miércoles, 26 de febrero de 2014

Al teléfono

Ya no hablo con desconocidos por teléfono. No desde que se pueden identificar los números en una pantalla, no desde que me atormentan con el marketing directo, no desde que tengo un cacharro que va conmigo siempre, en el que están los números con "permiso" para llamar.
¿Alguna vez habéis descolgado ese aparato y una voz que no conocéis os ha dicho "hola, me puedes decir qué día es hoy"? Sucedió hace mucho, aquel día no supe la trascendencia de aquella llamada, no la entendí y seguro que no estuve a la altura. Por supuesto, le dije el día que era, sé que hablamos más tiempo pero no recuerdo sobre qué. Seguro que al colgar pensé que era alguien que no estaba muy bien, en vez de pensar que estaría sola, sin ver a nadie en horas, días, o sin hablar de algo que a mí me parecía tan simplón como el día o el tiempo, yo que en aquel momento estaba en lucha continua por el silencio, seguro que me la quité de encima (qué tacto).
Aquello fue la versión de andar por casa y mal llevada del Teléfono de la esperanza, supongo, lo relacioné años más tarde, como siempre gracias al cine y a Cosas que nunca te dije (Isabel Coixet, 1996). Pensé que en ese país, donde parece que hay de todo, aquella persona tendría que haber contado con Don para hablar con ella de todo y todos los días, él sabría qué hacer, lo habría hecho bien. Yo "comprendo las cosas más tarde".
Es que no me gusta hablar con ese chisme, incluso cuando no hay nadie a mi lado me da vergüenza. A veces hasta he ensayado, cuando se trataba de conversaciones profesionales, que un jefe te dirija las llamadas tampoco ayuda a la autoestima y la seguridad. Ahora es peor, todos aireamos nuestras charlas, estamos en continua exposición por la calle, en el metro, en el súper… puedo oír toda la violencia de mis vecinos, los niños insultando a su padre, la madre a su ex marido, la abuela a la que llama el del segundo está muy sorda, le repite una y otra vez que se ponga el teléfono en la oreja, le grita insistentemente. No veo a toda esa gente pero sé más de sus vidas de lo que deseo, no necesito toda esa información agobiándome, no la quiero.
Tengo odio/amor a esta cosa. Lo vamos a llevar en la muñeca y dentro de nada tan diminuto que lo meteremos en nuestro oído como en Her (Spike Jonze, 2013), y siempre estará presente. Sin embargo…
La otra tarde leí que en Medellín la red de bibliotecas de una Caja de ahorros, o similar, organiza lecturas por teléfono, por catálogo pides una novela, un ensayo, poesía, lo que sea, y un bibliotecario te llama por teléfono y te lo lee. Como en Cuentos por teléfono de Gianni Rodari. Como un lector por horas. No es nada nuevo, ya, no sé si porque no leo noticias así casi nunca que de repente tenía su dosis de ternura, de ingenuidad o simplemente era algo tan sencillo… gente en algún lugar leyendo libros a otros por teléfono de los que huelen, de los que amarillean, de los que se rompen… o quizás no, quizás estén dentro del propio teléfono (locura). Resulta que, en resumidas, este odiado artilugio sirve para llevar palabras, para comunicar… e incomunicar.
Y entonces pensé en mi desconocida al teléfono e imaginé tardes de historias, tardes de lectura, tardes al teléfono.

