jueves, 31 de octubre de 2013

Mira-dos

Foto: E. Seligmann

Hace unos pocos meses mirabais esta escena por primera vez. ¿Recordáis? 
De paseo por su ciudad mi amigo nos conducía aquí, a esta esquina. No. Yo os quería conducir aquí, en un afán totalmente manipulador. Culpable. Porque el mirón (fotógrafo) me había regalado un retablo contemporáneo de once figuras; así es como lo veía, como una de esas tablas en las que los personajes protagonizan escenas bíblicas o mitológicas pero ataviados como personas normales de esas épocas, se les representa en actitudes cotidianas, no están inmóviles ni siempre de frente, a veces aparecen de espaldas, sin poses de ningún tipo, mantienen conversaciones o miran al horizonte pensando e incluso hay un pintor que puede estar pintando algo en mi plano.
Es deformación de un historiador hablar sobre composición, iconografía, técnica, luces, sombras en las obras artísticas. Es afán de un historiador destripar las historias que transcurren delante de sus ojos.
Es empeño de uno que mira una obra artística intentar indagar en la historia que hay detrás.
Por sorpresa, este trozo de realidad se ha convertido en una composición pictórica horizontal clásica, casi casi una pintura de género, o una escena de aquellos retablos, aunque naciera como una instantánea, un retrato colectivo de vidas anónimas, un trozo de la vida de esa ciudad que mi amigo miraba desde lejos, ahora puede ser que eso haya cambiado porque él mismo forma parte del retablo, es otro anónimo al que un recién llegado congelará en una de sus fotos callejeras cuando salga a dar un paseo por su nueva ciudad, esa a la que se ha trasladado o a la que ha huido, ¿por qué no ese que está observando desde dentro del café mientras almuerza su huevo escocés?
Como él me lo permite creo que me construiré una leyenda paralela a este azaroso momento lleno de preguntas, las 12:55 en Borough Market, Londres, Reino Unido.
Mirad de nuevo, escuchadlos. Acercaos bien, oíd cómo se mezclan sus murmullos, sus anhelos:
–Vi un hombre escalando un edificio, subiendo como si tal cosa por un lado de la mole de acero y vidrio, fue emocionante, trepaba sin miedo y decidido. Más arriba de un décimo me tiemblan las piernas.
–¿Cuánto llevamos sin hablar, dos años? ¡Y ahora tienes a Amelia! ¡Y tú sola! ¿Cómo llevas criarla a ella y también a tus vegetales?
–Hoy me han llamado para una peli, como ayudante de peluquería, tengo muchas ganas de empezar, serán dos meses en que pueda salir de nuestras cuatro paredes, a veces se me caen encima mientras espero.
–Ya encontré a mi protagonista: neurótico, inmaduro, inseguro, indeciso, enamoradizo, desordenado, psicológicamente tambaleante, carne de corazón roto, inconstante, inconsecuente. También he pensado en que tenga un secreto, eso siempre conecta, ¿no? Le exijo demasiado como personaje, espero mucho de él, a ver dónde me lleva.
–(No me gusta cómo me ha hablado. Cómo me gustaría no quedarme sin palabras.)
–Una sola llamada es lo que uno necesita para saber cuál es su sitio en esta inmensidad. A veces nada se arregla pero cada cosa se acomoda en su propio cajón.
–(No hay nada que pueda comparar a este momento en que comienzo un boceto, estoy nervioso y a la vez ansioso, todo está por decidir, sé que solo si contiene verdad puede servir pero a más verdad más miedo.)
Y en un instante todo se borra, algún camión pasa, la escena se desenfoca y ya no se puede oír nada.
Y mi amigo continúa camino, buscando encerrar preguntas en amables fotografías, sean cuales sean.

