas a pleno sol en lugares remotos y luego despierta bruscamente.
Sigue bajando la calle, ya han pasado otros dos tranvías que, por supuesto, ha perdido, cuando ya no haya remedio cogerá uno, junto a la estación.
El largo paseo colinas abajo le ha dado hambre y entra a comprar algo de fruta, se ha propuesto gastar poco en este viaje, puede resistir y luego cenar pronto y seguir caminando, ha visto que en la plaza que está delante del teatro hay un concierto, es el único plan que se ha permitido hacer, puede estar bien quedarse allí un rato hasta que anochezca y luego volver a intentar volver a casa sin perderse.
Las estaciones son literarias, protagonistas de relatos y esa es pequeña y bulliciosa. Los tranvías modernos son tan diáfanos, se ve hasta la cola, unos entran y otros salen, suben o bajan, como no tienen puertas todos representan su baile delante de ella, piensa en sus vidas, más o menos igual que la suya, seguramente no habrá grandes diferencias, el hombre del maletín de la derecha estará deseando llegar a casa para quitarse la chaqueta y el chico que acaba de subir canturrea "Que voy a ser? Je ne sais pas. // Que voy a ser? Je ne sais plus. // Que voy a ser? Je suis perdu. // Que hora son mi corazn?". Como si le hubiera leído su pensamiento. Como en un videoclip.
¿Ya está?, ahí está la torre, se baja.
No podía imaginar que la arquitectura medieval cegara, pero así es. La piedra del monasterio es tan blanca que es difícil mirarla, cómo será el interior. Queda defraudada por el interior amén de estar tan repleto de gente que resulta imposible concentrarse. Pagará la entrada para poder pasar un rato escuchando solamente el fluir del agua en el claustro superior mientras a escondidas se come el resto de la fruta que ha comprado, si sus compañeros tan ortodoxos la vieran, si la vieran se sorprenderían, ella misma habría reprochado en otro tiempo semejante comportamiento y de hecho anda con miedo de que alguien que pase por allí la vea y le llame la atención, mirará hacia abajo y acatará. Está en el lugar adecuado para reflexionar sobre lo que está sucediendo, hay silencio, soledad y fantasmas de siglos, ¿todo empeorará? ¿el sueño de libertad acabará? ¿tendrá que volver? pero decide cerrar los ojos y, cuando los abre, una gárgola dialoga con una gaviota, el sol le calienta la cara y las columnas susurran que levante el culo y continúe adelante.
Sigue la estela de otro café y otra vez un sobre de azúcar tiene algo más interesante que decir: "La verdad es un puzle cuyas piezas nunca encajan. Solo la ficción las ensambla". Olaro. Esa también se la guarda, a lo mejor la necesita en algún momento, pero en qué momento, ¿acaso ha decidido algún camino? ¿acaso hay que decidir otro camino?
Se ha acelerado el tiempo de repente, el tranvía de vuelta va demasiado rápido, caminar hacia la ciudad le parece un tanto suicida así que se resigna por segunda vez en el día. Mira una polilla blanca que ha quedado encerrada entre los dos cristales como en una placa de aquellas que su hermano usaba y usaba continuamente, para ver todo un surtido de productos humanos y de otros animales, las dos alas han quedado extendidas, parece pesada, bella pero muerta y, ahí, el puente enorme sobre sus cabezas.
Como todos ellos, nativos y extraños, baja al río, el espectáculo del atardecer es observar cómo llegan a la orilla una masa espantosa de peces voraces dispuestos, incluso, a comerse unos a otros, saltan, aletean, se golpean, las gaviotas ansiosas les observan y le parece demasiado brutal, como todo hace meses, brutal.
No sabe si de observar tanta ansia le ha entrado hambre también. Se rebela pero el día se está cayendo y no queda otra que dejarse caer con él, recuerda que de mañana, al bajar, pensaba en ir al concierto de la plaza del teatro pero es tarde, está acabando cuando pasa por allí. Tanto rato viendo pelearse a los peces, o el tiempo se ha vuelto a acelerar, no lo sabe bien, pero ahora toca ir subiendo poco a poco, ya bajó hasta abajo, toca pan, toca un vaso, toca abrigarse los hombros y toca subir de nuevo a su montecito.
Pero, antes de subir, se para unos minutos, la definitiva, qué regalo: "Ja estou melhor. Obrigada". A otro a lo mejor le pasaba desapercibida pero no a ella, a ella no; la primera vez que estuvo en la ciudad el barrio tenía otro aspecto, hacía cuatro años que un incendio había quemado un montón de edificios y todas las fachadas estaban llenas de números, iba a saber poco tiempo después que esos números se ponen para identificar cada una de las piezas del edificio antes de desmontarlo por completo para su restauración.
No puede obviar que a lo largo del día ha ido soltando algunas piezas del puzle y se van a ir engranando, ¿de qué otra manera podía ser? (sonrisa)."

jueves, 12 de septiembre de 2013

A.B.

Hay dos formas de enfocar este relato y creo que puedo hacerlo de las dos, aunque escogeré la difícil.
Hace tiempo que busco a mi optimista, parece de cajón y nueve de cada diez psicólogos lo recomiendan pero no es fácil dar con él. Todos tenemos al menos uno. Aunque una esté empeñada en padecer, ese mágicamente hace que una se olvide y se calme. Según ese gran libro de autoayuda, el diccionario, la magia es ese encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo. Una cínica como yo piensa que solo saldrá del lado oscuro por medio de algún truco o artimaña.
Erré.
Sin pretenderlo te escogí a ti, lo he sabido al enfrentarme sola a esta página.
Yo lo he sabido y tú no vas a leerlo; de todos los ojos, los que más necesito ahora son los tuyos, ahora que he empezado a abrir la caja y no sé si sabré defenderme.
Ya no estás, qué poco hablamos, sí dijimos muchas palabras pero hablar no se pudo apenas. Empecé escuchando, sin pretender ninguna fascinación, sobre todos los libros leídos, tantos conocidos, tantos amigos, escritores, artistas, no eran mis "dioses" y todo me parecía lo de siempre, pero en ese cuartín donde solías escribir, rodeado de todos tus tesoros, te escuchaba, me leías y empezaste a ser mi optimista.
Me he apropiado de tus palabras, ya son mías: me decías que si afuera llovía y no me gustaba lo mejor era entrar a escribir una tarde de verano en la que tumbarse bajo los robles centenarios o una tarde de sol que te calienta los ojos cerrados mientras solo oyes el viento o una comida con gente que se quiere bajo la encina que nos protegía de las gotas.
Aquella tarde cayó una tormenta inmensa y vimos un arcoíris doble, me acompañaste a la puerta y después caminé hacia la estación, y ya nada volvió a ser igual.
Hace más o menos tres meses que vive conmigo y ya tiene una vida dura. Por segunda vez he hecho agonizar de sed a mi bella hortensia, si la vieras, qué fea está, como una araña patas arriba. Pero es una superviviente, una semana después de casi morir de sed se vislumbran unas pequeñísimas hojas verde claro. Creo que va a resistir hasta mi próxima ausencia y será entonces cuando se canse de mí y me abandone para siempre o quizá no, quizá se haga cada vez más fuerte y sea capaz de sobrevivir a toda la sed y la tristeza.
Qué fácil está siendo para ella, tendrá su optimista cerca y agua "a demanda".

