jueves, 15 de mayo de 2014

Con ventanas amarillas

He venido a vivir a una casa de ladrillo con ventanas amarillas, para que me encuentres si me buscas. Un amarillo contento, nada de palideces. Con venecianas, para siestas frescas en el diván que rescatamos.
No pondré ninguna alfombra a la entrada, para oírte cuando llegues.
Llama a la puerta con las manos, no hay más timbres agudos ahora, porque soy invisible como un camaleón ciego.
Si llegas el lunes, la escalera siempre huele a repollo, como en aquellas novelas, y los miércoles a sardinas, es el menú predestinado de la colonia. No se puede competir con esos dos ni aunque llenara el horno de manzanas.
Si llegas por la mañana, prometo no asustarme cuando me susurres de espaldas. Si llegas por la tarde te estaré escribiendo en secreto.
Un hombre muy largo vive en el piso de abajo, su compañera siempre quiso tener las cazuelas en el techo como en esas cocinas de las revistas, desde que ella no está su sueño es muy ligero y mi suelo repica de madrugada.
Su hija me ha dicho esta mañana que los cangrejos no pueden mirar hacia arriba y por eso los pájaros los atacan, llevo todo el día pensando en sus ojos, en tus ojos y en los míos. Se ha levantado al amanecer, el ruido del gas a trompicones le ha despertado y se ha sentado junto a la ventana para ver el globo subir, y luego ha sacado casi todo el cuerpo para verlo bien muy arriba junto a los demás.
La señora Amelia huele a galletas y desliza la cuchara por la piel de la manzana asada una y otra vez hasta dejarla transparente. Sale todos los días a las once a pasear con una amiga, no hablan casi y alguna vez van al cine. La señora Amelia es muy blanca y tiene la piel como de porcelana, creo que no le ha dado nunca el sol, como a la planta que me regalaste, no sale sin su velo blanco que saca todos los días de la cómoda de la habitación, hace años que la modista le hizo algunos de una pieza de tul que sobró del vestido de alguna novia, los guarda muy bien doblados junto a las dos combinaciones desde siempre.
Rosita lleva ahora el camión de su marido al matadero, el trayecto de ida y el de vuelta los hace llorando desde el primer día. Él tal vez se fue a conducir el circo.
Un perro contratenor hace duetos con la amiga de esa vecina que ríe en falsete.
El cartero ya se ha divorciado tres veces porque el horario no le coincide bien.
Esta mañana me he encontrado conmigo, entraba y salía del súper, con mi gorra negra inclinada, escuchando música y traspasándome con la mirada, porque soy invisible, y caminaba hacia atrás, acaso para desandar.
¿Qué pasa ahí afuera? Demasiado calor, el amarillo ha entrado en casa. Hasta me he puesto un vestido, del revés, para que me escuches, cuando llegues.

(Quizá continúe…)