sábado, 5 de noviembre de 2016

Verdades y mentiras de perogrullo

Hay personas que no han dicho ni una mentira en su vida y otras, sin embargo, no han dicho ni una sola verdad.
Esto no es absolutamente verdad, ni absolutamente mentira. A lo mejor solo se aplica a verdades de verdad y mentiras de verdad.
Hay personas que dicen las mentiras adornadas de tanta verdad que te fías de ellas y crees en lo que te dicen, y hay otras que no podrás creerlas nunca, ni siquiera con promesa de que todo lo que te dicen es cierto.
Hay personas que creen tanto en sus propias mentiras que, como ellas, acabas en ese lado de las cosas. Esas personas con las que compartes piel, de lo contrario acabas saliendo de su mismo lado de las cosas, puede que tarde, pero sales.
Sabiendo como sabemos estas dos grandes verdades, nos empeñamos en confiar o sencillamente en no creer.
Me han contado que hay personas que son capaces de ver en nosotros ambas realidades. Sabiendo lo que saben, ¿cómo pueden seguir confiando o viendo?
He pensado que me gustaría ese poder, esa intuición poderosa. Luego he pensado que mejor no. No es nada de otro mundo, solo hay que seguir un manual de instrucciones, porque dicen que todo se puede ver y todos podríamos.
Hay personas que no pueden decir mentiras, he pensado que me gustaría ese poder/no poder. Luego he pensado que mejor no.
Y luego he pensado que ni un poder ni otro resolvería el embrollo aquí y si incluso me importaría hacerlo, y luego, no sé, ya no he pensado más.


martes, 1 de noviembre de 2016

¿Por qué "maté" a la cocinera de pacotilla esa?

De vez en cuando hay que hablar de la sustancia y llevo varios meses de parón. Llevo varios meses en los que nada me ilusiona durante mucho tiempo, quizás sería mejor decir "emociona". Es como si hubiera abierto un gran paréntesis que de momento no parece cerrarse.
Se cuecen cosas por las mañanas, pero a medida que va pasando el día se van pasando, se van oscureciendo, se van secando hasta que es mejor tirarlas, de lo contrario se pudren y apestan. De hecho, quizás ni siquiera esta vaya a salir a la mesa. Me estoy aficionando a la destrucción, destruyo por ejemplo ropas, destruyo pensamientos, destruyo trabajos, destruyo incluso cariños.
Lo malo de haber cocinado según qué platos es incluir demasiada cantidad de un mismo ingrediente, el comensal se aburre y la cocinera ni os cuento. La razón de que esta reflexión se mezcle con lo culinario es tan superficial como todo lo que sucede al otro lado del teclado. Eso y que está de moda. Todo es maridar, todo son dietas, todo son filosofías gastronómicas, todo son discursos (s)insustanciales, todo es potencial gastro-estupidez. Pero hay que estar ahí, a la moda. Cuanto más à la mode estoy, cuanto más me meto en este otro mundo, más "insustancia" percibo, incluso de mí misma, y más me horripila y más quiero destruir. 
Como otros (muchos), yo también caí en eso de alimentar un poco la vanidad. Como otros pedantes pensé en dar lecciones. Inventé un personaje, una repelente cocinera de pacotilla a la que puse por nombre Tupernani. Tú o tú no la conocéis, quizás. La idea me parecía fantástica, el nombre, ¡no digamos!, cocinaría platos sencillos, baratos que cualquier —perdonad— idiota podría elaborar y llevarse al trabajo al día siguiente en un táper (tupper, para puristas). Y mi ego engordaría, porque era una IDEA. Todo lo que yo me cocinaba y después me comía, previa fotografía, lo veía un reducidísimo/ exclusivísimo grupo de personas a las que pensaba en fascinar. Pues vaya estupidez y qué pedante la artífice, otra más hablando de lo mismo.
Nada más lejos, error de comunicación. Me di cuenta de que, para empezar, nadie se dejaba llevar por la fantasía, había una razón por la que yo no hacía eso en primera personalidad, pero fui incapaz de mantener al personaje. De repente el personaje era una "maruja" sabionda a la que le preguntaban cantidades y medidas, recetas como si yo/ella fuéramos cocineras (perdón, cocineras o cocineros somos todos, pero a lo que una debía haber aspirado era a ser chef, que entre nosotros lo único que significa es que es "cocinero jefe", por supuesto estoy siendo irónica). Un experimento fracasado.
Dicen que no hay que rendirse, que hay que insistir, que se aprende de los errores, yo creo que si no se puede hacer algo bueno, mejor no hacerlo.
Además todo eso es demasiado relativo, lo intenté durante dos años. ¿A qué se refieren esas mentes lúcidas con volverlo a intentar? ¿Cuánto tiempo se considera que uno debe intentarlo? Si caminas y te encuentras la pared, hay que cambiar de camino, si insistes acabas dándote un golpe en la frente y además resulta una pérdida total de tiempo y recursos.
A otra cosa.
La maté, a la sabionda, claro, o más bien le he inducido un coma profundo, porque en el caso de "la red" nunca se puede morir y mucho menos hacer desaparecer las malas ideas. Si la IDEA era buena, supongo que después de dormir seguirá siéndolo y, si tengo razón, no tenemos ni que volver a vernos las caras ni los delantales.
Lo malo de crear una personalidad que cocinaba y lo contaba casi a diario es que lo que cuenta se acaba pareciendo demasiado a un diario, aunque esta no sea en absoluto la intención. Lo malo de los diarios es que conducen a una peligrosa tendencia hacia la autocompasión o la autocomplacencia y/o al sobrealimento del ego, si lo que se cuenta tiene mediano sabor. Lo malo de centrarse en una misma es que se acaban las recetas. Por mucho que yo me empeñase en la divulgación, parece que solo estaba hablando de mí y eso es un plato con demasiada cantidad de un único ingrediente: aburrido e insípido.
La cocinera de pacotilla no era capaz de conectar con sus comensales, que no entraban en su juego o que el mismo no tenía miga. A ver si van a tener razón los "científicos" de la mercadotecnia, a ver si es una ciencia y como no controlo las reglas el experimento ha resultado un fracaso. Da lo mismo.
Cuanto más avanzo en esto de la comunicación más en la superficie estoy, veo que no encuentro explicación a las reacciones que suscita lo que cuento, o a lo que cuentan los demás. Parece que controlo los ingredientes y su tiempo de cocción, pero realmente lo que pasa una vez lo sirves escapa a cualquier norma y me pone nerviosa y destructiva, por ende.
Puede ser que no haya más debajo de esa superficie.

