miércoles, 25 de septiembre de 2013

SMS (reenviar)

Hace tres años publiqué esta fotografía, eran los comienzos de El nido y la dejé tal cual, ahí, para que las imaginaciones trabajaran, no sé si las imaginaciones trabajaron pero no tuvo gran repercusión. Increíble la indiferencia que produjo, bueno, también eran los principios de este proyecto y no tenía tantos lectores como ahora (paradoja-ja).

Y ahora… ¿nada? ¿no sentís ni un poquito de curiosidad? ¿qué es? ¿dónde está? ¿por qué?
Algunas respuestas las sé, está en el Chiado, en la Ciudad blanca, la ciudad de la sonrisa perpetua y de la alegría teñida de saudade, de sardinhas, mansardas, cuestas que cortan la respiración y aceleran el corazón; de mar y río; ciudad de bacalhau y de la pérdida de razón, al texto de mi amigo Carlos remito, víctima del embrujo del salado pez:
"El bacalhau de Lisboa tiene la extraña cualidad de provocar en las afortunadas gentes que lo ingieren una inevitable tendencia a coleccionar pequeños paquetitos de paté de sardinas cuya post-ingestión termina provocando en estas, de nuevo, afortunadas gentes, la inevitable necesidad de comer bacalhau sin parar. Una vez satisfecha la necesidad y después de una agradable resaca bacalhaera, empiezan los sudores fríos, indicando de nuevo una necesidad genuinamente lisboeta que solo se subsana con la ingestión del ya mencionado pescado o de, el también mencionado, paté de sardinas, provocando el también explicado círculo viciosísimo de abstinencia y saciedad bacalhau-sardineiro. ¡I-lusos, bacalhaeros del mundo, uníos!".
Lo que es ya se ve: un mensaje claro, conciso y agradecido, alicatado y breve, un grafiti duradero: "Ya estoy mejor, gracias".
Parece ser que han corrido ríos de tinta (ahora que casi nadie escribe con tinta, me pregunto cuál sería la expresión adecuada), digo, han corrido ríos de píxeles sobre el significado oculto de la frase, seguro que la tinta versará sobre la inconveniencia de la obra en sí, ya sabemos que, en cuanto a lo que se escribe en la calle, hay más detractores que pueblo a favor, aunque en esa ciudad hay bastantes menos.
Podría tener detrás cualquier historia de esperanza, cualquier historia de dolor superado, de tristeza erradicada, amor, odio, quién sabe, alguna promesa al santo de turno, la lluvia que llega después de un verano seco, la curación definitiva de las hemorroides, o el fin definitivo de la caspa, cualquier cosa que las imaginaciones decidan que sea, todo vale… ¿nada?
Lo verdaderamente increíble del mensaje es su utilidad y su ductilidad, su atemporalidad, puede ser de lo más serio o irónico.
   "Como la noche anterior se ha perdido al regresar a casa, decide esta mañana hacer el recorrido largo, sube hasta el final de la calle, en la plaza hay un pequeño huerto comunitario pero no se detiene mucho a mirarlo, hace calor y acelera un poco el paso para llegar a la sombra cuanto antes. Por lo que se acuerda, a la vuelta de la esquina podrá coger, quizá, el tranvía, pero cuando está llegando a la parada lo ve ponerse en marcha así que aminora el paso, bajará hasta la estación caminando, en el fondo esperaba que sucediese; primero pensó que sería bueno, así no pasaría tanto calor ni se cansaría pero luego pensó en todo lo que se perdería por el camino.
En la plaza de la iglesia hay dos niños jugando al balón, se queda allí un rato mirándoles, hay un mirador perfecto desde donde se ve toda la ciudad, esta ciudad de adoquines (caminar por ella debería considerarse deporte), todos esos tejados rosados, se ve el convento sin cubierta y al fondo el río y el puente.
Está tan a gusto, hasta piensa en que, salvo porque no deja la cámara en paz, podría ser una de allí, del barrio. Podría ser que fuera su día libre y hubiera decidido coger la cámara e ir a hacer unas cuantas fotos de la ciudad, de los desconocidos, de los solitarios en las calles o en las pausas del mercado… si no le diera muchísima vergüenza fotografiar a la gente mientras comen, hablan, viven, claro, prefiere las piedras, como dicen algunos, hay edificios increíbles en deterioro constante, entrando o saliendo del abandono, le parece una ciudad muy fotogénica, anciana y viva.