domingo, 27 de octubre de 2013

El superviviente

Yo vivía en una casa con dos ventanas (qué fortuna), cuando llovía, como hoy, mi casa era como la cueva de Ali (antes de su recuperación económica, supongo). Había días que, al salir a la calle, la luz me hacía daño en los ojos, como si de un grillo, topo, murciélago o cualquier otro bicho con dificultades de visión se tratase, sin exagerar. Además, mi patio se mojaba como todos los demás así que una se pensaba lo de salir a aquellas aceras estrechas no diseñadas para la vida con coches, solo con carros, en cualquier momento podías llegar a oír "¡agua va!".
En días así, como el de hoy, apetecía salir a encontrar color. Aquel día, como el de hoy, salí, casi seguro que lejos, siempre solía ser así, parece que cuando por fin lo decidía –no había ascensor– tenía que ser para largo, como diría mi madre "para una sola gamba no me mancho" y cuando regresaba entré en el mercado a comprar medio kilo de primavera.
Hay cosas como las fresas que animan al más oscuro pero, como siempre quieres que la felicidad permanezca, el resto de las fresas durmieron esa noche en el frigorífico.
No puedo recordar si llovía al día siguiente pero la primavera dormía al fresco. Recuerdo que abrí el recipiente de vidrio y allí estaba pegado a la tapa y metido en su concha. Muy pequeño y frágil, eso pensaba yo, pensaba que estaría muerto porque imaginé todo el camino que aquel diminuto había recorrido hasta llegar a mi tapa azul. Lo estuve observando un rato para comprobar si estaba vivo, aquel caracol empezó a moverse, el ser más resistente al que me había enfrentado hasta aquel día, un superviviente.

He vivido hasta ahora en una fresa, no puedo recordar pero creo que he pasado tres días en una cajita de madera. Después me agarré fuerte debajo de unas hojas. Me cambiaron a otra caja muy blanca, pude abrigarme bien porque colocan las fresas en filas juntas, me quedé muy quieto y a dormir.
Empiezo a andar después de pasar una de las noches más frías de mi vida, en un frigorífico, tras intentarlo un par de veces ya me puedo mover más deprisa por la tapa resbaladiza, caminaré hasta encontrar hojas verdes fresquitas, si hay posibilidad, me cobijaré bajo las flores de un jacinto.
Hasta mañana.
Cómo pasa el tiempo, llevo diez días en el jacinto, de los cuales cinco los he pasado solo y un poco aburrido, la humana desaprensiva con la que me ha tocado compartir piso me ha dejado cinco interminables jornadas a mi suerte. Y es que por aquí no pasa ni quisqui, nadie con el que chocar los cuernos, claro que lo de socializar tampoco es para tanto, aquí al menos estoy a salvo de hormigas y escarabajos.
He pasado a mejor vida, no, no es eso, ahora vivo en un lugar más vegetal, hay más macetas, una fuente y cuando llueve se moja como todos los demás.
Os cuento qué ocurrió. Fueron unos días agradables, comía jacinto a la hora de comer y hoja de coliflor para cenar. El sol llegó al alféizar y me gustó tanto que decidí ir a por todas, sin que me vieran bajé de la planta y me coloqué en el platito (creo que lo llaman así). Fui sorprendido in fraganti, quizás la humana pensó que del plato me tiraría al abismo de casi un metro que había bajo mi pie y decidió subirme a su dedo y llevarme a este sitio tan bonito y luminoso… y eso que caía un diluvio.
No sé si encontraré a alguien interesante por aquí pero a partir de ahora todo irá a mejor, menuda aventura para un menudo como yo.

martes, 8 de octubre de 2013

Todo es bello (brevemente)