martes, 10 de mayo de 2016

La empresa

(Basado en hechos reales)

–He soñado contigo. Eres más guapo en mis sueños, ¡wow! Siempre te he visto más de lo que eras, más guapo, más listo, más interesante… que nadie… que yo.
Me coges de las dos manos, en mi sueño, o sea, en este sueño que te digo y además hay un montón de luz y llevamos ropa monísima. Y él le pregunta, o sea a mí: "¿tú me quieres?", no puede ser porque sabe, sé, que no es real, que no podemos, pero contesta, contesto que sí, que desde que llegó. Es como en un videoclip, no sé cómo no me doy cuenta a tiempo y me despierto. En cambio, no, me divierto, no lloro, ni vomito, claro. Despierto con dolor de cabeza, no me acuerdo, pero creo que han sido pocas horas de sueño o quizás sea más una pesadilla.

–Decías eso que me ponía de los nervios: "al que madruga…". Respondí de muy mala leche una vez: "No creo que dios le ayude, creo que le proporciona más horas que rellenar de nada, que le hacen sentirse super infeliz." Tú te reíste. Tú madrugas, ¿por qué? Para hacer más cosas… qué loco, el tiempo es para que pase, no se puede detener ni aprovechar como la pasta de dientes.

–Tú mientes, y yo a ti. Cuando me preguntan ¿"qué tal"? Me creen porque yo lo digo, pero en mi cabeza es totalmente distinto, todo ocurre de otra manera. Pasan microsegundos de incertidumbre en los que estás tentada de decir que no muy bien o lo de "tirando", porque es la verdad, tiras aunque tengas ganas de irte a dormir y no salir de la cama hasta marzo, pero te apiadas finalmente y elaboras esa mentira que le exime de aguantarte, o sea, de sujetarte, no quieres pasarle esa responsabilidad, liberas al otro con un "bien" y ya se puede continuar la conversación desde la isla de la ficción o el lugar común.

–Espero que esta noche me dejes dormir y no vengas con tus cosas, con tus grandes ideas, no hay razón para que empiece a tener ahora insomnio si iba bien hasta ahora, las noches son lo mío, dormir es una actividad que controlo perfectamente. Se puede ser optimista, pero de día. Es que tú no te cansas nunca.

