jueves, 25 de abril de 2013

De cine y espinacas con bechamel

El sofá me engulló el otro día sin intención de dejarme marchar y al tercer día, como la ballena de Jonás, me vomitó, saciado ya, supongo. Yo creo que me dejé zampar, el sofá nota que no tienes tus sentidos al cien por cien, un poco más de presión de la zona de asiento, el cojín se ablanda y ¡zas!, estás perdida. Y comienza el letargo y las ensoñaciones antistamínicas, que son asiduas en esta época del año.
Cuando salgo de mi "ballena" me apetece hacer lo que a todo el mundo: bajar un rato a la playa, tomarme un vino en alguna plaza agradable de la Provenza, pasear por las calles del West End entre grandes teatros y pubs, un café en Dean and Deluca, caminar por los páramos británicos, ir en moto por las calles de Roma, que me hablen en francés, italiano, chino… en kazajo.
Tengo estas mismas costumbres desde que tengo el uso de la razón, algunos lo llaman "ir al cine", pero es más, desde su invención siempre ha sido algo más, para muchos es la forma más barata de llegar a todos esos lugares que he descrito, aprender, soñar, ilusionarse, imaginar, evasión… cultura.
Cuando salí de mi ballena el lunes me enteré de dos cosas que me ofendieron más que toda la inmundicia diaria, el cierre de un cine y el cierre de una distribuidora de cine.
Hay dos cosas que me gustan por encima de todo: el cine, consumo del bueno y del malo, del viejo y del nuevo, en grande y en pequeño, en francés y en kazajo; y las espinacas con bechamel, y no quiero renunciar a ninguna de las dos cosas.
Me parecía que siempre iba a conservar mis dos vicios, por lo menos mientras viera, oyera y gustara. Me estoy haciendo mayor y se hace cada vez más difícil cambiar de costumbres, he estado renunciando a mucho cine últimamente, del bueno y del malo, del viejo y del nuevo, en grande y en pequeño, en francés y en kazajo, porque se ha puesto a precio de billete de avión.
"Al menos te quedan las espinacas con bechamel", me diría ese personajillo en su ministerio.
Si yo y otros como yo no vamos a los cines, los cines cierran y las distribuidoras también y eso ya sabemos a dónde lleva, al desempleo muy directamente, a la desilusión, a la falta de imaginación, a las mentes cerradas, a la incultura…
Las espinacas con bechamel y el cine son mi cultura y #laculturanoesunlujo.

lunes, 15 de abril de 2013

No podemos hibernar

El oso hiberna, todos lo sabemos gracias a Yogi.
El caracol hiberna, todos lo podemos saber gracias a Wikipedia.
El ser humano no hiberna. Hay casos de hibernación en viajes espaciales y luego está la Bella durmiente, pero por lo general la naturaleza no nos ha otorgado ese poder.
Si se hace sueño de invierno, también se llama así, hay que elegir bien el momento de despertar porque hacerlo en época de la declaración de Hacienda es un palo. Claro, que evitas las Navidades. Opino que lo ideal sería hacerlo por solsticios, como los jubilados americanos, seis meses en Florida (también nos sirve Lanzarote), seis meses dormidos.
Y es que he pensado que podría afrontar mejor las grandes preguntas que me alucinan:
- ¿Por qué se ponen rejas en las ventanas de un quinto?
- ¿Por qué conviven esta primavera los colores pastel con los flúor, ambos aberraciones ópticas?
- ¿… se construyen edificios altos que se van a caer tarde o temprano?
- ¿… no tengo vecinos sordomudos?
- ¿… solo fracasa escolarmente el alumno?
- ¿… inventaron las plataformas si está abolido que te venden los pies?
- ¿… no cocino como los ángeles?
- ¿… cocinan los ángeles?
- ¿… somos todos tan fáciles de corromper?
- ¿… no hay suficientes enfermedades que curar que inventamos nuevas?
- ¿… tengo que perder tanto tiempo en elegir un desodorante que no me mate de cáncer?
- ¿… un tomate debe resistir vivo después incluso de mi propia muerte?
- ¿… no te han enseñado a ser feliz?
- ¿… ese señor se afeita el bigote simétricamente?
- ¿… va un gorrión a una estación de autobuses, está mal el transporte aéreo o ha venido a buscar a alguien?
- ¿Por qué

Otra vez me he pasado de estación.

miércoles, 10 de abril de 2013

¿Acumular o desacumular?

