domingo, 27 de octubre de 2013

El superviviente

Yo vivía en una casa con dos ventanas (qué fortuna), cuando llovía, como hoy, mi casa era como la cueva de Ali (antes de su recuperación económica, supongo). Había días que, al salir a la calle, la luz me hacía daño en los ojos, como si de un grillo, topo, murciélago o cualquier otro bicho con dificultades de visión se tratase, sin exagerar. Además, mi patio se mojaba como todos los demás así que una se pensaba lo de salir a aquellas aceras estrechas no diseñadas para la vida con coches, solo con carros, en cualquier momento podías llegar a oír "¡agua va!".
En días así, como el de hoy, apetecía salir a encontrar color. Aquel día, como el de hoy, salí, casi seguro que lejos, siempre solía ser así, parece que cuando por fin lo decidía –no había ascensor– tenía que ser para largo, como diría mi madre "para una sola gamba no me mancho" y cuando regresaba entré en el mercado a comprar medio kilo de primavera.
Hay cosas como las fresas que animan al más oscuro pero, como siempre quieres que la felicidad permanezca, el resto de las fresas durmieron esa noche en el frigorífico.
No puedo recordar si llovía al día siguiente pero la primavera dormía al fresco. Recuerdo que abrí el recipiente de vidrio y allí estaba pegado a la tapa y metido en su concha. Muy pequeño y frágil, eso pensaba yo, pensaba que estaría muerto porque imaginé todo el camino que aquel diminuto había recorrido hasta llegar a mi tapa azul. Lo estuve observando un rato para comprobar si estaba vivo, aquel caracol empezó a moverse, el ser más resistente al que me había enfrentado hasta aquel día, un superviviente.

He vivido hasta ahora en una fresa, no puedo recordar pero creo que he pasado tres días en una cajita de madera. Después me agarré fuerte debajo de unas hojas. Me cambiaron a otra caja muy blanca, pude abrigarme bien porque colocan las fresas en filas juntas, me quedé muy quieto y a dormir.
Empiezo a andar después de pasar una de las noches más frías de mi vida, en un frigorífico, tras intentarlo un par de veces ya me puedo mover más deprisa por la tapa resbaladiza, caminaré hasta encontrar hojas verdes fresquitas, si hay posibilidad, me cobijaré bajo las flores de un jacinto.
Hasta mañana.
Cómo pasa el tiempo, llevo diez días en el jacinto, de los cuales cinco los he pasado solo y un poco aburrido, la humana desaprensiva con la que me ha tocado compartir piso me ha dejado cinco interminables jornadas a mi suerte. Y es que por aquí no pasa ni quisqui, nadie con el que chocar los cuernos, claro que lo de socializar tampoco es para tanto, aquí al menos estoy a salvo de hormigas y escarabajos.
He pasado a mejor vida, no, no es eso, ahora vivo en un lugar más vegetal, hay más macetas, una fuente y cuando llueve se moja como todos los demás.
Os cuento qué ocurrió. Fueron unos días agradables, comía jacinto a la hora de comer y hoja de coliflor para cenar. El sol llegó al alféizar y me gustó tanto que decidí ir a por todas, sin que me vieran bajé de la planta y me coloqué en el platito (creo que lo llaman así). Fui sorprendido in fraganti, quizás la humana pensó que del plato me tiraría al abismo de casi un metro que había bajo mi pie y decidió subirme a su dedo y llevarme a este sitio tan bonito y luminoso… y eso que caía un diluvio.
No sé si encontraré a alguien interesante por aquí pero a partir de ahora todo irá a mejor, menuda aventura para un menudo como yo.

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