–Es muy difícil caminar contra el viento, detesto ese viento, será cosa de TOC. Nunca sopla como quiero, me distrae, me despeina, me descentra, me desanima, me desanda… y no tengo barco, que es para lo único que sirve el viento, no lo necesito. Te ríes porque busco deprisa un peine, explotas de risa. Vale, pero tú no sabes bailar.

–¿Sabes dónde estoy? Mirando el escaparate de una tienda de muelles. Los hay de todos los tamaños, pequeños como los de los bolis y enormes como… no sé para qué se usa ninguno, hay grosores increíbles, y otros superfinísimos, los hay de muchas vueltas y otros en cambio de una sola. Es maravilloso, el paraíso del muelle, no he visto una cosa igual…
¿Que de qué estoy hablando? De un lugar único que va a desaparecer en cuanto su propietario tenga la buena idea de jubilarse, uno de esos sitios con cierta poesía que se irán para no volver.

–Siempre has sido más listo, hasta convertiste esto que hacemos en una especie de labor social. Llegué un día del trabajo y vimos Tú asesina que nosotras limpiamos la sangre, porque tú querías que yo captara tus intenciones a la primera, me hizo poca gracia y no entendía por qué veíamos algo tan friqui, pero tú te volviste hiperactivo de repente, no sé cómo pensaste que así me explicabas mejor la idea y que me iba a volver loca por empezar una empresa como esta. Lo que entendí, primero, me asustó, no sabía si querías ponerte a matar gente y, recordando lo que gritabas solo con cortarte un dedo con un papel, me parecía poco probable. Hasta habías hecho un plan de negocio teniendo en cuenta las estadísticas de los tres últimos años y elegido el mejor nombre: Especialistas en Limpieza de Escenarios Traumáticos.
Me parecía más sencillo lo primero. ¿Te refieres a limpiezas generales en teatros y macroconciertos? pero no te hizo ninguna gracia, pusiste esa cara… bueno esa que pones. El informe sobre la propagación de enfermedades debida a los fluidos tendría que haberme dado la pista definitiva.
Lo he intentado, he aprendido tanto sobre sangre, plasma, sesos y otros fluidos, lo reconozco, pero no pienso en aprender más, ya sé lo suficiente, ya he visto suficiente.
He pensado bastante y esto no va a funcionar.
Por cierto, he dejado aparcado el camión delante del teatro porque es uno de esos pocos sitios donde no hay parquímetros y cuando lo he mirado ahí he explotado de risa, así espontáneamente, no habría encontrado mejor lugar para dejarlo… "escenarios" "teatros"… con sus letras plateadas y brillantes sobre fondo negro, hasta en eso pensaste, "que llamará mucho la atención".

–Puede ser que me ofrezca como socia-heredera al vendedor de muelles o me ponga a pasear perros… no, que también hay que recoger fluidos. Adiós.

domingo, 3 de abril de 2016

Un mal día

Acaba un mal día.
Es uno de esos que te han "colao" de más,
que sobra como la tapa del pan de molde.
Acaba uno de esos en que crees que puedes,
pero te equivocas,
efectivamente.
Uno de esos perdidos en cada uno de sus segundos,
disueltos en cada una de esas putas gotas de lluvia fría
que lo han mojado entero.
Se acaba un mal día,
de esos en los que esperas a este lado del paso de peatones
y en realidad no está pasando ni un coche.
Es uno de esos en que aceleras el paso
pero los minutos van a su propio tempo,
distinto al que habitúan
y tus pies son de plomo.
Te engañó al comenzar,
pero antes de que acabe,
te romperás completamente
y quizás también bailes.

miércoles, 30 de marzo de 2016

La prueba (extracto)

