lunes, 27 de mayo de 2013

Castilla minimal

Cuando haces por primera vez un viaje, aunque sea corto, intentas memorizar todo lo que ves, quizá por si no vuelves, o por recordar una y otra vez las maravillas, o las sensaciones al verlas. Dependiendo de la belleza de la maravilla en cuestión el pecho se ensancha y esbozas una sonrisa ingenua, o te puede dar un tabardillo de magnitudes mitológicas denominado Síndrome de Stendhal, según algunos, una enfermedad psicosomática cuyos síntomas se parecen mucho a un enamoramiento espontáneo: elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, depresiones e incluso alucinaciones al observar obras de arte bellísimas (consideradas así por la tradición), para que nos entendamos, es lo que te pasa al contemplar a los Medici, a los dos,"flipas".
El camino que más he repetido es un viaje de tres horas y media (si el tiempo y el tráfico lo permiten) en un bus siempre repleto. No sé si su contemplación produce ningún enamoramiento repentino ni ningún acceso de pasión arrebatadora, si una lo analiza, y vosotros también podéis, para eso esta doble fila de fotogramas,




comprueba que esta parte del camino es llana, igual o extendida, sencilla, sin presunción, conforme, lineal _____________________________________________________________________________

y así durante un buen trecho, ni un árbol, ni una montaña salvo unas leves colinas, ni un sobresalto, ni obstáculo, la paz, dirían algunos, la paz del descanso final, como las tardes de domingo, o su metáfora, la estepa. Lo más curioso y al mismo tiempo peliagudo es que es así desde siempre, seguro, intentad retrotraeros, o "retrollevaros" más bien, a un tiempo sin bus repleto, aquí está, la misma estepa llana.



Trampa, sí, muy sagaces. La secuencia sería más o menos similar in illo tempore, os lo aseguro.
Hay algo hipnótico en esta especie de zootropo y en la estepa, algo que tranquiliza y a la vez irrita, como en Maximizing the audience, de Wim Mertens, o en el comienzo del "Invierno" de Las cuatro estaciones de Vivaldi, algo real y surreal al mismo tiempo, como en un haiku, tiene una superficie monótona y, tras ella, una armónica línea como en una escultura de Serra. 
Esa línea de horizonte te adormilará o te pondrá de los nervios, cuando creas que no vas a poder escuchar el mismo acorde una vez más vendrá a sacudirte ese trigo en flor de violento color amarillo.
Mi particular "enamoramiento", mi Stendhal, por las repeticiones surgió hace años, seguro, con las de Félix de la Concha y supongo que hay cierta obsesión, desde aquel estudio suyo del ciprés del Circo Máximo. Tomó como modelo un ciprés para pintarlo desde todos los puntos de vista posibles, el resultado es hermoso.
Mi serie es un particular ready made de ese trabajo, me apetecía comprobar si mis sentidos estaban en lo cierto, tenía la sensación de que podía descomponerlo en trocitos y se percibiría igual. Tras recorrerlo unas cuantas veces en ambas direcciones parece un prado que no tiene fin y donde no pasa el tiempo, parece un paisaje de minimalismo masoquista.

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