domingo, 30 de junio de 2013

Nubes y puntos

Me han preguntado: ¿Estás en las nubes?
Mi respuesta debía ser un microrrelato, con formas y sueños que evocan las nubes.
Este fue mi microsueño:

Mi amigo Eduardo vive en Londres, añora la luz y el sol de nuestra ciudad.
A veces, si estoy pensando en él, le envío trozos de mi cielo y él luego me envía trozos del suyo.
Esta mañana le he enviado tres puntos suspensivos sobre un inmenso azul intenso.

martes, 25 de junio de 2013

Noventa y nueve

¿Llegaré a los cien? Lo repitió incansablemente durante esa mañana después de haber fijado en su "cabeza de chorlito" que cumplía noventa y nueve. Las mañanas comienzan siempre igual, como en el día de la marmota. Por las mañanas su coco se pone en el cero, incansablemente repetimos el día del mes, el día de la semana, pero lo olvida. Y, aunque no lo ve, mira el reloj continuamente intentando saber la hora que es. Hasta hace cuatro años yo no sabía lo importante que eran los minutos, las horas, los días, para quien los despista en su cabeza, para quien ha vivido tanto y con una caída al suelo empieza a perderlos, se le escapan como por el colador. A lo largo del día de hoy, un día largo con una noche corta, la más corta, he querido varias veces no tener ni idea del día del mes, de la semana en que estoy, para no tener presente y ella es el presente el que pierde.
Ya son pocas las frases originales que pronuncia, su día a día son una serie de lugares comunes y protestas. Si habla de algo de lo vivido en casi diez décadas lo mezcla con fantasía, novela para rellenar los huecos que se le han abierto, no para adornarla como nosotros, el resto de su tribu.
Vivo con ella desde hace treinta y siete años y me he perdido sesenta y dos que ojalá pudiera novelar.
Ahora no puede contármelos y me entristece. No tuve previsto este momento de no retorno, lo fui dejando, ahora solo puedo recopilar unas notas ya que todavía no se ha apagado, seguro que sigue enseñándome aunque a la persona que es ahora casi no la conozco. Esa que se ha apoderado de su cuerpo es como una versión muy básica de ella, me saca de quicio en ocasiones.
Para superarlo releo la versión completa de ella.
En el día justo de su casi cumple-siglo preparé ensalada de patatas a su estilo, su estilo es una vinagreta de cuya receta soy depositaria, no sé si la inventó, si la copió, pero es la receta de la felicidad: fresca, estival, nutritiva y proporciona una gran sonrisa (consumida con moderación).
(La historia continúa en Tupernani.)

jueves, 13 de junio de 2013

Okham y el carrito

Foto: E. Seligmann
Diría que hoy es uno de esos días en los que no he tenido en cuenta ningún imprevisto, junto a la puerta he olvidado las bolsas de la compra, tendré que comprar una más y el otro día mi madre me trajo tres; en esta ciudad llueve doscientos días al año pero hoy he salido en zapatillas y además he olvidado esa mierda de plástico que deja al niño retractilado como las chuletas, "en atmósfera protectora". Cuando ha empezado a llover, ni una marquesina, ni un alero, ni un portal que ofrezca protección, esta ciudad tan moderna no tiene soportales para cobijarte del aguacero de la década. Sí, porque cuando logre llegar a casa y encienda el televisor, algún reportero intrépido habrá salido a la calle con su gabardina danesa a hacer su entradilla del espacio del tiempo, aparecerá con ese paraguas transparente tan útil que le permite ver mientras camina entre la gente y queda tan bien en cámara, en esta ciudad que llueve en todas direcciones, aparecerá, digo, para informar de los litros de agua que han caído (como si nosotros supiésemos si equivale a una palangana o a una piscina olímpica) y que tamaño registro no se ha efectuado en toda la década. ¿Nadie se ha dado cuenta del peso que ha adquirido la información meteorológica dentro de un noticiero diario? ¿es una cortina de humo? Realmente de qué me sirve saber si no llovía tanto en la ciudad desde 1993, si yo llegaré a casa con una pulmonía victoriana (las heroínas de novela la solían padecer después de dar paseos interminables por la campiña y mi abuela lo dice mucho cuando la bañan) y tendré que pasar una hora secando el puñetero carrito.