"(…) Allí mismo hay un taller muy viejo, está en medio de dos casas, como encajado, parece como si antes hubiera habido un patio entre ellas. Son esas casas tan viejas donde hay muchas puertas, incluso dentro de la misma habitación, se puede entrar por una y salir por otra, y pasillos larguísimos, y también hay corredores que comunican los edificios. Una vez Sam y su madre vieron una peli de dos niñas vecinas en una casa de esas, que se hacían amigas, y salían corredores de esos, sus padres o abuelos hablaban con ellas desde arriba y podían jugar sin peligro.
Vivirá allí. O quizás no, quizás entró por el garaje, porque conoce alguna puerta secreta, una de esas que ni el dueño del taller conoce, seguro que ya se ha escondido muchas veces y conoce cada rincón.
La primera vez que le oyó temblar fue hace más o menos dos semanas. Se paró un momento delante de una de esas ventanas raras que salen casi en el suelo, de esas que desde dentro se pueden ver los pies de la gente en la calle.
No le veía, solo le oía cómo respiraba y se piró de allí cagada.
No sabe si él la vio alguna vez. Le gusta ese barrio, nadie la mira, supone que porque solo les importa lo suyo, casi no se encuentra con nadie y se puede patinar, tiene aceras anchas. Va a veces, cuando no le apetece ir a alguna de las clases de las tardes, ya ha perdido la cuenta.
Sam pensó que a lo mejor había reconocido sus botas. Le habló como si la conociera, como si fuesen amigos, como si el día anterior hubiesen ido andando a casa juntos después de clase. Habrían salido juntos, ella habría saltado, por fin, los cinco escalones del patio, sin ayuda exterior, y se habrían encontrado en la puerta de entrada, ella se habría adelantado porque es más rápida recogiendo las cosas del pupitre, porque no lo tiene todo descolocado.
Le contó que ese día los demás le habían retado a una prueba de valor, algo que habían leído en algún estúpido foro. En el recreo habían encontrado un ratón, él tuvo que matarlo y después comerse su corazón. Al llegar a casa sus padres no entendieron que no quisiese merendar así que se comió el chocolate, su favorito, con el pan que preparaba la asistenta cada dos o tres días. Desde que su madre vio en algún programa de televisión o lo leyó en alguna de esas revistas suyas lo "venenoso" que era el pan del súper, había tenido que aprender a hacerlo en casa y lo hacía casi dos veces por semana, como si no tuviese un montón de tareas que hacer. A él le encantaba ayudarla a amasar, pero a su madre no le gustaba que lo hiciera, y no le explicaba nunca el porqué, "no lo entendería".
Qué asco le dio todo, pensar en el corazón caliente todavía, y después en aquel chocolate que se le derretía en las manos, le recordaba la sangre de aquel animal que empezaba a coagularse y enfriarse.
No es la primera vez que le pasa algo parecido, le cuenta que de la sorpresa se pasa al miedo y al llanto, pero que se lo tiene que aguantar y después hay un momento de rabia y vómitos a partes iguales. (…)"
¿Continuará?

viernes, 11 de marzo de 2016

Y hoy, ¿qué? (Después del 8M)

Pues hoy igual que ayer y anteayer, buenas maneras, buenas palabras, ruido y unas pocas, pocas, promesas que se perderán como "lágrimas en…", sí eso.
Y además lacitos, discursos, canciones, actos de concienciación en colegios e institutos, programación televisiva especial… Es un día de reivindicaciones, dicen, y escuchas atónita discursos, noticias, cuentos… y congreso de los diputados  y semáforos con falda. Estas dos últimas paparruchas me causaron especial carcajada en ese día 8 de marzo en el que hemos de ser protagonistas aún porque somos humanas con derechos pero no en total sino en porcentajes.
En cuanto a la primera paparrucha, la carcajada era entrecortada, no sé qué decir… ¿vale, adelante? ¿Eso es lo que tienen que aportar?
Pero la segunda me encanta y tenía que sacarle todo el jugo que pudiera.
Nada más "dar a luz" la medida ya tiene detractores y también apasionados del happening. Unas, también algunos unos, dicen que ya era hora, que eso da más visibilidad a la lucha (palabra chunga) por la igualdad de género, ¿qué pasa, no se nos ve suficiente?, estamos en carne y hueso, ¿un pictograma?; otras que por qué no, pues claro, ¿y por qué sí?, ¿para qué? Debo de ser muy inconsciente, debo de estar muy poco concentrada en la "lucha" porque nunca sentí que los semáforos tuvieran sexo, pero bueno, ¿en qué estaba pensando?, hasta ahora no me había dado cuenta de la importancia de sentir que la ciudad podía hacerme "igual" al incluir una silueta femenina en ese chisme. Algunas dicen "pero ¿por qué con falda?", claro, a esto unas responden que por qué no, si está admitido ya universalmente que esto