martes, 3 de septiembre de 2013

Comienza el mes petardo

Las pelis que emocionan de verdad comienzan con travelines largos, largos sobre el mar, sobre vastas llanuras verdes o campos de trigo o de lavanda hermosa y asmática, con músicas correctas y melodiosas que te envuelven y te invitan a entrar.
La peli de un día como hoy de este mes enormemente petardo comienza con despertadores inoportunos, trenes o buses repletos de reses tristes (que nadie se ofenda, me he tomado una licencia, al fin y al cabo las vacas son tristonas y seguro que más de uno se sentía esta mañana conducido al matadero). No pasa nada bonito que te haga levitar de felicidad, que tus mandíbulas se abran y el corazón se te salga. Y encima el ruido se impone a las notas armónicas y mágicas, y de las fragancias mejor ni hablamos.
Si la peli de hoy te da tristeza, apatía, irascibilidad, vamos, que no hay quién te aguante, lo has pillado seguro.
En estos primeros días del mes petardo se habla mucho del síndrome ese, el del rechazo físico y mental a la vuelta a una realidad que se detesta. Seguro que hay quien disfruta de su trabajo (los que lo tienen) y volver no es tan malo, ¿no?
Sí, es un mes petardo porque no es ni verano ni otoño, ni luminoso ni oscuro, ni largo ni corto. Y porque parece que todo el universo se volviera a encender después de un gran apagón y resulta que no empieza nada, todavía hay que arrastrar cuatro meses el culo para que se acabe el año. Y eso sí que produce un gran síndrome, al fin y al cabo hay que subir una cuesta. Parece que después de todo gran evento viene la represalia.
El Nido ha parado en verano en contra total de mi voluntad (la escasez de logística y de soledad se impuso) así que el único síndrome que padezco es el de abstinencia de historias. Ya se me pasa pronto y os pido disculpas, si es que me echabais de menos.

miércoles, 24 de julio de 2013

Dos fotógrafos, la fotografía

Por fortuna llegué a toparme de nuevo con una chica de espaldas, esta.


Mi segundo enamoramiento repentino de este verano son las fotografías de Emmet Gowin.
Esta muestra está "perpetrada" para caerme a los pies de este sereno fotógrafo y de la visión que tiene del mundo. Para participar de su mirada y del amor que contienen las imágenes. Porque, si te dejas guiar participas de una historia, de su historia y de su arte. Ya he escrito en alguna ocasión que es indescriptible la sensación que se tiene al comunicarse con el artista, al reconocer lo que te quiere contar (o por lo menos una parte), para algunos parece más sencillo sentirse identificado en un relato, las palabras les van ayudando a crear imágenes, pero a veces las imágenes son sinceras y te van "hablando" de sus protagonistas (animados o inanimados).
A medida que avanzaba en la historia, la sensación de algo conocido se hacía más clara, me sentía en casa y vais a saber por qué, por lo menos intentaré transmitirlo, con palabras.
Mi hermano es fotógrafo, desde que recuerdo siempre le he visto mirando, mirándonos, a través de su Pentax (luego ha habido más, pero a esa le cogí cariño), me he visto a través de su mirada y siempre me ha gustado cómo él me veía, de hecho nadie más me ve así, no tiene que ver con bellezas de anuncio, salir feliz, sonriente, lo he comprendido en el mismo instante en el que me metí en la cabeza la primera parte de esta exposición y recompuse (como Gowin quiere, estoy segura de ello) toda su afectividad.
Mi hermano podía pasar muchos minutos delante, con ese "ojo" entre nosotros, el resultado no era ni verdad ni mentira, solo era. El "ojo" miraba a todos; padres, madres, mujer, hija, abuelas, abuelos, hermanos, berenjenas y crustáceos varios, y así se va elaborando la historia de su afectividad.
En esta primera parte hay risas, hay costumbre, hay piel, hay vida, hay muerte.
Algún día después, cuando todavía estaba muy viva la obsesión, el ansia (quizá sea deformación de historiadora), trataba de rememorar las sensaciones, se publicó una entrevista al matrimonio Gowin en la que Edith (esa chica de espaldas susodicha) comentaba que el espectador sería capaz de "respirar" el amor hacia ella y hacia su familia en las fotografías de Emmet.
La muestra tiene una segunda parte bastante dura, unas fotos aéreas enormes demoledoras/bellas de la destrucción de la naturaleza por el avaricioso y soberbio ser humano, son pinturas abstractas monocromas de gran belleza.
Ahí llega la segunda sorpresa y empiezo a recordar diapos de hierros, óxidos, basura muy plástica y la belleza de la destrucción y el abandono que me gustaría que más gente pudiera compartir; o las innumerables en que se plasma lo a gusto que mi hermano se siente en soledad entre lo natural.
Al salir de esta exposición –parece que es la mayor de este fotógrafo– sentía tan fuerte ese vínculo entre dos fotógrafos de lugares diferentes, de edades distintas, que llamé inmediatamente a mi hermano para obligarle a verla, tan solo le dije que era necesario, que hiciera lo posible por acudir. Al fin lo consiguió y pasó dos largas horas empapándose. Le pregunté si le había gustado, me dijo que le había parecido emocionante, como si Emmet Gowin "se hubiera reencarnado", sentía que eran dos visiones de la vida muy parecidas, dos visiones de la fotografía muy parecidas o de lo que él cree que debe ser la fotografía y quizá el arte (esto es de mi cosecha).
Lo he captado y seguiré indagando con él sobre fotografía, sobre arte y sobre vida, por qué no.
Feliz cumpleaños, Davi.