En cuanto me mudé a este apartamento supe que me convertiría en una de esas obsesionadas por delitos en ciernes y vecinos traficantes. Aquí estoy, apoyada en el alféizar, comiendo una tostada con gorgonzola, ya hace un rato que ese vehículo sospechoso se encuentra estacionado en la misma posición y no hay rastro de madre o padre alguno alrededor. Las últimas noches ha habido mucho movimiento en la calle, en la puerta de atrás del supermercado, estoy pensando que si tuviera que bajar a por comida ese sería el mejor transporte para los filetes de solomillo y los langostinos cocidos, discreto y que no levante sospechas. No, de momento no voy a ir a comprobarlo, porque no soy de esa clase de personas, no soy de esas que llevan hasta el final sus pesquisas, yo solo fantaseo, resolver un misterio es cosa de expertas, este se lo dejo a las de "radio patio".
Esta tarde ya me he hecho con una banqueta pintada de amarillo (es pequeña pero puede que sirva), el cuaderno de dibujos de ciencias de tercero de alguien, con el ojo humano, el aparato digestivo, la mitosis, la clasificación de los insectos, las partes de una seta. Y bueno, el segundo baby boom de las que han conseguido no divorciarse está al caer, quizá ese cochecito al que he echado el ojo no está en muy mal estado y si está homologado seguro que me lo quitan de las manos.

Lo descubrí una tarde caminando, el nido de cinco estrellas, aquellos pequeñines siguen piando en mi cabeza.
La navaja de Ockham o lex parsimoniae es un principio metodológico y filosófico atribuido a un pobre frailecillo franciscano llamado Guillermo de Ockham (1280-1349). Ya habréis oído hablar de él: "En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta".

viernes, 7 de junio de 2013

Escuela

Trece años de mi vida pasé en el mismo colegio, o centro, que es más moderno, aunque con el segundo sustantivo más parece que me refiero a la cárcel. Mi padre participó en esa "grande" decisión e informó de adonde no había que llevarme, mi madre hizo lo propio y además de decidir adonde no, decidió adonde sí.
Ya todos habéis leído esto:
“La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global”. 
Motor, competitividad, economía, competir, puestos de trabajo, crecimiento económico, ventajas competitivas, mercado.
Qué sonrojo. (Luego se pasa a un tono rojo oscuro de rabia.)
¿La única razón para educarnos es llegar a ser una fuerza de trabajo competitiva?
¿No hemos visto ya lo mal que nos va en esta parte del mundo con estos "principios"?
(Abro paréntesis para increpar a todo el que dice que esta es una sociedad sin valores ni principios, no estoy de acuerdo, tenemos los valores a los que nos han inclinado y están más activos que nunca.)
Yo, en la escuela, vivía el presente, el que tocaba; grafomotricidad fina, juegos, vocales, números del uno al nueve, canciones sobre animales de todos las especies, insectos, mamíferos o pájaros de cualquier índole, y leía sobre Manolo, Paco, Carlos, Ana, Lali y Loli y un perro llamado Pipo; después sumé, resté, multipliqué, dividí, hice raíces cuadradas o eso me creía. Leí, leí, leí. Después fui a la universidad, a estudiar Humanidades. Leí, leí, leí. Y después de eso aprendí un oficio y además estudié eso que llaman un máster.
Fracaso escolar. Me quedé en la "superficie". No aprendí a competir. 
Yo nunca fui a la escuela para conseguir un empleo, creo que mis progenitores, esos que decidieron mi  colegio, pensaban en ello, a largo plazo, pero no como consecuencia directa de haberme mandado a una escuela, me gustaría creer que pensaban en algo más profundo, esto que enseñaban nuestras abuelas, a hacerse persona, valerse por uno mismo, manejar las inteligencias y a ser un adulto feliz.
Fracaso escolar, la intención es que venzan las abuelas, me esfuerzo en ello.
Mis "mejores" profesores, entre comillas, "mejor" sería competitivo, de los que más me acuerdo, vamos, se les consideraba excéntricos en cuanto a método, recursos y personalidad. Independientemente de a qué escuela fueras, pública, privada, seudoprivada, elitista, religiosa, laica, coherente o absurda ya en aquella época el outsider calaba, en algunas se quedaba, de otras, le echaban. Porque así funcionaba, si incluía la diversión en el aprendizaje, se le echaba; si incluía las emociones, se le espabilaba; si no quería hacer exámenes, se le regañaba; si era distinto, estaba loco; y la creatividad era de perdedores. 
Afortunadamente la influencia quedaba, eso no lo podían apagar. Fracaso escolar.

Quiero esta escuela:




Y esta:




Y esta, que pudo ser:




Y quiero otras que no son la que se nos viene encima, retrógrada, competitiva, fracasada. 

Y, ya puestos a pedir, quiero profesores excéntricos, outsiders, que se salgan de la norma y apasionados y una sociedad que confíe en ellos. Y que nadie sienta fracaso.
Y entender a Kant.