miércoles, 22 de mayo de 2013

Buscando silencio

Hay en la gran ciudad un tipo que acaba la semana tan harto de sus cuatro paredes que se precipita a cualquier carretera en busca de un remanso de silencio, un lugar donde no le despierte la hostilidad a cuatro voces, donde el pan no brilla, donde no haya horas, donde descubra la capacidad total de sus pulmones, de la que ya no se acuerda.
Solo existe en su imaginación porque el lugar adonde consigue llegar está tan asfaltado como el que dejó por la mañana y ni siquiera le da tiempo a olvidarse de cómo se vuelve. Ese paraíso es muy difícil de conocer, al igual que la sabiduría o la meditación. Pocos lo han visto, pocos viven en él y pocos vuelven después de instalarse.
Ese tipo que todavía puede permitirse huir no es consciente de que busca un lugar igual al que deja, con horas, minutos, voces, humo y arcón congelador, odia su vida semanal pero durante dos días vive en un espacio paralelo donde se imagina que es más feliz. El primero tiene que odiarlo, es donde trabaja, donde sufre atascos, donde grita, donde pone mala cara; al segundo lugar se le atribuyen poderes mágicos, solo porque es el segundo, de transformarle su agriado rostro. Casi siempre el segundo lugar ha de cumplir unas características, es más pequeño que el primero y la densidad de población por metro también ha de ser menor, además el aspecto general ha de ser un tanto rural, no importa en qué detalles se manifieste. Me sorprende la magia pero no me convencen, creo que es autosugestión "estoy en el campo, estoy bien, estoy en el campo, estoy bien…" porque al final se hostilizan, el pan no les gusta, no dejan el reloj en casa y van en coche a todas partes.
Dice eso de que quiere cambiar de vida (no sé si sabe que eso es imposible, si acaso cambiar de forma de vivirla).
¿Queremos realmente ser libres, ser felices, estar bien o cómo queramos llamarlo? o ¿padecemos un inconformismo enfermizo y las ganas de cambiar se pasan al acabar el fin de semana?
A veces me he prometido cosas que después no he podido cumplir. Una de ellas es no recordar dogmas o sentencias de quienes preferiría no haber conocido; alguien que creo que detesto pero al que no puedo negar su inteligencia me dijo que la mayoría de nosotros no soportamos el silencio y por ello no sabemos pensar. Parece ser que la mayoría ponemos ruido en nuestra cabeza cuando nos proponemos meditar. Me ha dado por pensar que quizá tiene razón, conociéndole, seguro que tampoco era una idea original pero me sirve.
Después de desaparecer solo al final de la semana y por vacaciones, el ciudadano empieza a pensar que debe irse a vivir a otro sitio porque en el primero no hay suficiente silencio para pensar, también piensa que su trabajo no le hace feliz (no creo que lo inventaran para eso), los mismos que le dicen que produzca en su ciudad le recomiendan una vida más tranquila. Cuando el sitio adonde se ha mudado se convierte en una réplica del anterior pero más rural comprenderá que no le gusta el silencio. El tipo quería un cambio pero con las ventajas del ruido.
Buscando silencio me topé con una historia en mi cabeza, la del que pensó en buscar silencio y se fue a buscarlo de verdad.

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