lunes, 15 de julio de 2013

Giacometti

Mi principal miedo en este verano no es a la página en blanco sino a las altas temperaturas que alcanza el portátil y también el lugar en el que intento solventar el miedo a la página en blanco. Así que me encuentro en el centro mismo de un círculo vicioso.
La inspiración se me licúa pero me he armado hasta los dientes de valor y estoy a tope de hidratación para calmar el desasosiego artístico, espero a la musa sentada y preparada pero la cosa va quedando en divagación.
Como cualquiera, tengo un cuaderno de notas, que me ayuda en tiempos secos, la mayoría de los apuntes se desechan pero ayer he anotado algo que me viene bien para hilar tanta idea licuada: "Sucédeme en el arte como en la vida, que se ensancha más cuanto uno más en ella se interna", Goethe.
Sucédeme que también me pasa.
Cuando estudiaba, había artistas que simplemente se olvidaban, incluso de citarnos, esos con personalidad propia que los historiadores no metemos en cajitas, intentamos relacionarlos con otras figuras, con otros movimientos, pero ellos se escapan de la caja, buscamos parecidos razonables pero ellos se resisten y, a medida que crecen, se desvinculan de sus padres surrealistas, cubistas, etc. Cuando dejé de estudiar intenté empezar de cero, intenté deshacerme de esa mala costumbre clasificatoria, era difícil porque los conservadores, curadores, comisarios, en definitiva, los vendedores del producto pertenecen a ese mismo modus clasificatorio y se empeñan en metértelo en la cabeza, así que al final una va al espectáculo porque es lo que toca pero sin esperanza de aprender mucho. Pero se puede conseguir, de vez en cuando me divierto y aprendo algo nuevo y casi siempre sucede cuando no lo espero, sucédeme tanto con el arte como con la vida. Y los inclasificables, entonces, entran en nuestras vidas de historiadores para quedarse.
Antes de que perezcamos en la desertización cultural y el paisaje a contemplar sea de sequía pertinaz, podemos ver algunas muestras que sí nos merecemos, donde disfrutamos y nos ensanchamos. Todavía está en cartel la exposición sobre Giacometti. Pocas veces se encuentra una tan directa. "Maquinada" para que el espectador comprenda, sin gran esfuerzo, cómo trabaja un artista, dejándole a él contar (porque parece que es interesante que se justifique ante nuestros ojos) cómo llega a la belleza de unas figuras esenciales, muy flacas y larguiruchas. Es cómoda y modesta, pocas obras, así toca deleitarse en las figuras que adelgazan y adelgazan, esas mujeres hieráticas y esos hombres caminantes.
Él dijo: "Después de 1945, me juré que no dejaría que mis estatuas menguaran de tamaño sin parar, que no serían más delgadas que un pulgar. Pero sucedió lo siguiente: podía mantener la altura pero iban adelgazando, adelgazando… se volvían flacas y larguiruchas".
Estas delicadas figuras de bronce pocas veces viajan, su transporte es complicado y, por lo tanto, de gran coste así que es casi obligatorio ir a contemplarlas y, entendedme bien, adorarlas.
Como si se tratase de las últimas veces he pasado y repasado cada una de ellas, sucede algunas veces que no te quieres ir de los lugares donde estás tan a gusto. Su textura ha sido algo nuevo, elaboradas en yeso a base de pequeñas pellas que luego pasan al bronce; buscar las sombras delgadas también, sorprendente el lugar minúsculo en el que se cocinaron.
Ahora solo queda ir en busca de más, allá donde se encuentren y cuanto más altas, mejor.

domingo, 30 de junio de 2013

Nubes y puntos

Me han preguntado: ¿Estás en las nubes?
Mi respuesta debía ser un microrrelato, con formas y sueños que evocan las nubes.
Este fue mi microsueño:

Mi amigo Eduardo vive en Londres, añora la luz y el sol de nuestra ciudad.
A veces, si estoy pensando en él, le envío trozos de mi cielo y él luego me envía trozos del suyo.
Esta mañana le he enviado tres puntos suspensivos sobre un inmenso azul intenso.

martes, 25 de junio de 2013

Noventa y nueve

¿Llegaré a los cien? Lo repitió incansablemente durante esa mañana después de haber fijado en su "cabeza de chorlito" que cumplía noventa y nueve. Las mañanas comienzan siempre igual, como en el día de la marmota. Por las mañanas su coco se pone en el cero, incansablemente repetimos el día del mes, el día de la semana, pero lo olvida. Y, aunque no lo ve, mira el reloj continuamente intentando saber la hora que es. Hasta hace cuatro años yo no sabía lo importante que eran los minutos, las horas, los días, para quien los despista en su cabeza, para quien ha vivido tanto y con una caída al suelo empieza a perderlos, se le escapan como por el colador. A lo largo del día de hoy, un día largo con una noche corta, la más corta, he querido varias veces no tener ni idea del día del mes, de la semana en que estoy, para no tener presente y ella es el presente el que pierde.
Ya son pocas las frases originales que pronuncia, su día a día son una serie de lugares comunes y protestas. Si habla de algo de lo vivido en casi diez décadas lo mezcla con fantasía, novela para rellenar los huecos que se le han abierto, no para adornarla como nosotros, el resto de su tribu.
Vivo con ella desde hace treinta y siete años y me he perdido sesenta y dos que ojalá pudiera novelar.
Ahora no puede contármelos y me entristece. No tuve previsto este momento de no retorno, lo fui dejando, ahora solo puedo recopilar unas notas ya que todavía no se ha apagado, seguro que sigue enseñándome aunque a la persona que es ahora casi no la conozco. Esa que se ha apoderado de su cuerpo es como una versión muy básica de ella, me saca de quicio en ocasiones.
Para superarlo releo la versión completa de ella.
En el día justo de su casi cumple-siglo preparé ensalada de patatas a su estilo, su estilo es una vinagreta de cuya receta soy depositaria, no sé si la inventó, si la copió, pero es la receta de la felicidad: fresca, estival, nutritiva y proporciona una gran sonrisa (consumida con moderación).
(La historia continúa en Tupernani.)

jueves, 13 de junio de 2013

Okham y el carrito

Foto: E. Seligmann
Diría que hoy es uno de esos días en los que no he tenido en cuenta ningún imprevisto, junto a la puerta he olvidado las bolsas de la compra, tendré que comprar una más y el otro día mi madre me trajo tres; en esta ciudad llueve doscientos días al año pero hoy he salido en zapatillas y además he olvidado esa mierda de plástico que deja al niño retractilado como las chuletas, "en atmósfera protectora". Cuando ha empezado a llover, ni una marquesina, ni un alero, ni un portal que ofrezca protección, esta ciudad tan moderna no tiene soportales para cobijarte del aguacero de la década. Sí, porque cuando logre llegar a casa y encienda el televisor, algún reportero intrépido habrá salido a la calle con su gabardina danesa a hacer su entradilla del espacio del tiempo, aparecerá con ese paraguas transparente tan útil que le permite ver mientras camina entre la gente y queda tan bien en cámara, en esta ciudad que llueve en todas direcciones, aparecerá, digo, para informar de los litros de agua que han caído (como si nosotros supiésemos si equivale a una palangana o a una piscina olímpica) y que tamaño registro no se ha efectuado en toda la década. ¿Nadie se ha dado cuenta del peso que ha adquirido la información meteorológica dentro de un noticiero diario? ¿es una cortina de humo? Realmente de qué me sirve saber si no llovía tanto en la ciudad desde 1993, si yo llegaré a casa con una pulmonía victoriana (las heroínas de novela la solían padecer después de dar paseos interminables por la campiña y mi abuela lo dice mucho cuando la bañan) y tendré que pasar una hora secando el puñetero carrito.