es una mujer, cualquier mujer u hombre del universo lo entiende nada más verlo, no lo creo: persona de hombros muy rectos, sin cuello, sin manos ni pies y con vestido corto, ¡claro! Pues sí, no voy a darle vueltas, espero que pronto estén de nuevo de moda las faldas entre los hombres para que las visitas al baño sean un ejemplo de convivencia. Las mismas abanderadas por la igualdad y por el derribo de los tópicos sexistas, que seguro que protestarían por la imagen estereotipada de una mujer en minifalda, apoyan un símbolo universalmente retrógrado. Escuché a una mujer decir, más o menos, que un diseñador podría dar con un símbolo más acertado a la imagen que queremos de nosotras.
Quizás no hubo mucho tiempo, está poco trabajado esto, cogido por alfileres, ¿no creéis?, ¿vosotras y vosotros? Me parece algo cutrísimo. Como crítica de arte le doy muy mala nota al happening. Como mujer pues también, pero bueno quién soy yo para decir que una medida tan ligera no vaya a calar hasta lo más hondo en esta nuestra sociedad. Mientras la educación va haciendo efecto siempre tendremos unos semáforos "paritarios", yo ya me quedo mucho más tranquila.
¿Es esto lo que se puede aportar para que se respeten los derechos humanos que todavía tenemos solo a porcentajes? Espero ansiosa nuevas medidas por la igualdad y mientras tanto aquí tenéis el invento, estático y en movimiento.

 


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miércoles, 2 de marzo de 2016

Esa cosa: acoso

¿Cómo andáis de autoestima? Espero que bien porque si no seréis carne de cañón. Yo soy de esas con intermitencias, puede ser que me acabe salvando del cañón.
He oído o leído por ahí que acosadores y acosados tienen poca autoestima; así que ¡premio seguro!
Últimamente no paro de darle vueltas y algunos sucesos encajan con las definiciones.
Algunos me habréis oído decir que el día que terminé fue uno de los más liberadores, no me creen, que exagero, parece que lo rechazo, como todo lo demás, porque soy de "nunca contentar".
No lo supe hasta después de un tiempo, claro, cuando me libré del estrés de enfrentarme a una manada que me rechazaba, a la que no pertenecía. Ni siquiera supe nunca de ese estrés mientras sucedía. Ahora le ponen nombre.
Siempre dí por hecho que cuando estabas allí (en el colegio) era algo por lo que había que pasar, la supervivencia a la secundaria, una lección paralela a las de las aulas. Creo que asumí que íbamos allí a aprender no solo de los libros sino también a eso, a sobrevivir, a aprender lo dura que era la vida que vendría, a sobrellevar a los otros. Y que era débil, presa fácil.
Nos enviaban a ese "combate" con pocas o nulas armas. A nosotros, porque algunos iban armados hasta los dientes, dispuestos a arrasar a quien se pusiera por delante, sus consignas de supervivencia eran claramente diferentes a las mías. Eran como niños-tanque, egocéntricos, perversos, crueles y maleducados (y no hablo de modales). Pero, ¿qué les pasaba?
¿Por qué se decía que los niños son "algo crueles"? ¿Por qué echar la culpa a los niños de un comportamiento que debería ser educado? ¿Por qué un niño iba a aprender la crueldad, el enfrentamiento, la competencia así por sí mismo? ¿Nadie era responsable?
Atar los cordones de ambos zapatos para que al andar uno se caiga, bajar la ropa interior hasta los tobillos, decirle que cuando baje del bus su madre no irá a buscarle porque se ha muerto, coaccionar a los amigos para aislarle, insultarle, bajarle los pantalones y dejarle en bragas delante de sus compañeros, etecé, cosas "inocentes" o "simplonas" que probablemente marcan un periodo de la vida en que estás formándote, desarrollando tu personalidad, que se vuelve desconfiada, insociable, huraña y temerosa.
¿Por qué alguien aprende de su familia o tribu, de la escuela, de la sociedad que las relaciones han de ser de poder, de dominador y dominado, no de iguales? ¿Un día les da por ahí? ¿Qué pasa con la empatía y la compasión? ¿Por qué hay personas que están en estado de guerra siempre? Si hubiera un estado de guerra esas mismas personas son capaces de justificar cualquier comportamiento. ¿Cómo es que la escuela no enseñaba nada de lo que tenía que enseñar?
Como se trataba de sobrevivir no se contaban los hechos, solo en casa, en casa algunos y en casa te decían que te apartaras. En la escuela no se contaban, nadie lo había hecho nunca, algo te decía que ellos no lo iban a arreglar, que dirían que eran cosas de niños, que hay débiles y otros abusones que se aprovechan, que hay que aprender a defenderse, que estamos demasiados mimados. Una regañina sin importancia, pero los suyos, la tribu en guerra, nada. Son cosas de patio que se arreglan en el patio.
¿Por qué para algunos el paso por la escuela es supervivencia, huida, disimulo y no la mejor época de su vida? Y luego, ¿qué, se vive igual?
Quiero decir que no es que se supera, es que se asume, se echa a las espaldas, resistencia pasiva y se huye en cuanto hay oportunidad. Pero no es ninguna solución, es una "tara" y te acompaña siempre.
También he leído u oído por ahí que algunos acosados se convierten en acosadores. Se puede decir entonces que yo sí sobreviví de verdad, ¡bien por mí! Nunca pasé a ningún otro lado, permanecí en este lado, permanezco aún. Quizás finalmente, en el momento de huir, sí que tenía la autoestima más alta de lo que pensaba.
He pensado en que no está superado en realidad, en que se lleva con una a cada nuevo lugar.
¿Cómo lo superan los dominadores, acosadores inconscientes (o no)? ¿Qué tipos de adultos son esos niños-tanque? Esperaba poder llegar a comprender, empatizar o sentir compasión pero me temo que me quedaré con las ganas, solo puedo teorizar, no sé ponerlo en práctica.
¡Ah!, y son adultos-tanque que huelen tu inseguridad.
Algo está claro: que tengo que aprender y que todavía no he aprendido. No basta con la capa de invisibilidad.
Pues sí, somos un fracaso total para llevar tanto tiempo intentando esto de convivir y tolerar. No estamos a la altura. Ojalá lleguemos al fondo del problema, más bien a que no llegue a presentarse. Sin más víctimas en el camino. Sin muertes. Sin miedo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Sueño de invierno