Otras veces ha hecho este recorrido a la inversa, de abajo arriba, para ver lugares concretos, como una turista, ahora está arriba y dedicará el día entero a bajar despacio.
Empieza a hacer calor, es un poco tarde para caminatas, no ha madrugado mucho, pero como allí el tiempo va a distinta velocidad piensa que podrá hacer más paradas. De momento no, de momento se sujeta el pelo y continúa bajando, hay tanta luz y el cielo está tan azul que los perfiles son perfectos, todo está enfocado, no como hasta hace dos días, allí todo encaja. Ayer, antes de perderse, paró a tomar un café, en el sobre de azúcar leyó: "Um dia vou lutar pelo que quero". No es de las que piensen en que su destino le envía señales pero ha tenido que explicársela a tantas personas que ya no está segura de la decisión que ha tomado, piensa que aún está en ese momento eufórico y que, quizá cuando decida que ha llegado de nuevo el momento de actuar será realmente difícil. Y también piensa que ya han pasado unos meses y no siente que tengan razón.
¿No es el del café recién molido el mejor olor de todos? Pasa junto a uno de esos bares minúsculos que sirven también comidas y que no se sabe muy bien dónde se pueda sentar nadie. Están escribiendo el menú, quizá vuelva a la hora de comer, o mañana, desde la primera vez que estuvo en la ciudad siempre le han gustado esos sitios, sin fingimiento, normales y corrientes.
De nuevo ve el tranvía y decide dejarlo marchar de nuevo, un poco más abajo, en el otro mirador todavía no hay mucha gente, algún anciano que sale del bar, algún turista fotografiando los azulejos, una señora le pide una moneda, hay montones de buganvillas secas en el suelo, se ha levantado un poco de viento y bailan así que decide quedarse un rato y quizá ponerse un poco al día con el diario del viaje. Escribirá más de lo mismo, de lo que no llegará ni a corto pero que podrá leer más tarde y, tal vez, intentar recordar las sensaciones, los olores, los hedores de la esquina donde bailan las buganvillas.
Parece que está tardando en llegar, parece que deliberadamente se entretiene y el aire se está haciendo cada vez más denso, a ese paso llegará casi a la hora de comer a la otra punta de la ciudad, donde río ya es mar, con todo el sol cayendo vertical pero ¿cómo resistirse? Puede parar un rato a ver las ruinas recién excavadas del claustro de la catedral, más piedras que fotografiar. Cuando llegue de su viaje alguno dirá que parece que no ha estado en la ciudad. Nunca le ha gustado hacerse fotografías delante de edificios, sepulcros, esculturas, siempre ha tenido claro en cada momento quién debía ser el protagonista de la foto, la persona o la obra, incluso cuando todos se empeñan en sacarla delante de alguna pintura en medio del museo mal iluminado ella suele hacer otra toma de la obra sola. Pero nunca lo ha manifestado, no se lo ha contado a nadie, no es del tipo de personas que bombardean a quien quiera oír, e incluso a quien no quiere, lo que le gusta y lo que no le gusta, ¿tendrán listas ya preparadas en sus cabezas de todo lo que aplauden y lo que les disgusta? A lo mejor esa es la razón por la que consideran que ha dado la gran espantada, porque nunca dice, porque no siente ni padece en serio.
El claustro sigue en obras, pero ya han construido unas pasarelas de madera para contemplar los diferentes estratos que han descubierto, a veces durante pocos segundos se ve a sí misma formando parte de esos equipos haciendo catas a pleno sol en lugares remotos y luego despierta bruscamente.
Sigue bajando la calle, ya han pasado otros dos tranvías que, por supuesto, ha perdido, cuando ya no haya remedio cogerá uno, junto a la estación.
El largo paseo colinas abajo le ha dado hambre y entra a comprar algo de fruta, se ha propuesto gastar poco en este viaje, puede resistir y luego cenar pronto y seguir caminando, ha visto que en la plaza que está delante del teatro hay un concierto, es el único plan que se ha permitido hacer, puede estar bien quedarse allí un rato hasta que anochezca y luego volver a intentar volver a casa sin perderse.