En cuanto me mudé a este apartamento supe que me convertiría en una de esas obsesionadas por delitos en ciernes y vecinos traficantes. Aquí estoy, apoyada en el alféizar, comiendo una tostada con gorgonzola, ya hace un rato que ese vehículo sospechoso se encuentra estacionado en la misma posición y no hay rastro de madre o padre alguno alrededor. Las últimas noches ha habido mucho movimiento en la calle, en la puerta de atrás del supermercado, estoy pensando que si tuviera que bajar a por comida ese sería el mejor transporte para los filetes de solomillo y los langostinos cocidos, discreto y que no levante sospechas. No, de momento no voy a ir a comprobarlo, porque no soy de esa clase de personas, no soy de esas que llevan hasta el final sus pesquisas, yo solo fantaseo, resolver un misterio es cosa de expertas, este se lo dejo a las de "radio patio".
Esta tarde ya me he hecho con una banqueta pintada de amarillo (es pequeña pero puede que sirva), el cuaderno de dibujos de ciencias de tercero de alguien, con el ojo humano, el aparato digestivo, la mitosis, la clasificación de los insectos, las partes de una seta. Y bueno, el segundo baby boom de las que han conseguido no divorciarse está al caer, quizá ese cochecito al que he echado el ojo no está en muy mal estado y si está homologado seguro que me lo quitan de las manos.

Lo descubrí una tarde caminando, el nido de cinco estrellas, aquellos pequeñines siguen piando en mi cabeza.
La navaja de Ockham o lex parsimoniae es un principio metodológico y filosófico atribuido a un pobre frailecillo franciscano llamado Guillermo de Ockham (1280-1349). Ya habréis oído hablar de él: "En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta".

viernes, 7 de junio de 2013

Escuela

Trece años de mi vida pasé en el mismo colegio, o centro, que es más moderno, aunque con el segundo sustantivo más parece que me refiero a la cárcel. Mi padre participó en esa "grande" decisión e informó de adonde no había que llevarme, mi madre hizo lo propio y además de decidir adonde no, decidió adonde sí.
Ya todos habéis leído esto:
“La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global”. 
Motor, competitividad, economía, competir, puestos de trabajo, crecimiento económico, ventajas competitivas, mercado.
Qué sonrojo. (Luego se pasa a un tono rojo oscuro de rabia.)
¿La única razón para educarnos es llegar a ser una fuerza de trabajo competitiva?
¿No hemos visto ya lo mal que nos va en esta parte del mundo con estos "principios"?
(Abro paréntesis para increpar a todo el que dice que esta es una sociedad sin valores ni principios, no estoy de acuerdo, tenemos los valores a los que nos han inclinado y están más activos que nunca.)
Yo, en la escuela, vivía el presente, el que tocaba; grafomotricidad fina, juegos, vocales, números del uno al nueve, canciones sobre animales de todos las especies, insectos, mamíferos o pájaros de cualquier índole, y leía sobre Manolo, Paco, Carlos, Ana, Lali y Loli y un perro llamado Pipo; después sumé, resté, multipliqué, dividí, hice raíces cuadradas o eso me creía. Leí, leí, leí. Después fui a la universidad, a estudiar Humanidades. Leí, leí, leí. Y después de eso aprendí un oficio y además estudié eso que llaman un máster.
Fracaso escolar. Me quedé en la "superficie". No aprendí a competir. 
Yo nunca fui a la escuela para conseguir un empleo, creo que mis progenitores, esos que decidieron mi  colegio, pensaban en ello, a largo plazo, pero no como consecuencia directa de haberme mandado a una escuela, me gustaría creer que pensaban en algo más profundo, esto que enseñaban nuestras abuelas, a hacerse persona, valerse por uno mismo, manejar las inteligencias y a ser un adulto feliz.
Fracaso escolar, la intención es que venzan las abuelas, me esfuerzo en ello.
Mis "mejores" profesores, entre comillas, "mejor" sería competitivo, de los que más me acuerdo, vamos, se les consideraba excéntricos en cuanto a método, recursos y personalidad. Independientemente de a qué escuela fueras, pública, privada, seudoprivada, elitista, religiosa, laica, coherente o absurda ya en aquella época el outsider calaba, en algunas se quedaba, de otras, le echaban. Porque así funcionaba, si incluía la diversión en el aprendizaje, se le echaba; si incluía las emociones, se le espabilaba; si no quería hacer exámenes, se le regañaba; si era distinto, estaba loco; y la creatividad era de perdedores. 
Afortunadamente la influencia quedaba, eso no lo podían apagar. Fracaso escolar.

Quiero esta escuela:




Y esta:




Y esta, que pudo ser:




Y quiero otras que no son la que se nos viene encima, retrógrada, competitiva, fracasada. 

Y, ya puestos a pedir, quiero profesores excéntricos, outsiders, que se salgan de la norma y apasionados y una sociedad que confíe en ellos. Y que nadie sienta fracaso.
Y entender a Kant.

lunes, 27 de mayo de 2013

Castilla minimal

Cuando haces por primera vez un viaje, aunque sea corto, intentas memorizar todo lo que ves, quizá por si no vuelves, o por recordar una y otra vez las maravillas, o las sensaciones al verlas. Dependiendo de la belleza de la maravilla en cuestión el pecho se ensancha y esbozas una sonrisa ingenua, o te puede dar un tabardillo de magnitudes mitológicas denominado Síndrome de Stendhal, según algunos, una enfermedad psicosomática cuyos síntomas se parecen mucho a un enamoramiento espontáneo: elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, depresiones e incluso alucinaciones al observar obras de arte bellísimas (consideradas así por la tradición), para que nos entendamos, es lo que te pasa al contemplar a los Medici, a los dos,"flipas".
El camino que más he repetido es un viaje de tres horas y media (si el tiempo y el tráfico lo permiten) en un bus siempre repleto. No sé si su contemplación produce ningún enamoramiento repentino ni ningún acceso de pasión arrebatadora, si una lo analiza, y vosotros también podéis, para eso esta doble fila de fotogramas,




comprueba que esta parte del camino es llana, igual o extendida, sencilla, sin presunción, conforme, lineal _____________________________________________________________________________

y así durante un buen trecho, ni un árbol, ni una montaña salvo unas leves colinas, ni un sobresalto, ni obstáculo, la paz, dirían algunos, la paz del descanso final, como las tardes de domingo, o su metáfora, la estepa. Lo más curioso y al mismo tiempo peliagudo es que es así desde siempre, seguro, intentad retrotraeros, o "retrollevaros" más bien, a un tiempo sin bus repleto, aquí está, la misma estepa llana.