Hace frío, solo hoy,
de ese que hace tiritar los ojos
y te pone la nariz rosada,
y cuando la miras ríes
y luego arde.
Cuando hace frío estoy más aquí y soy más yo.
Solo hoy estoy más aquí, más que ayer.
Cuando hace frío como hoy
veo esta nieve de ayer,
la que te sacaba de casa.
Ayer mismo estabas ahí
mirando en color
la luz y el blanco de ese sueño,
el negro de los árboles como dormidos,
y a todos aquellos puntos que pasan un rato.
Ahí estabas en tu sueño de frío,
el que ya no te permites.
Aquí estamos hoy tú y yo
de nuevo en el frío y en esta nieve,
la que te deja en casa.
Permite que solo hoy
en realidad quiera estar más ahí
en ese sueño de invierno.

Foto: E. Seligmann









jueves, 11 de febrero de 2016

Coartadas y escondites

"Olive Wellwood siempre reaccionaba del mismo modo cuando asistía a una función teatral:
queriendo escribir, ahora, inmediatamente, para perderse en otro mundo,
que Barrie había llamado inteligentemente el País de Nunca Jamás"
El libro de los niños, A.S. Byatt

No sé si podré retomar lo que he perdido, porque noto que algo se ha ido. En los últimos días me permito pensar en el veneno de nuevo, en intentarlo otra vez, pero a la vez me permito pensar en por qué debería hacerlo. Si prescindo de ello durante tanto tiempo no debe de ser una necesidad. Es una necesidad comer –de todo dicen–, beber agua –hasta dos litros dicen– pero no es una necesidad como esas juntar palabras –se mueren si no lo hacen, dicen algunos–.
Así que, si no es una necesidad y no es una vanidad ¿por qué no apartarlo también si molesta como lo demás? Y luego poder decir "me arrepiento" cuando ya es muy tarde.
En los últimos meses he permitido que el tiempo me adelante y hasta que me esconda –pérdida de tiempo dicen–. Si el tiempo es mío lo pierdo. Los demás lo dicen. Lo he usado para desaparecer bajo una montaña de amargura y responsabilidad desmesurada.
Como Olive, siento la misma pulsión, pero pongo tantas excusas que me convenzo de dejarlo –soy la mejor, al menos en eso. Y pocos ojos se han dado cuenta del abandono que me resulta tan cómodo, porque tenía coartada.
¿Qué hay que hacer para seguir incluso aunque quieras dejarlo, no sentir nada y dejarte llevar? ¿por qué hay que seguir? ¿porque es lo único que podría tener? ¿porque es lo único que creo que sé hacer? ¿cómo saber si es necesario? ¿cómo creérselo lo suficiente como para volver a intentarlo?