lunes, 15 de julio de 2013

Giacometti

Mi principal miedo en este verano no es a la página en blanco sino a las altas temperaturas que alcanza el portátil y también el lugar en el que intento solventar el miedo a la página en blanco. Así que me encuentro en el centro mismo de un círculo vicioso.
La inspiración se me licúa pero me he armado hasta los dientes de valor y estoy a tope de hidratación para calmar el desasosiego artístico, espero a la musa sentada y preparada pero la cosa va quedando en divagación.
Como cualquiera, tengo un cuaderno de notas, que me ayuda en tiempos secos, la mayoría de los apuntes se desechan pero ayer he anotado algo que me viene bien para hilar tanta idea licuada: "Sucédeme en el arte como en la vida, que se ensancha más cuanto uno más en ella se interna", Goethe.
Sucédeme que también me pasa.
Cuando estudiaba, había artistas que simplemente se olvidaban, incluso de citarnos, esos con personalidad propia que los historiadores no metemos en cajitas, intentamos relacionarlos con otras figuras, con otros movimientos, pero ellos se escapan de la caja, buscamos parecidos razonables pero ellos se resisten y, a medida que crecen, se desvinculan de sus padres surrealistas, cubistas, etc. Cuando dejé de estudiar intenté empezar de cero, intenté deshacerme de esa mala costumbre clasificatoria, era difícil porque los conservadores, curadores, comisarios, en definitiva, los vendedores del producto pertenecen a ese mismo modus clasificatorio y se empeñan en metértelo en la cabeza, así que al final una va al espectáculo porque es lo que toca pero sin esperanza de aprender mucho. Pero se puede conseguir, de vez en cuando me divierto y aprendo algo nuevo y casi siempre sucede cuando no lo espero, sucédeme tanto con el arte como con la vida. Y los inclasificables, entonces, entran en nuestras vidas de historiadores para quedarse.
Antes de que perezcamos en la desertización cultural y el paisaje a contemplar sea de sequía pertinaz, podemos ver algunas muestras que sí nos merecemos, donde disfrutamos y nos ensanchamos. Todavía está en cartel la exposición sobre Giacometti. Pocas veces se encuentra una tan directa. "Maquinada" para que el espectador comprenda, sin gran esfuerzo, cómo trabaja un artista, dejándole a él contar (porque parece que es interesante que se justifique ante nuestros ojos) cómo llega a la belleza de unas figuras esenciales, muy flacas y larguiruchas. Es cómoda y modesta, pocas obras, así toca deleitarse en las figuras que adelgazan y adelgazan, esas mujeres hieráticas y esos hombres caminantes.
Él dijo: "Después de 1945, me juré que no dejaría que mis estatuas menguaran de tamaño sin parar, que no serían más delgadas que un pulgar. Pero sucedió lo siguiente: podía mantener la altura pero iban adelgazando, adelgazando… se volvían flacas y larguiruchas".
Estas delicadas figuras de bronce pocas veces viajan, su transporte es complicado y, por lo tanto, de gran coste así que es casi obligatorio ir a contemplarlas y, entendedme bien, adorarlas.
Como si se tratase de las últimas veces he pasado y repasado cada una de ellas, sucede algunas veces que no te quieres ir de los lugares donde estás tan a gusto. Su textura ha sido algo nuevo, elaboradas en yeso a base de pequeñas pellas que luego pasan al bronce; buscar las sombras delgadas también, sorprendente el lugar minúsculo en el que se cocinaron.
Ahora solo queda ir en busca de más, allá donde se encuentren y cuanto más altas, mejor.

1 comentario:

  1. "No desfallezcas sobre la inspiración licuada, ni anudes caravanas de cuadernos. Sólo de no esperar surge lo inesperado. Por cierto, un día, a tu admirado Giacometti le atropelló un tranvía. Se levantó, tan fresco, y aún pudo articular: !Coño!, por fin me pasa algo." Antonio Bernabeu

    ResponderEliminar

Cuéntame algo