Trampa, sí, muy sagaces. La secuencia sería más o menos similar in illo tempore, os lo aseguro.
Hay algo hipnótico en esta especie de zootropo y en la estepa, algo que tranquiliza y a la vez irrita, como en Maximizing the audience, de Wim Mertens, o en el comienzo del "Invierno" de Las cuatro estaciones de Vivaldi, algo real y surreal al mismo tiempo, como en un haiku, tiene una superficie monótona y, tras ella, una armónica línea como en una escultura de Serra. 
Esa línea de horizonte te adormilará o te pondrá de los nervios, cuando creas que no vas a poder escuchar el mismo acorde una vez más vendrá a sacudirte ese trigo en flor de violento color amarillo.
Mi particular "enamoramiento", mi Stendhal, por las repeticiones surgió hace años, seguro, con las de Félix de la Concha y supongo que hay cierta obsesión, desde aquel estudio suyo del ciprés del Circo Máximo. Tomó como modelo un ciprés para pintarlo desde todos los puntos de vista posibles, el resultado es hermoso.
Mi serie es un particular ready made de ese trabajo, me apetecía comprobar si mis sentidos estaban en lo cierto, tenía la sensación de que podía descomponerlo en trocitos y se percibiría igual. Tras recorrerlo unas cuantas veces en ambas direcciones parece un prado que no tiene fin y donde no pasa el tiempo, parece un paisaje de minimalismo masoquista.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Buscando silencio

Hay en la gran ciudad un tipo que acaba la semana tan harto de sus cuatro paredes que se precipita a cualquier carretera en busca de un remanso de silencio, un lugar donde no le despierte la hostilidad a cuatro voces, donde el pan no brilla, donde no haya horas, donde descubra la capacidad total de sus pulmones, de la que ya no se acuerda.
Solo existe en su imaginación porque el lugar adonde consigue llegar está tan asfaltado como el que dejó por la mañana y ni siquiera le da tiempo a olvidarse de cómo se vuelve. Ese paraíso es muy difícil de conocer, al igual que la sabiduría o la meditación. Pocos lo han visto, pocos viven en él y pocos vuelven después de instalarse.
Ese tipo que todavía puede permitirse huir no es consciente de que busca un lugar igual al que deja, con horas, minutos, voces, humo y arcón congelador, odia su vida semanal pero durante dos días vive en un espacio paralelo donde se imagina que es más feliz. El primero tiene que odiarlo, es donde trabaja, donde sufre atascos, donde grita, donde pone mala cara; al segundo lugar se le atribuyen poderes mágicos, solo porque es el segundo, de transformarle su agriado rostro. Casi siempre el segundo lugar ha de cumplir unas características, es más pequeño que el primero y la densidad de población por metro también ha de ser menor, además el aspecto general ha de ser un tanto rural, no importa en qué detalles se manifieste. Me sorprende la magia pero no me convencen, creo que es autosugestión "estoy en el campo, estoy bien, estoy en el campo, estoy bien…" porque al final se hostilizan, el pan no les gusta, no dejan el reloj en casa y van en coche a todas partes.
Dice eso de que quiere cambiar de vida (no sé si sabe que eso es imposible, si acaso cambiar de forma de vivirla).
¿Queremos realmente ser libres, ser felices, estar bien o cómo queramos llamarlo? o ¿padecemos un inconformismo enfermizo y las ganas de cambiar se pasan al acabar el fin de semana?
A veces me he prometido cosas que después no he podido cumplir. Una de ellas es no recordar dogmas o sentencias de quienes preferiría no haber conocido; alguien que creo que detesto pero al que no puedo negar su inteligencia me dijo que la mayoría de nosotros no soportamos el silencio y por ello no sabemos pensar. Parece ser que la mayoría ponemos ruido en nuestra cabeza cuando nos proponemos meditar. Me ha dado por pensar que quizá tiene razón, conociéndole, seguro que tampoco era una idea original pero me sirve.
Después de desaparecer solo al final de la semana y por vacaciones, el ciudadano empieza a pensar que debe irse a vivir a otro sitio porque en el primero no hay suficiente silencio para pensar, también piensa que su trabajo no le hace feliz (no creo que lo inventaran para eso), los mismos que le dicen que produzca en su ciudad le recomiendan una vida más tranquila. Cuando el sitio adonde se ha mudado se convierte en una réplica del anterior pero más rural comprenderá que no le gusta el silencio. El tipo quería un cambio pero con las ventajas del ruido.
Buscando silencio me topé con una historia en mi cabeza, la del que pensó en buscar silencio y se fue a buscarlo de verdad.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Otro 15

El despertar de las conciencias cumple dos años. Hace dos años, una tarde de domingo, salimos a dar un paseo hasta la Puerta del Sol, parecía uno más pero nada volvió a ser igual en algunas cabezas, se movió algo dentro y la cosa se fue contagiando. Hoy, eso que llaman medios da la noticia, unos como si fuera algo pasado, otros como algo marginal, histórico, festivo, que si antisistema, que si ni-nis, perroflautas, borrokas y demás adjetivos. 
Llevamos dos años de intensos debates con individuos sesudos, y no tanto, intentando analizar incluso conspiraciones desestabilizadoras, hasta hablan de golpes de Estado, qué medieval. Para mí está claro que la culpa de toda conjetura es nuestra, les habíamos acostumbrado (o por lo menos algunos) a estar quietecitos frente a nuestra caja tonta viviendo nuestro videoclip y de repente nuestras mentes estaban siendo manipuladas. Pues claro, porque solo manipulando nuestros cerebrines bienpensantes podríamos pensar en discutir, protestar o disentir. (No hay cosa que más me enfade que consideren que no soy capaz de pensar por mí misma, no sé vosotros.) 
Hablar es bueno, todo el mundo puede hacerlo, la cosa es separar el grano de la paja y estamos reaprendiendo a hacerlo.
Cumplir años también es bueno y cumplirlos luchando, casi una obligación.
A quienes hoy dan la noticia y a los que en la calle dicen que no se consigue nada hay que decirles que el germen comenzó hace dos años y que las cosas nunca se consiguieron sin luchar, sin paciencia y sin perseverar.
Nosotros, a lo nuestro. Para cambiar lo que no nos gusta solo hay que insistir, estar disconformes, que nos contesten a los porqués, si alguno de los ladrones devolviera lo que no es suyo animaría a más de uno.
En cuanto a mí, pues soy de esas que se desaniman y que no tienen paciencia y que ven que la injusticia gana y que se han vuelto cínicas y que les parece que hemos vuelto atrás en el tiempo,
pero a veces veo cosas imposibles


y en aquel paseo de hace dos años tenía mucha compañía y no lo creía posible. 

viernes, 10 de mayo de 2013

Ir o no ir

Querida Eva:
Un número capicúa separa mis orígenes de la ciudad donde vivo ahora. En diez años rara vez estos dos mundos han convivido o se han mezclado. Alguna visita de allá acá o viceversa, algunos amigos, pocos, de allá vienen acá. Cada mundo es completo y cerrado en sí mismo.
Te escribo estas líneas de camino a tus orígenes. El trabajo me lo llevo a la espalda, cabe en una mochila, pero esta vez voy allá a trabajar, así que es la primera vez que el mundo de acá va al de allá y se van a mezclar. Tengo una sensación extraña, me inquieta y me intriga a la vez.

