miércoles, 30 de marzo de 2016

La prueba (extracto)

"(…) Allí mismo hay un taller muy viejo, está en medio de dos casas, como encajado, parece como si antes hubiera habido un patio entre ellas. Son esas casas tan viejas donde hay muchas puertas, incluso dentro de la misma habitación, se puede entrar por una y salir por otra, y pasillos larguísimos, y también hay corredores que comunican los edificios. Una vez Sam y su madre vieron una peli de dos niñas vecinas en una casa de esas, que se hacían amigas, y salían corredores de esos, sus padres o abuelos hablaban con ellas desde arriba y podían jugar sin peligro.
Vivirá allí. O quizás no, quizás entró por el garaje, porque conoce alguna puerta secreta, una de esas que ni el dueño del taller conoce, seguro que ya se ha escondido muchas veces y conoce cada rincón.
La primera vez que le oyó temblar fue hace más o menos dos semanas. Se paró un momento delante de una de esas ventanas raras que salen casi en el suelo, de esas que desde dentro se pueden ver los pies de la gente en la calle.
No le veía, solo le oía cómo respiraba y se piró de allí cagada.
No sabe si él la vio alguna vez. Le gusta ese barrio, nadie la mira, supone que porque solo les importa lo suyo, casi no se encuentra con nadie y se puede patinar, tiene aceras anchas. Va a veces, cuando no le apetece ir a alguna de las clases de las tardes, ya ha perdido la cuenta.
Sam pensó que a lo mejor había reconocido sus botas. Le habló como si la conociera, como si fuesen amigos, como si el día anterior hubiesen ido andando a casa juntos después de clase. Habrían salido juntos, ella habría saltado, por fin, los cinco escalones del patio, sin ayuda exterior, y se habrían encontrado en la puerta de entrada, ella se habría adelantado porque es más rápida recogiendo las cosas del pupitre, porque no lo tiene todo descolocado.
Le contó que ese día los demás le habían retado a una prueba de valor, algo que habían leído en algún estúpido foro. En el recreo habían encontrado un ratón, él tuvo que matarlo y después comerse su corazón. Al llegar a casa sus padres no entendieron que no quisiese merendar así que se comió el chocolate, su favorito, con el pan que preparaba la asistenta cada dos o tres días. Desde que su madre vio en algún programa de televisión o lo leyó en alguna de esas revistas suyas lo "venenoso" que era el pan del súper, había tenido que aprender a hacerlo en casa y lo hacía casi dos veces por semana, como si no tuviese un montón de tareas que hacer. A él le encantaba ayudarla a amasar, pero a su madre no le gustaba que lo hiciera, y no le explicaba nunca el porqué, "no lo entendería".
Qué asco le dio todo, pensar en el corazón caliente todavía, y después en aquel chocolate que se le derretía en las manos, le recordaba la sangre de aquel animal que empezaba a coagularse y enfriarse.
No es la primera vez que le pasa algo parecido, le cuenta que de la sorpresa se pasa al miedo y al llanto, pero que se lo tiene que aguantar y después hay un momento de rabia y vómitos a partes iguales. (…)"
¿Continuará?

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