jueves, 21 de marzo de 2013

Cajas de muñecas

Caminar se ha convertido en una postura particular de rechazo, mi modo de protestar.
¿Que por qué protesto?
Empezó por las abusivas tarifas del transporte público de la ciudad. Pero poco a poco lo he ido convirtiendo en mi postura política. Casi nadie lo sabe, no llevo una chapa, pancarta, ni camiseta que lo proclame y tampoco le importa a nadie, seguro que es un movimiento unipersonal, no ejerce ninguna presión pero me hace sentir consecuente. Protesto, luego camino.
No se trata de pasear, no se usa para completar un rato de ocio, ni andar, como hacían las mujeres que me encontraba cuando iba a la universidad en el siglo pasado. Lo hago en soledad y es mi medio de transporte, no contamino y aprovecho mucho el tiempo.
Protesto, luego camino; camino porque protesto; camino, luego pienso; pienso, luego protesto; observo, luego pienso…  fruslerías.
Cuando estudiaba, tenía un profesor muy preocupado por los posibles trabajos que podríamos llevar a cabo cuando nos licenciáramos como flamantes historiadores del arte, uno de esos dignos trabajos para flamantes historiadores del arte era el de escaparatista, te quedabas muerta cuando oías estas consejas, pensaba: yo he venido aquí para ser como tú, pedazo de… ingrato. Luego, pasé a segundo y me dí cuenta de que no me apetecía lo más mínimo parecerme a él… y sí más a un escaparatista.
Los escaparates me parecen cada vez más teatrales, pictóricos, ficticios, pequeñas cajas que algunos usan para contar cosas… o quizá solo me las cuento yo, las tardes lluviosas producen monstruos y soy una historiadora del arte criticando un escaparate.
La otra tarde vi esto,


me gustó, pero una cosa no quita la otra, al ver este comedor tan bien adaptado a su contenedor pensé primero: "mi casa entera cabe en ese contenedor de comedor (no es una queja, es una afirmación)" y luego pensé más; "no me parece muy real, está ahí, sí, pero con esa luz y que no hay nadie ahí, no hay escala humana", en una especie de visión o alucinación se hizo pequeñito de repente así que rápido vinieron a mi cabeza cenas pequeñitas entre amigos pequeñitos y conversaciones largas, vamos, que pensé en esto otro:

 

Arriba, una tienda de muebles, un comedor de diseño escandinavo, el sueño del europeo medio (si esa fotografía fuera en b/n, como por arte de magia no sabría en qué década del siglo XX me encontraba), abajo, una de las habitaciones de la casa de muñecas del Museo Frans Hals en Haarlem. Las casas en miniatura se hacían en el siglo XVIII (siglo de gran igualdad) pero no para las niñas, nobles ellas, que querían jugar a las casitas con otras nobles niñas, sino para sus madres, sí. Las señoras nobles y, por supuesto, muy pero que muy ricas y refinadas, se hacían construir estas minimansiones que se diseñaban hasta el mínimo detalle y eran igual de costosas que las de tamaño real, cosas del Antiguo Régimen.
No recuerdo que nunca me haya apetecido tener una de esas casas en miniatura, aunque las he mirado mucho, hay un libro en casa sobre la historia de las muñecas, en un capítulo hablan de las casas de muñecas, siempre me fijé en las contemporáneas, casas unifamiliares enormes con grandes muros acristalados como la mansión de Richard Neutra, maquetas de arquitectura pero llenas de muebles pequeños y personajillos con minibañadores descansando en pequeñas hamacas que ponen en sus minijardines.
Y después, antes de que se pusiera a llover, intentando componer una teoría, me vino a la mente esta cosa:


se llama peepshow box o caja de perspectiva y es el objeto más sorprendente de la Galería Nacional de Londres, quedan pocas de estas en el mundo, aunque eran muy habituales. Este sí es un juguete que me gustaría tener. La disposición de las tablas del interior y las deformaciones oportunas hacen que, cuando miras a través de los agujeros que se practican en los lados estrechos de la caja, todo parezca tridimensional. Ya se sabe que a los pintores del XVII en Holanda les gustaba experimentar con la perspectiva y este es un caso excepcional, Samuel van Hoogstraten.
Es como si mirases por el ojo de la cerradura y pudieses ver el pasillo de tu casa, la habitación a través de la puerta entreabierta, como si observases la vida de pequeñas personas pintadas, como en un escaparate ante mis ojos con una vida en su interior.
Y entonces la lluvia lo precipita todo y lo disuelve todo como aquel dibujo de tiza sobre la acera a la entrada del parque.