Querida Eva:
La sensación de inquietud ha disminuido después de la primera noche, tengo unos días antes de que llegue el gran día, supongo que haré las cosas que suelo hacer acá, visitas, paseos, estar con los amigos que quedaron, la familia. Allá es todo distinto, el día es distinto, la tarde también. Me pregunto, cuando estoy acá, si no existieran dos mundos ¿cómo sería mi día y mi tarde?, en algunos aspectos me gustaría que se pareciera al de allá pero con las distancias cortas de acá o quizá sería una tercera forma distinta.

Querida Eva:
Ha llegado el día, seguro que hablo demasiado, siempre me ocurre cuando estoy nerviosa, o muy deprisa, o muy alto, o quizá rompa algo. Inevitable.

Querida Eva:
Los dos mundos ya se han mezclado y sí, he hablado demasiado y alto y deprisa. En unos días volveré a la casilla de salida pero los mundos ya no están cerrados del todo. La magia se ha borrado.

La recreación es un instante en mi cabeza y no quiero comparar pero por un momento en esa cabeza he sentido esa fractura, esa grieta que pueda sentir alguien que se vea, voluntaria o forzosamente transplantado a otro lugar, para algunos resulta la felicidad, para otros el desarraigo. Como si se viviesen dos partes de la vida distintas que puede ser que nunca se mezclen.
Ultimamente todo el mundo se ha puesto de acuerdo para que esto sea inevitable, e incluso bueno o deseable. Quien conserva sus dos piernas y tiene algo de empuje hace la maleta y se va de este podrido lugar, no es país para sus paisanos sencillos.
Nuestros propios dirigentes (nombre irónico) quieren que comamos yogures caducados, quieren que nuestros niños y niñas se eduquen separados, quieren mandar a las cárceles a las mujeres que quieren ser dueñas de sus propios cuerpos y quieren que todos nos vayamos de los lugares donde nos sentimos a gusto porque va a ser muy bueno para nosotros y porque no se puede hacer otra cosa. Emigrar no es viajar, eso solo es el comienzo del camino.
A lo mejor cambio de opinión pero ¿y si quedarse fuera un acto revolucionario?

Querida Eva:
Lo de hoy lo arregla un poco de fruta frita.

jueves, 25 de abril de 2013

De cine y espinacas con bechamel

El sofá me engulló el otro día sin intención de dejarme marchar y al tercer día, como la ballena de Jonás, me vomitó, saciado ya, supongo. Yo creo que me dejé zampar, el sofá nota que no tienes tus sentidos al cien por cien, un poco más de presión de la zona de asiento, el cojín se ablanda y ¡zas!, estás perdida. Y comienza el letargo y las ensoñaciones antistamínicas, que son asiduas en esta época del año.
Cuando salgo de mi "ballena" me apetece hacer lo que a todo el mundo: bajar un rato a la playa, tomarme un vino en alguna plaza agradable de la Provenza, pasear por las calles del West End entre grandes teatros y pubs, un café en Dean and Deluca, caminar por los páramos británicos, ir en moto por las calles de Roma, que me hablen en francés, italiano, chino… en kazajo.
Tengo estas mismas costumbres desde que tengo el uso de la razón, algunos lo llaman "ir al cine", pero es más, desde su invención siempre ha sido algo más, para muchos es la forma más barata de llegar a todos esos lugares que he descrito, aprender, soñar, ilusionarse, imaginar, evasión… cultura.
Cuando salí de mi ballena el lunes me enteré de dos cosas que me ofendieron más que toda la inmundicia diaria, el cierre de un cine y el cierre de una distribuidora de cine.
Hay dos cosas que me gustan por encima de todo: el cine, consumo del bueno y del malo, del viejo y del nuevo, en grande y en pequeño, en francés y en kazajo; y las espinacas con bechamel, y no quiero renunciar a ninguna de las dos cosas.
Me parecía que siempre iba a conservar mis dos vicios, por lo menos mientras viera, oyera y gustara. Me estoy haciendo mayor y se hace cada vez más difícil cambiar de costumbres, he estado renunciando a mucho cine últimamente, del bueno y del malo, del viejo y del nuevo, en grande y en pequeño, en francés y en kazajo, porque se ha puesto a precio de billete de avión.
"Al menos te quedan las espinacas con bechamel", me diría ese personajillo en su ministerio.
Si yo y otros como yo no vamos a los cines, los cines cierran y las distribuidoras también y eso ya sabemos a dónde lleva, al desempleo muy directamente, a la desilusión, a la falta de imaginación, a las mentes cerradas, a la incultura…
Las espinacas con bechamel y el cine son mi cultura y #laculturanoesunlujo.

lunes, 15 de abril de 2013

No podemos hibernar

El oso hiberna, todos lo sabemos gracias a Yogi.
El caracol hiberna, todos lo podemos saber gracias a Wikipedia.
El ser humano no hiberna. Hay casos de hibernación en viajes espaciales y luego está la Bella durmiente, pero por lo general la naturaleza no nos ha otorgado ese poder.
Si se hace sueño de invierno, también se llama así, hay que elegir bien el momento de despertar porque hacerlo en época de la declaración de Hacienda es un palo. Claro, que evitas las Navidades. Opino que lo ideal sería hacerlo por solsticios, como los jubilados americanos, seis meses en Florida (también nos sirve Lanzarote), seis meses dormidos.
Y es que he pensado que podría afrontar mejor las grandes preguntas que me alucinan:
- ¿Por qué se ponen rejas en las ventanas de un quinto?
- ¿Por qué conviven esta primavera los colores pastel con los flúor, ambos aberraciones ópticas?
- ¿… se construyen edificios altos que se van a caer tarde o temprano?
- ¿… no tengo vecinos sordomudos?
- ¿… solo fracasa escolarmente el alumno?
- ¿… inventaron las plataformas si está abolido que te venden los pies?
- ¿… no cocino como los ángeles?
- ¿… cocinan los ángeles?
- ¿… somos todos tan fáciles de corromper?
- ¿… no hay suficientes enfermedades que curar que inventamos nuevas?
- ¿… tengo que perder tanto tiempo en elegir un desodorante que no me mate de cáncer?
- ¿… un tomate debe resistir vivo después incluso de mi propia muerte?
- ¿… no te han enseñado a ser feliz?
- ¿… ese señor se afeita el bigote simétricamente?
- ¿… va un gorrión a una estación de autobuses, está mal el transporte aéreo o ha venido a buscar a alguien?
- ¿Por qué

Otra vez me he pasado de estación.

miércoles, 10 de abril de 2013

¿Acumular o desacumular?