Foto: E. Seligmann
En estos tiempos, ¿qué se rebusca en un puesto de libros durante una tarde de paseo? Quizá novelas descatalogadas (de las que más hay), o esos pobres libros de arte que no consiguieron convencer a los lectores en su día, facsímiles de agún libro sobre historia del arte o ideas estéticas, manuales de jardinería o de cocina exótica que la buena mujer abrirá en una o ninguna ocasión.
En vez de pasar frío junto a la ribera de algún caudaloso y ancho río, ahora se prefieren opciones menos románticas para mi gusto.
Seguro que habéis reparado en la proliferación de librerías-café en vuestras ciudades, esos lugares encantadores con estanterías hasta el techo apoderadas de encantadores volúmenes desechados, por qué no, por personas muertas. Abro un paréntesis, ellos en realidad no son los desechadores, los culpables son los afortunados herederos del background de los acumuladores, que bien podrían ser los protagonistas de algún relato de ciencia ficción en el que bomberos unidos en contra de la cultura quemasen el saber de la humanidad. Los acumuladores son personas que viven en espacios de muchos metros, las cosas traspasan las fronteras de sus contenedores habituales, los libros pueden ir apilándose en ventanas (por supuesto también les sobran ventanas), guardan todos los abrigos que han heredado o adquirido desde la última vez que dejaron de crecer. Los acumuladores son una especie en franca extinción. ¿Habríamos de proteger a los acumuladores? ¿Apadrinaríais un acumulador?
Los desechadores no son personas sin escrúpulos, no se deshacen del saber acumulado de sus conservadores allegados, son un poco más budistas. Resumiendo mucho, los budistas creen que se llega a la felicidad deshaciéndose de todo a lo que estás apegado.
Y pregunto, ¿creéis que la reducción drástica de metros en las viviendas actuales se debe a un interés evangelizador budista? Podríamos darle la vuelta a todo, en realidad, que no tengas metros vitales, que no puedas acumular es beneficioso, te dará la felicidad que tanto anhelas. Los políticos, urbanistas, arquitectos, constructores e Ikea se habrían reunido un día para decidir hacernos más felices a través del desapego. Cierro paréntesis.
Antes no me acercaba a los ácaros de una novela, no es ningún comentario snob, no tenía necesidad y tenía metros, era una aprendiz de acumuladora. Ahora acumulo pequeñas partes de las herencias de algún que otro acumulador. Hace unos meses adquirí una edición nada atractiva de Kim, de Rudyard Kipling. Antes de acomodarse en mi estantería, Amparo y su hermano se lo regalaron a su padre/madre en julio de 1970; y en enero del 82 es traspasado a Luis y Estanislao con gran cariño "Este libro me ha proporcionado momentos deliciosos […] creo que es el libro más bonito que conozco".
Yo, acumuladora en el pasado, soy ahora la heredera de un acumulador, espero estar a la altura.

Prometo que desconocía cómo iba a acabar esto, incluso cómo comenzarlo.
Cuando me pienso me recuerdo a una de esas mercenarias del siglo XIX que escribían en revistas periódicas o en los diarios a gran velocidad, mi reducido número de lectores me demandan más y yo misma intento exprimirme. El resultado suele ser muy divertido. Pero no estoy, lo que se dice, centrada en una historia, me pregunto si las entregas llegarán a ser algo con nudo, personajes, desenlaces o no seré capaz de salir de este espacio tan cómodo que no asusta.

Nota: el volumen acarizado citado se adquirió en puesto expuesto al frío y otros meteoros incómodos en un mes de noviembre.

martes, 2 de abril de 2013

El gusano que me enseñó

Cada 2 de abril se celebra el Día del Libro Infantil y Juvenil, la fecha es por Hans Christian Andersen, sobran las presentaciones. Aparte de escritor fue lector incansable, la escuela la dejó pronto así que lo aprendió todo en los libros. Tampoco tuvo mucha suerte, como la mayor parte de los humanos medianamente interesantes. Ha pasado a la historia de la literatura como escritor de cuentos para niños pero no solo escribió historias de este tipo.
Ya que hoy es un día de esos etiquetados quiero recordar la primera historia que creo que leí, digo creo pero estoy casi segura de que fue el primer cuento que leí yo sola: El gusano Enano y los colores del mundo, de Arnold Shapiro (Montena, 1983).

