miércoles, 21 de septiembre de 2011

Tecno-estrés

A primera vista podría definirse como "esa aversión al tecno", que también; creo que algunos ya no tienen edad para bailar determinadas cosas, pero no, se trata de una fobia moderna, moderna. Es moderno el estrés y ya es el no va más que te estrese la tecnología.
Hay dos tipos de "tecnoestresaos", los que solo tener que leer en una máquina les produce sudores fríos y palpitaciones, o sea, verbigracia mi propia madre en un cajero, va acostumbrándose, la globalización le ha obligado. Tiene razón, para ella leer es otra cosa, sus escritores favoritos no le presionan continuamente con preguntas ni amenazan con tragárseles la propia mano si se equivocan tres veces al volver la página, por otro lado, Pin y Puk serían dos personajes de El sueño de una noche de verano y no números del mismo satán y "Youtube tres maridos y a los tres envenené". Por otro lado están aquellos que se encuentran tan comunicados que no dan abasto, y confunden Matrix con la vida real, y a veces la tableta les ayuda menos que el icuaderno y las consecuencias son tremendas, en Matrix si no eres diestro te pueden hacer mobbing, que también estresa bastante; vives sin vivir en ti… es normal porque en realidad estás en Matrix.
Pobres de nosotros, sometidos a constante innovación-adaptación-evolución, de repente podemos sucumbir al tecnomiedo, ¿tiene cura? ¿a qué clínica llevan a dinosaurios tecnológicos inadaptados? ¿te van eliminando redes sociales paulatinamente y te reprograman para escribir cartas (sí, escribías en un papelín si faltas de ortografía ni abreviaturas lo metías en un sobre y con suerte recibías otra parecida al mes siguiente)?

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuentos

Me gusta que me cuentes cuentos, no lo haces ya. No queda más remedio, debo salir a buscarlos, adonde sea.

La realidad es demasiado real últimamente. Así que el otro día salí en busca de una buena historia, es buena porque empieza bien, porque acaba bien, y porque todo lo que pasa entre el primer minuto y el último te arranca sonrisas, lágrimas, alzas las cejas y abres mucho los ojos. Parece sencillo de conseguir, una buena gimnasia facial, pero no es así, en los dos últimos años me resulta difícil estar en forma.
No me gusta recomendar cine, tampoco me gusta que me lo hagan a mí. Antes me lo tomaba tan en serio que pensaba que no estaba a la altura, me daba vergüenza no hacer buenos comentarios, brillantes  perspicaces, otro complejo más. No me gusta criticar una película cuando salgo del cine, ¿por qué la gente quiere hacer eso? salir del cine es como despertar de un sueño fabuloso, no quieres que suceda, siempre hay un pequeño mosqueo en esos primeros instantes al despertar, ¿por qué iba a querer hablar de ello? No ha pasado suficiente tiempo, no soy rápida en las opiniones, me gusta poder recordar cada sensación, como en un buen sueño, antes de que se te olvide tienes que recomponer en tu cabeza todo lo que puedas.
Las reglas, y más las propias, hay que cambiarlas, y una buena historia hay que compartirla.
El cuento es Begginers (Mike Mills, 2011), y no voy a hacer una crítica, se lo dejo a los que se ganan la vida con ello, al fin y al cabo no soy cinéfila, más bien cinéfaga.
Tenemos chica, chico, padre gay, un perro que habla, vándalos del graffiti (por cierto, si dibujas mandalas sobre paredes y con nocturnidad, supongo que practicas mandalismo, no es el caso, dispersión), una casa maravillosa de Richard Neutra en Los Ángeles, arte gráfico, inseguridad, felicidad a veces… melancólica, encantadora… muy recomendable, aunque me cueste decirlo. Tiene todos los ingredientes para ser un buen cuento, todas estas cosas cocinadas y mezcladas son irresistibles: melancolía-humor, perros y humanos conversando, chico/chica-inseguridad, vándalos-arte, ironía/excentricidad y con interpretaciones verosímiles (esto sí es irresistible).

jueves, 1 de septiembre de 2011

El final (experimento)

A media hora estoy.
Apurando un agosto raro.
Asfixiante e irrespirable en ocasiones.
Envidia del artista, del que sabe qué decir, del fuerte, del tolerante.
Treinta y un días feos, otra vez.
Ya se escapa otro mes de rescates, de falsedad... también de esperanzas, de resistencia.
Se acabó.