Las mañanas son comienzos. Las mañanas son importantes, muchos días dependen de sus mañanas. El estado de ánimo de toda una jornada se puede estropear en la mañana. Hay mañanas que despiertas digitalmente en el bright side, en una especie de infierno naíf de buenos sentimientos en el que gente a la que no hablas en años –porque no te ha dado la gana– se interesa muchísimo en tu vida, muchísimo no, lo que deja el medio, un "¿cómo estás?" pero sin entrar en profundidades, por supuesto él o ella tampoco entra en ellas y la conversación (ironía) se acaba. Si te encontrases en otro lugar con él o ella le saludarías en plan "…ta lue…", quizá le criticarías o ridiculizarías y lo mismo haría la otra parte, y ahí quedaría todo.
El infierno también se manifiesta en forma de pepito grillo agitador de conciencias, que no está mal, caso de agitarme prefiero las mañanas, tengo el día entero para recuperarme y quizá, con suerte, algún programa de televisión me exorcizará y me dejará dispuesta a disfrutar del sueño merecido.
Pero lo que más me irrita y exaspera es el tufo a manual de autoayuda; ¿cómo es que de repente la superficialidad más liviana se ha convertido en profundidad?
Se lleva el "buenismo" y el "ñoñismo" disfrazados de sesudos comentarios, nunca se le dio tanta salida a las colecciones de citas. Por fin encontraron su lugar en el mundo los "memorizadores" y reproductores de mantras, los superhéroes del buen rollo, los elegidos para edulcorarnos a todos nosotros, amargados y cínicos.
Quizá no debería seguir, no vaya a ser que se me acuse de pedante*, ¿quién no ha tenido la tentación alguna vez de decir que "tutto è bello" (cito al protagonista de La meglio gioventù), obviamente solo preso de algún sortilegio o ceguera?
Pero en el afán de animar al personal o autoafirmarse a alguno le subirá la glucosa hasta que no sea reversible.
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* William Hazlitt, el crítico más lúcido del romanticismo británico, decía que aquel que no se muestre un poquito pedante quizá llegue a ser sabio pero nunca feliz (…).

jueves, 3 de octubre de 2013

Chaflanes

Al empezar a pasear de verdad por este lugar que habito me di cuenta de lo hermosos que eran los chaflanes, es inevitable mirarlos, ¿no los miráis vosotros también? Nunca he imaginado o soñado con poseer una casa, debe de ser la herencia de algunos genes que no me ha hecho soñar con suficiente ahínco o que simplemente la realidad se impone, y ahora ni siquiera me permito que planee la idea. Al llegar a determinadas esquinas de este lugar, a veces sueño despierta con situaciones, sensaciones (la alucinación puede llegar a ser muy real): "Si yo fuera un poco rica (lo podéis entonar si queréis), quizá en Second life, o mejor en Another life, residiría entonces en una de las espaciosas habitaciones de mi casa de huéspedes, luminosa, de verdad, y exterior, de verdad. Una vía grande y ancha no está mal, las esquinas no son especiales, los grandes ventanales con contraventanas, bueno, pero las cosas importantes pasan en un chaflán, las cosas buenas te ocurren en esas terrazas cerradas, en esos miradores enormes acristalados que tienen el privilegio indiscutible de mirar a dos lugares distintos y confluyentes, donde estás fuera y dentro a la vez y además te ofrecen la calle en versión cinemascope y technicolor. Si me dejo llevar entonces no viviría en la ciudad pero de igual manera tendría que tener mi mirador cinemascope".


Luego camino calle abajo, por cualquiera de las dos calles que desembocan en el chaflán y la cosa es completamente diferente, en este lugar huele cada vez peor, está sucio de cielo a suelo y lo que más abunda son cajas de zapatos oscuras y cuyo precio está supervalorado, algunas por debajo del nivel de suelo. Nada bueno ocurre en el subsuelo, allí no hay color.
Hay nubes grises, humos grises, la escala de grises, comprendo estos conceptos.
Se dice que en la vida nada es totalmente blanco o totalmente negro, se dice que hay grises. Pamplinas. Es más, se dice que hay distintos tonos de grises, ¿cómo son, gris claro, ala de mosca, gris marengo, gris plomo?
También se dice que el que no se consuela es porque no quiere.
¿Gris es menos negro? Lo dejo así.
La vida se está poniendo gris oscuro casi negro, la de la gente común, la que no aprecia matices de gris.
Va oscureciéndose cada día más. Antes vivía en el exterior, ahora en el interior, antes iba al cine, ahora no, antes leía libros, ahora no, antes tenía trabajo, antes sonreía, antes investigaba, antes estudiaba…, antes, ahora no.
La distancia entre el chaflán y el final de la calle es cada vez más grande.
Y no hago más que leer sobre algo preocupante, que todos, los que vivimos en escala de grises y los que lo hacen en color vamos decayendo, nos volvemos miserables, perdemos la educación, si la tuvimos, y la moral, si la tuvimos. Se exacerba con lo que está ocurriendo y no parece que podamos estar por encima de ello.