Un día el gusano Enano salió a explorar el mundo de su jardín. Su primera parada fue en los pétalos de una rosa ROJA, ROJA.
“¡Qué color tan bonito!”, dijo, “y qué aroma tan delicioso. Yo quiero ser una rosa ROJA, ROJA”.
El gusano Enano vio después una brillante margarita AMARILLA y en ella había una abeja zumbando.
“Qué tal, señora abeja”, dijo Enano el gusano. “Siempre tan atareada. Me gustaría volar de flor en flor como usted”.
“Tal vez puedas hacerlo algún día”, respondió la abeja, salió zumbando de la margarita AMARILLA.
El gusano Enano oyó una voz melodiosa. Miró hacia arriba y vio un pajarito AZUL posado en una rama. Enano el gusano se subió al árbol y dijo: “Hola, pajarito azul, tus plumas son preciosas. Yo también quisiera ser AZUL y poder volar como lo haces tú.”
“Quizá podrás hacerlo algún día”, dijo el pájaro AZUL.
El gusano Enano suspiró.
Colgadas de un árbol cercano había muchas naranjas color NARANJA. El pobre gusano Enano se sintió gris y feo. Hubiera querido ser tan NARANJA como la naranja. El pobre Enano se sintió triste por ser gusano.
Y fue arrastrándose hasta que llegó a un jardín de pensamientos violetas.
“¡Qué hermosos y delicados son!”, pensó.
“Quisiera ser VIOLETA y tan delicado como ellos, y no tan opaco y ordinario como soy.”
Y como había llegado la hora de comer, el gusano decidió almorzar comiéndose unas delicadas hojas verdes.
“¡Caramba!, qué buenas están estas hojas VERDES”, pensó el gusano Enano.
Y de pronto sintió el gusano mucho frío. Miró hacia arriba y vio miles de copos BLANCOS que caían del cielo.
“¡Qué bonitos, limpios y BLANCOS son los copos!”, dijo el gusano. “Pero también son fríos.”
El gusano Enano se puso a tiritar.
Y el gusano Enano decidió construirse un refugio para estar caliente. Se puso a tejer un saquito MARRÓN a su alrededor.
Y cuando el gusano terminó todo estaba caliente y NEGRO dentro de su saquito. Estaba muy cansado y se quedó dormido.
Al cabo de muchas semanas, el gusano Enano se despertó.
Y le pareció que dentro de su saco estaba muy estrecho y entonces decidió salir de lo NEGRO y ver lo que había fuera.
El gusano Enano se miró entonces y ¡oh, sorpresa! Ya no era un gusano peludo y opaco que se arrastraba, sino una hermosa mariposa con todos los colores en sus alas.

Es una historia simple, cada uno que interprete si quiere. 
Hace poco alguien preguntó si nos acordábamos de cuál había sido el primer libro que habíamos leído, no tuve que estrujarme la sesera, ni buscarlo en ningún desván, no están en ninguna caja en un trastero, todos los libros que leí en mi infancia están en un estante de la biblioteca común, se revisan con frecuencia, se releen igual que cualquier otro. No me gustan las etiquetas, no creo que un adulto no pueda leer un libro que en principio se destine a los niños ni que un niño no comprenda cualquier historia que se le cuente.
Este cuento tenía una marioneta de dedo que te acompañaba en toda la narración, un sencillísimo trozo de fieltro marrón con ojos que podías mover o hacer hablar, podía contarte su aventura en primera persona y después salir del cuento y continuar viajando por donde la imaginación quisiera.
Con este cuento no aprendí los colores, ni que había una cosa que se llamaba la metamorfosis, ni que cada uno es como es en la naturaleza y tiene su misión, ni que las abejas zumban, aprendí que todas las cosas, vivas o inertes, con pelos o de goma, tenían sus historias, aprendí que la imaginación es ilimitada. Así que me dediqué a fondo a experimentar, cualquier elemento sirve, no solo las marionetas fabricadas para tal fin, todas las cosas podían estar tristes o alegres, o tenían su propia historia y la contaban.
(En su momento una voz tranquilizó a mis progenitores sobre mi salud mental y continué experimentando.)
Ayer un escritor me dijo que lo mejor de la escritura es que cuando llueve o el día es muy feo puedes hacerlo bueno, la literatura es el único lugar donde mentir está bien visto.