Foto: E. Seligmann
En estos tiempos, ¿qué se rebusca en un puesto de libros durante una tarde de paseo? Quizá novelas descatalogadas (de las que más hay), o esos pobres libros de arte que no consiguieron convencer a los lectores en su día, facsímiles de agún libro sobre historia del arte o ideas estéticas, manuales de jardinería o de cocina exótica que la buena mujer abrirá en una o ninguna ocasión.
En vez de pasar frío junto a la ribera de algún caudaloso y ancho río, ahora se prefieren opciones menos románticas para mi gusto.
Seguro que habéis reparado en la proliferación de librerías-café en vuestras ciudades, esos lugares encantadores con estanterías hasta el techo apoderadas de encantadores volúmenes desechados, por qué no, por personas muertas. Abro un paréntesis, ellos en realidad no son los desechadores, los culpables son los afortunados herederos del background de los acumuladores, que bien podrían ser los protagonistas de algún relato de ciencia ficción en el que bomberos unidos en contra de la cultura quemasen el saber de la humanidad. Los acumuladores son personas que viven en espacios de muchos metros, las cosas traspasan las fronteras de sus contenedores habituales, los libros pueden ir apilándose en ventanas (por supuesto también les sobran ventanas), guardan todos los abrigos que han heredado o adquirido desde la última vez que dejaron de crecer. Los acumuladores son una especie en franca extinción. ¿Habríamos de proteger a los acumuladores? ¿Apadrinaríais un acumulador?
Los desechadores no son personas sin escrúpulos, no se deshacen del saber acumulado de sus conservadores allegados, son un poco más budistas. Resumiendo mucho, los budistas creen que se llega a la felicidad deshaciéndose de todo a lo que estás apegado.
Y pregunto, ¿creéis que la reducción drástica de metros en las viviendas actuales se debe a un interés evangelizador budista? Podríamos darle la vuelta a todo, en realidad, que no tengas metros vitales, que no puedas acumular es beneficioso, te dará la felicidad que tanto anhelas. Los políticos, urbanistas, arquitectos, constructores e Ikea se habrían reunido un día para decidir hacernos más felices a través del desapego. Cierro paréntesis.
Antes no me acercaba a los ácaros de una novela, no es ningún comentario snob, no tenía necesidad y tenía metros, era una aprendiz de acumuladora. Ahora acumulo pequeñas partes de las herencias de algún que otro acumulador. Hace unos meses adquirí una edición nada atractiva de Kim, de Rudyard Kipling. Antes de acomodarse en mi estantería, Amparo y su hermano se lo regalaron a su padre/madre en julio de 1970; y en enero del 82 es traspasado a Luis y Estanislao con gran cariño "Este libro me ha proporcionado momentos deliciosos […] creo que es el libro más bonito que conozco".
Yo, acumuladora en el pasado, soy ahora la heredera de un acumulador, espero estar a la altura.

Prometo que desconocía cómo iba a acabar esto, incluso cómo comenzarlo.
Cuando me pienso me recuerdo a una de esas mercenarias del siglo XIX que escribían en revistas periódicas o en los diarios a gran velocidad, mi reducido número de lectores me demandan más y yo misma intento exprimirme. El resultado suele ser muy divertido. Pero no estoy, lo que se dice, centrada en una historia, me pregunto si las entregas llegarán a ser algo con nudo, personajes, desenlaces o no seré capaz de salir de este espacio tan cómodo que no asusta.

Nota: el volumen acarizado citado se adquirió en puesto expuesto al frío y otros meteoros incómodos en un mes de noviembre.

martes, 2 de abril de 2013

El gusano que me enseñó

Cada 2 de abril se celebra el Día del Libro Infantil y Juvenil, la fecha es por Hans Christian Andersen, sobran las presentaciones. Aparte de escritor fue lector incansable, la escuela la dejó pronto así que lo aprendió todo en los libros. Tampoco tuvo mucha suerte, como la mayor parte de los humanos medianamente interesantes. Ha pasado a la historia de la literatura como escritor de cuentos para niños pero no solo escribió historias de este tipo.
Ya que hoy es un día de esos etiquetados quiero recordar la primera historia que creo que leí, digo creo pero estoy casi segura de que fue el primer cuento que leí yo sola: El gusano Enano y los colores del mundo, de Arnold Shapiro (Montena, 1983).

Un día el gusano Enano salió a explorar el mundo de su jardín. Su primera parada fue en los pétalos de una rosa ROJA, ROJA.
“¡Qué color tan bonito!”, dijo, “y qué aroma tan delicioso. Yo quiero ser una rosa ROJA, ROJA”.
El gusano Enano vio después una brillante margarita AMARILLA y en ella había una abeja zumbando.
“Qué tal, señora abeja”, dijo Enano el gusano. “Siempre tan atareada. Me gustaría volar de flor en flor como usted”.
“Tal vez puedas hacerlo algún día”, respondió la abeja, salió zumbando de la margarita AMARILLA.
El gusano Enano oyó una voz melodiosa. Miró hacia arriba y vio un pajarito AZUL posado en una rama. Enano el gusano se subió al árbol y dijo: “Hola, pajarito azul, tus plumas son preciosas. Yo también quisiera ser AZUL y poder volar como lo haces tú.”
“Quizá podrás hacerlo algún día”, dijo el pájaro AZUL.
El gusano Enano suspiró.
Colgadas de un árbol cercano había muchas naranjas color NARANJA. El pobre gusano Enano se sintió gris y feo. Hubiera querido ser tan NARANJA como la naranja. El pobre Enano se sintió triste por ser gusano.
Y fue arrastrándose hasta que llegó a un jardín de pensamientos violetas.
“¡Qué hermosos y delicados son!”, pensó.
“Quisiera ser VIOLETA y tan delicado como ellos, y no tan opaco y ordinario como soy.”
Y como había llegado la hora de comer, el gusano decidió almorzar comiéndose unas delicadas hojas verdes.
“¡Caramba!, qué buenas están estas hojas VERDES”, pensó el gusano Enano.
Y de pronto sintió el gusano mucho frío. Miró hacia arriba y vio miles de copos BLANCOS que caían del cielo.
“¡Qué bonitos, limpios y BLANCOS son los copos!”, dijo el gusano. “Pero también son fríos.”
El gusano Enano se puso a tiritar.
Y el gusano Enano decidió construirse un refugio para estar caliente. Se puso a tejer un saquito MARRÓN a su alrededor.
Y cuando el gusano terminó todo estaba caliente y NEGRO dentro de su saquito. Estaba muy cansado y se quedó dormido.
Al cabo de muchas semanas, el gusano Enano se despertó.
Y le pareció que dentro de su saco estaba muy estrecho y entonces decidió salir de lo NEGRO y ver lo que había fuera.
El gusano Enano se miró entonces y ¡oh, sorpresa! Ya no era un gusano peludo y opaco que se arrastraba, sino una hermosa mariposa con todos los colores en sus alas.