martes, 5 de marzo de 2013

Cerrado por…

Hace un año que entré en esta casa, pasé de tener solo dos ventanas a tener seis, así que todavía no he puesto una cortina en esa, había algunas más urgentes. No es necesario desde ningún punto de vista, al menos desde mi punto de vista. No me preocupa, sé que acabaré tapándola, porque sí, porque quedará mejor pero no porque haya que ocultarse. Y no veo a nadie, si no lo veo, ¿no existe?
Desde el otro lado me verían sentada en mi silla de oficina roja y escribiendo, por ejemplo, esto; hablando sola de vez en cuando, quizás, porque una chiflada que se precie ha de hablar sola o con las cosas que tiene al lado. Es genial que un chiflado sea a la vez alguien que tiene algo perturbarda la razón y también alguien que se siente muy atraído por algo o alguien porque eso nos sitúa… dejadme pensar… a todos como chiflados.
Justo enfrente de mi desnuda ventana, a dos metros más o menos, hay otra, nunca la he visto abierta, nunca he visto subir la persiana, además tiene una reja negra de arriba abajo. En trescientos sesenta y cinco días, día arriba, día abajo, no ha entrado un rayo de sol en esa habitación. Todos creemos que el otro está más chiflado que uno mismo y en lo que se refiere a esta ventana, os aseguro que parece así.
Hitchcock y Allen ya habrían teorizado y filmado algo al respecto.
Yo también he teorizado, desde los sucesos más cruentos, lo he imaginado como piso franco de alguna célula terrorista o traficante de estufas catalíticas, pasando por historias muy penosas protagonizadas por niños o enfermos e incluso tendencias suicidas y diogénicas.
El cine es muy inspirador: he imaginado observándome al personaje un tanto inquietante junto al que esconden a Alexander en la película de Ingmar Bergman, después de que el amigo judío de su abuela les haya rescatado a él y a su hermana Fanny de la casa del malvado obispo, escapan metidos en un baúl. El extraño hermano inteligente y atractivo pero morboso (y peligroso/a, se cuenta en el filme) vive en una celda dentro de esa fantástica tienda de objetos increíbles y mágicos, al menos a los ojos de Alexander, que ya sabemos que posee una fantasía exacerbada (que conste que estoy a favor de la misma).
No se sabe muy bien si la reja y estar encerrado bajo persiana de madera verde es una cosa externa o interna, quiero decir, ¿es el extraño el que no debe infiltrarse o es el interno el que no debe vertirse o precipitarse? Todavía no he llegado a ninguna conclusión, ni llegaré, es mejor fantasear, si tenéis alguna otra teoría es bienvenida, por ejemplo que los rayos del sol hacen mucho daño a los muebles de caoba oscura o que tengo unos vecinos que se dedican a la cría ilegal del topo, que como todo el mundo sabe es muy útil para sabotear cultivos ajenos que, a fin de cuentas, es lo que abunda en las comunidades de vecinos de los centros urbanos de ciudades actuales.
¿Y si se dedican al cultivo de setas?, ¿lo veis? no puedo parar.

lunes, 4 de marzo de 2013

Otra realidad

Hace días que estoy preocupada por esta "sofistificada" mujer, yo voy y vengo, pensando en mis cosas, llevo ropa hasta las orejas, rachea el viento, la nieve amenazando y ella ahí, sentada, sola  pensando en sus cosas. No le importa nada de lo que sucede, ni siquiera dentro de ese horrible y frío habitáculo. Morirá de frío e inanición, solo podría comerse los bolsos.


Si la realidad no es de tu agrado ahí están los escaparates para mostrarte otra, ¿fantasías estereotipadas para que te disgustes todavía más por no conseguir lo que te imponen? Son como pequeñas fantasías de otras vidas. Hasta este momento en concreto no me había parado a pensar en ello mucho, creo que lo asimilaba pero no lo estudiaba.
Es una realidad distinta, atemporal, de materiales nobles, de paredes forradas de blanco, una celda esplendorosa donde no necesitas comer ni dormir, solo tres bolsos, ni uno, ni dos.
Allí estoy yo, ambas realidades, la mía de gorro de lana y la suya, coexisten por un momento y a mí me da la risa, exploto en una carcajada sorda (es sorda porque en mi realidad me tomarían por chiflada y quizá pensarían en encerrarme en esa celda esplendorosa, qué frío).


Unos días después, cuando ya creía que la muchacha habría sucumbido, veo que la celda ha cambiado, la "sofistificada" permanece en la misma postura (en otra realidad ya se le habrían dormido ambas piernas), tiene esa mirada que toda femme debe tener, ahora sí que vive incómoda la pobre, su celda se descompone y por supuesto lo único que necesitará para existir son dos bolsos.
Y la carcajada viene a mí como de costumbre. Allí estoy delante, tronchándome de risa y fotografiando a esta señora que no entiendo, que no se parece en nada a mí pero que, supongo, está intentando comunicarse conmigo.
Y nada, que no puedo parar de reírme…