miércoles, 24 de julio de 2013

Dos fotógrafos, la fotografía

Por fortuna llegué a toparme de nuevo con una chica de espaldas, esta.


Mi segundo enamoramiento repentino de este verano son las fotografías de Emmet Gowin.
Esta muestra está "perpetrada" para caerme a los pies de este sereno fotógrafo y de la visión que tiene del mundo. Para participar de su mirada y del amor que contienen las imágenes. Porque, si te dejas guiar participas de una historia, de su historia y de su arte. Ya he escrito en alguna ocasión que es indescriptible la sensación que se tiene al comunicarse con el artista, al reconocer lo que te quiere contar (o por lo menos una parte), para algunos parece más sencillo sentirse identificado en un relato, las palabras les van ayudando a crear imágenes, pero a veces las imágenes son sinceras y te van "hablando" de sus protagonistas (animados o inanimados).
A medida que avanzaba en la historia, la sensación de algo conocido se hacía más clara, me sentía en casa y vais a saber por qué, por lo menos intentaré transmitirlo, con palabras.
Mi hermano es fotógrafo, desde que recuerdo siempre le he visto mirando, mirándonos, a través de su Pentax (luego ha habido más, pero a esa le cogí cariño), me he visto a través de su mirada y siempre me ha gustado cómo él me veía, de hecho nadie más me ve así, no tiene que ver con bellezas de anuncio, salir feliz, sonriente, lo he comprendido en el mismo instante en el que me metí en la cabeza la primera parte de esta exposición y recompuse (como Gowin quiere, estoy segura de ello) toda su afectividad.
Mi hermano podía pasar muchos minutos delante, con ese "ojo" entre nosotros, el resultado no era ni verdad ni mentira, solo era. El "ojo" miraba a todos; padres, madres, mujer, hija, abuelas, abuelos, hermanos, berenjenas y crustáceos varios, y así se va elaborando la historia de su afectividad.
En esta primera parte hay risas, hay costumbre, hay piel, hay vida, hay muerte.
Algún día después, cuando todavía estaba muy viva la obsesión, el ansia (quizá sea deformación de historiadora), trataba de rememorar las sensaciones, se publicó una entrevista al matrimonio Gowin en la que Edith (esa chica de espaldas susodicha) comentaba que el espectador sería capaz de "respirar" el amor hacia ella y hacia su familia en las fotografías de Emmet.
La muestra tiene una segunda parte bastante dura, unas fotos aéreas enormes demoledoras/bellas de la destrucción de la naturaleza por el avaricioso y soberbio ser humano, son pinturas abstractas monocromas de gran belleza.
Ahí llega la segunda sorpresa y empiezo a recordar diapos de hierros, óxidos, basura muy plástica y la belleza de la destrucción y el abandono que me gustaría que más gente pudiera compartir; o las innumerables en que se plasma lo a gusto que mi hermano se siente en soledad entre lo natural.
Al salir de esta exposición –parece que es la mayor de este fotógrafo– sentía tan fuerte ese vínculo entre dos fotógrafos de lugares diferentes, de edades distintas, que llamé inmediatamente a mi hermano para obligarle a verla, tan solo le dije que era necesario, que hiciera lo posible por acudir. Al fin lo consiguió y pasó dos largas horas empapándose. Le pregunté si le había gustado, me dijo que le había parecido emocionante, como si Emmet Gowin "se hubiera reencarnado", sentía que eran dos visiones de la vida muy parecidas, dos visiones de la fotografía muy parecidas o de lo que él cree que debe ser la fotografía y quizá el arte (esto es de mi cosecha).
Lo he captado y seguiré indagando con él sobre fotografía, sobre arte y sobre vida, por qué no.
Feliz cumpleaños, Davi.

lunes, 15 de julio de 2013

Giacometti

Mi principal miedo en este verano no es a la página en blanco sino a las altas temperaturas que alcanza el portátil y también el lugar en el que intento solventar el miedo a la página en blanco. Así que me encuentro en el centro mismo de un círculo vicioso.
La inspiración se me licúa pero me he armado hasta los dientes de valor y estoy a tope de hidratación para calmar el desasosiego artístico, espero a la musa sentada y preparada pero la cosa va quedando en divagación.
Como cualquiera, tengo un cuaderno de notas, que me ayuda en tiempos secos, la mayoría de los apuntes se desechan pero ayer he anotado algo que me viene bien para hilar tanta idea licuada: "Sucédeme en el arte como en la vida, que se ensancha más cuanto uno más en ella se interna", Goethe.
Sucédeme que también me pasa.
Cuando estudiaba, había artistas que simplemente se olvidaban, incluso de citarnos, esos con personalidad propia que los historiadores no metemos en cajitas, intentamos relacionarlos con otras figuras, con otros movimientos, pero ellos se escapan de la caja, buscamos parecidos razonables pero ellos se resisten y, a medida que crecen, se desvinculan de sus padres surrealistas, cubistas, etc. Cuando dejé de estudiar intenté empezar de cero, intenté deshacerme de esa mala costumbre clasificatoria, era difícil porque los conservadores, curadores, comisarios, en definitiva, los vendedores del producto pertenecen a ese mismo modus clasificatorio y se empeñan en metértelo en la cabeza, así que al final una va al espectáculo porque es lo que toca pero sin esperanza de aprender mucho. Pero se puede conseguir, de vez en cuando me divierto y aprendo algo nuevo y casi siempre sucede cuando no lo espero, sucédeme tanto con el arte como con la vida. Y los inclasificables, entonces, entran en nuestras vidas de historiadores para quedarse.
Antes de que perezcamos en la desertización cultural y el paisaje a contemplar sea de sequía pertinaz, podemos ver algunas muestras que sí nos merecemos, donde disfrutamos y nos ensanchamos. Todavía está en cartel la exposición sobre Giacometti. Pocas veces se encuentra una tan directa. "Maquinada" para que el espectador comprenda, sin gran esfuerzo, cómo trabaja un artista, dejándole a él contar (porque parece que es interesante que se justifique ante nuestros ojos) cómo llega a la belleza de unas figuras esenciales, muy flacas y larguiruchas. Es cómoda y modesta, pocas obras, así toca deleitarse en las figuras que adelgazan y adelgazan, esas mujeres hieráticas y esos hombres caminantes.
Él dijo: "Después de 1945, me juré que no dejaría que mis estatuas menguaran de tamaño sin parar, que no serían más delgadas que un pulgar. Pero sucedió lo siguiente: podía mantener la altura pero iban adelgazando, adelgazando… se volvían flacas y larguiruchas".
Estas delicadas figuras de bronce pocas veces viajan, su transporte es complicado y, por lo tanto, de gran coste así que es casi obligatorio ir a contemplarlas y, entendedme bien, adorarlas.
Como si se tratase de las últimas veces he pasado y repasado cada una de ellas, sucede algunas veces que no te quieres ir de los lugares donde estás tan a gusto. Su textura ha sido algo nuevo, elaboradas en yeso a base de pequeñas pellas que luego pasan al bronce; buscar las sombras delgadas también, sorprendente el lugar minúsculo en el que se cocinaron.
Ahora solo queda ir en busca de más, allá donde se encuentren y cuanto más altas, mejor.