Es una historia simple, cada uno que interprete si quiere. 
Hace poco alguien preguntó si nos acordábamos de cuál había sido el primer libro que habíamos leído, no tuve que estrujarme la sesera, ni buscarlo en ningún desván, no están en ninguna caja en un trastero, todos los libros que leí en mi infancia están en un estante de la biblioteca común, se revisan con frecuencia, se releen igual que cualquier otro. No me gustan las etiquetas, no creo que un adulto no pueda leer un libro que en principio se destine a los niños ni que un niño no comprenda cualquier historia que se le cuente.
Este cuento tenía una marioneta de dedo que te acompañaba en toda la narración, un sencillísimo trozo de fieltro marrón con ojos que podías mover o hacer hablar, podía contarte su aventura en primera persona y después salir del cuento y continuar viajando por donde la imaginación quisiera.
Con este cuento no aprendí los colores, ni que había una cosa que se llamaba la metamorfosis, ni que cada uno es como es en la naturaleza y tiene su misión, ni que las abejas zumban, aprendí que todas las cosas, vivas o inertes, con pelos o de goma, tenían sus historias, aprendí que la imaginación es ilimitada. Así que me dediqué a fondo a experimentar, cualquier elemento sirve, no solo las marionetas fabricadas para tal fin, todas las cosas podían estar tristes o alegres, o tenían su propia historia y la contaban.
(En su momento una voz tranquilizó a mis progenitores sobre mi salud mental y continué experimentando.)
Ayer un escritor me dijo que lo mejor de la escritura es que cuando llueve o el día es muy feo puedes hacerlo bueno, la literatura es el único lugar donde mentir está bien visto.

jueves, 21 de marzo de 2013

Cajas de muñecas

Caminar se ha convertido en una postura particular de rechazo, mi modo de protestar.
¿Que por qué protesto?
Empezó por las abusivas tarifas del transporte público de la ciudad. Pero poco a poco lo he ido convirtiendo en mi postura política. Casi nadie lo sabe, no llevo una chapa, pancarta, ni camiseta que lo proclame y tampoco le importa a nadie, seguro que es un movimiento unipersonal, no ejerce ninguna presión pero me hace sentir consecuente. Protesto, luego camino.
No se trata de pasear, no se usa para completar un rato de ocio, ni andar, como hacían las mujeres que me encontraba cuando iba a la universidad en el siglo pasado. Lo hago en soledad y es mi medio de transporte, no contamino y aprovecho mucho el tiempo.
Protesto, luego camino; camino porque protesto; camino, luego pienso; pienso, luego protesto; observo, luego pienso…  fruslerías.
Cuando estudiaba, tenía un profesor muy preocupado por los posibles trabajos que podríamos llevar a cabo cuando nos licenciáramos como flamantes historiadores del arte, uno de esos dignos trabajos para flamantes historiadores del arte era el de escaparatista, te quedabas muerta cuando oías estas consejas, pensaba: yo he venido aquí para ser como tú, pedazo de… ingrato. Luego, pasé a segundo y me dí cuenta de que no me apetecía lo más mínimo parecerme a él… y sí más a un escaparatista.
Los escaparates me parecen cada vez más teatrales, pictóricos, ficticios, pequeñas cajas que algunos usan para contar cosas… o quizá solo me las cuento yo, las tardes lluviosas producen monstruos y soy una historiadora del arte criticando un escaparate.
La otra tarde vi esto,


me gustó, pero una cosa no quita la otra, al ver este comedor tan bien adaptado a su contenedor pensé primero: "mi casa entera cabe en ese contenedor de comedor (no es una queja, es una afirmación)" y luego pensé más; "no me parece muy real, está ahí, sí, pero con esa luz y que no hay nadie ahí, no hay escala humana", en una especie de visión o alucinación se hizo pequeñito de repente así que rápido vinieron a mi cabeza cenas pequeñitas entre amigos pequeñitos y conversaciones largas, vamos, que pensé en esto otro:

 

Arriba, una tienda de muebles, un comedor de diseño escandinavo, el sueño del europeo medio (si esa fotografía fuera en b/n, como por arte de magia no sabría en qué década del siglo XX me encontraba), abajo, una de las habitaciones de la casa de muñecas del Museo Frans Hals en Haarlem. Las casas en miniatura se hacían en el siglo XVIII (siglo de gran igualdad) pero no para las niñas, nobles ellas, que querían jugar a las casitas con otras nobles niñas, sino para sus madres, sí. Las señoras nobles y, por supuesto, muy pero que muy ricas y refinadas, se hacían construir estas minimansiones que se diseñaban hasta el mínimo detalle y eran igual de costosas que las de tamaño real, cosas del Antiguo Régimen.
No recuerdo que nunca me haya apetecido tener una de esas casas en miniatura, aunque las he mirado mucho, hay un libro en casa sobre la historia de las muñecas, en un capítulo hablan de las casas de muñecas, siempre me fijé en las contemporáneas, casas unifamiliares enormes con grandes muros acristalados como la mansión de Richard Neutra, maquetas de arquitectura pero llenas de muebles pequeños y personajillos con minibañadores descansando en pequeñas hamacas que ponen en sus minijardines.
Y después, antes de que se pusiera a llover, intentando componer una teoría, me vino a la mente esta cosa:


se llama peepshow box o caja de perspectiva y es el objeto más sorprendente de la Galería Nacional de Londres, quedan pocas de estas en el mundo, aunque eran muy habituales. Este sí es un juguete que me gustaría tener. La disposición de las tablas del interior y las deformaciones oportunas hacen que, cuando miras a través de los agujeros que se practican en los lados estrechos de la caja, todo parezca tridimensional. Ya se sabe que a los pintores del XVII en Holanda les gustaba experimentar con la perspectiva y este es un caso excepcional, Samuel van Hoogstraten.
Es como si mirases por el ojo de la cerradura y pudieses ver el pasillo de tu casa, la habitación a través de la puerta entreabierta, como si observases la vida de pequeñas personas pintadas, como en un escaparate ante mis ojos con una vida en su interior.
Y entonces la lluvia lo precipita todo y lo disuelve todo como aquel dibujo de tiza sobre la acera a la entrada del parque.