lunes, 10 de febrero de 2014

Una sopa de cuento

Hay cocina sentimental o emocional, es bien sencillo, no es que llores con las croquetas, es más bien que un momento de familiaridad, comodidad, seguridad viene en forma de tortilla después del baño o sopa de estrellas: sabores, olores, recuerdos, tardes de domingo en una sola cucharada. No estoy segura de si se contempla su análisis, su estudio o su misma crítica, o si tiene el más mínimo interés, pero es la que más interesa a la mayor parte de las papilas mundanas.
Hoy ceno sopa de tomate, no la hago mucho. Recuerdo una, hace bastantes años, que mi hermana hizo para toda la familia, solía cocinar cuando se quedaba sola en casa por las tardes de sábados o domingos, recuerdo que mi madre sentenció: "Está ácida". Sentencias como esa suelen marcar el curso de los acontecimientos familiares durante bastante tiempo, pero este es otro tema.
Ya no sé si os he contado que pasé algunas tardes de mi infancia sentada en un taburete alto de madera en la esquina del silencio de una librería, era la librería de mis abuelos y era la esquina del silencio porque era así como había que quedarse si se iba de visita, leyendo y en silencio, aunque no se supiera, la esquina del silencio estaba a la derecha o a la izquierda de donde mi abuelo solía trabajar, donde escribía en su underwood de pie, al fondo de la librería, donde no se molestaba. Cogía un libro y me quedaba allí u observaba a todos ir y venir, coger los libros que llegaban hasta el techo o subir al piso de arriba que tenía totalmente prohibido.
Si no acababa mi libro, quizá me lo llevara a casa, después de alguna promesa de que se devolvería.
Durante años, todos volvíamos de la librería con novelas, diccionarios, ensayos de todos los temas y, a veces, los libros volvían a la librería, a veces los que no tendrían por qué hacerlo, aquella era nuestra biblioteca particular. Sí, me perdí la experiencia de la sala de lectura o de la sala de préstamo del barrio. Algunas veces se quedaban con nosotros algunos extraños especímenes que rara vez se utilizaban para lo que habían sido ideados. Eso mismo es lo que le ocurrió a dos libros de cocina que yo solía ojear, aunque todavía no tenía edad ni altura para ponerme a cocinar. Uno era sobre sopas y el otro sobre ensaladas (Las 30 mejores recetas de… de Georgina Regàs y J. Selva), estaban impresos con tipografía manuscrita y totalmente ilustrados; todos los ingredientes de las recetas, las rodajitas de huevo duro, los trozos de pimientos, los gajos de tomate, los mejillones, y después los platos ya elaborados, eran tan distintos, me chiflaban, yo los ojeaba como si fueran cuentos, no paraba de mirar sus páginas de graciosas recetas dibujadas, no sé qué pasaba por mi cabeza.
Había allí una sopa de tomate, aparecían alineados los dibujillos de los trozos de cebolla, de tomate, los dientes de ajo, las hierbas, la cazuela humeante. No recuerdo cómo indicaba aquel libro que había que hacer la sopa, habrá que improvisar, ya no está conmigo el libro de cuentos de sopas.
Las pequeñas rarezas se contagian, los dos libros viven con alguien pequeño, a alguien pequeño le gusta mirarlos como un cuento y los usa para sus pócimas, ungüentos y brebajes mágicos, para su restaurante y para las recetas de los cosméticos entre naufragio y naufragio. Alguien con quien nunca he compartido la rareza mira dos libros de cocina como si fueran cuentos.
Hoy ceno sopa de tomate, seguramente ácida y sentimental.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Las granadas son para manos pequeñas

Yo
no sé dibujar,
no sé tocar ningún instrumento,
no sé caminar por un alambre,
no sé hacer bailar cinco bolas en el aire,
no sé sostenerme en quintas,
no sé por qué dos más dos son cuatro,
no sé leer jeroglíficos
y apenas estoy aprendiendo a escribir.

No creo que deba perder más tiempo en nada humano que sea menos interesante.

Yo
sé soñar despierta,
sé hacer reír y, al mismo tiempo, llorar,
sé quererte a ti y a ese perro,
sé rodar,
sé imaginar,
sé bailar encima de una caja,
sé ser muchos a la vez,
y sé desgranar una granada porque se hizo para manos pequeñas.

OW me ha dicho al oído que en el arte como en el amor la ternura es lo que da la fuerza.