Las estaciones son literarias, protagonistas de relatos y esa es pequeña y bulliciosa. Los tranvías modernos son tan diáfanos, se ve hasta la cola, unos entran y otros salen, suben o bajan, como no tienen puertas todos representan su baile delante de ella, piensa en sus vidas, más o menos igual que la suya, seguramente no habrá grandes diferencias, el hombre del maletín de la derecha estará deseando llegar a casa para quitarse la chaqueta y el chico que acaba de subir canturrea "Que voy a ser? Je ne sais pas. // Que voy a ser? Je ne sais plus. // Que voy a ser? Je suis perdu. // Que hora son mi corazn?". Como si le hubiera leído su pensamiento. Como en un videoclip.
¿Ya está?, ahí está la torre, se baja.
No podía imaginar que la arquitectura medieval cegara, pero así es. La piedra del monasterio es tan blanca que es difícil mirarla, cómo será el interior. Queda defraudada por el interior amén de estar tan repleto de gente que resulta imposible concentrarse. Pagará la entrada para poder pasar un rato escuchando solamente el fluir del agua en el claustro superior mientras a escondidas se come el resto de la fruta que ha comprado, si sus compañeros tan ortodoxos la vieran, si la vieran se sorprenderían, ella misma habría reprochado en otro tiempo semejante comportamiento y de hecho anda con miedo de que alguien que pase por allí la vea y le llame la atención, mirará hacia abajo y acatará. Está en el lugar adecuado para reflexionar sobre lo que está sucediendo, hay silencio, soledad y fantasmas de siglos, ¿todo empeorará? ¿el sueño de libertad acabará? ¿tendrá que volver? pero decide cerrar los ojos y, cuando los abre, una gárgola dialoga con una gaviota, el sol le calienta la cara y las columnas susurran que levante el culo y continúe adelante.
Sigue la estela de otro café y otra vez un sobre de azúcar tiene algo más interesante que decir: "La verdad es un puzle cuyas piezas nunca encajan. Solo la ficción las ensambla". Olaro. Esa también se la guarda, a lo mejor la necesita en algún momento, pero en qué momento, ¿acaso ha decidido algún camino? ¿acaso hay que decidir otro camino?
Se ha acelerado el tiempo de repente, el tranvía de vuelta va demasiado rápido, caminar hacia la ciudad le parece un tanto suicida así que se resigna por segunda vez en el día. Mira una polilla blanca que ha quedado encerrada entre los dos cristales como en una placa de aquellas que su hermano usaba y usaba continuamente, para ver todo un surtido de productos humanos y de otros animales, las dos alas han quedado extendidas, parece pesada, bella pero muerta y, ahí, el puente enorme sobre sus cabezas.
Como todos ellos, nativos y extraños, baja al río, el espectáculo del atardecer es observar cómo llegan a la orilla una masa espantosa de peces voraces dispuestos, incluso, a comerse unos a otros, saltan, aletean, se golpean, las gaviotas ansiosas les observan y le parece demasiado brutal, como todo hace meses, brutal.
No sabe si de observar tanta ansia le ha entrado hambre también. Se rebela pero el día se está cayendo y no queda otra que dejarse caer con él, recuerda que de mañana, al bajar, pensaba en ir al concierto de la plaza del teatro pero es tarde, está acabando cuando pasa por allí. Tanto rato viendo pelearse a los peces, o el tiempo se ha vuelto a acelerar, no lo sabe bien, pero ahora toca ir subiendo poco a poco, ya bajó hasta abajo, toca pan, toca un vaso, toca abrigarse los hombros y toca subir de nuevo a su montecito.
Pero, antes de subir, se para unos minutos, la definitiva, qué regalo: "Ja estou melhor. Obrigada". A otro a lo mejor le pasaba desapercibida pero no a ella, a ella no; la primera vez que estuvo en la ciudad el barrio tenía otro aspecto, hacía cuatro años que un incendio había quemado un montón de edificios y todas las fachadas estaban llenas de números, iba a saber poco tiempo después que esos números se ponen para identificar cada una de las piezas del edificio antes de desmontarlo por completo para su restauración.
No puede obviar que a lo largo del día ha ido soltando algunas piezas del puzle y se van a ir engranando, ¿de qué otra manera podía ser? (sonrisa)."

jueves, 12 de septiembre de 2013

A.B.

Hay dos formas de enfocar este relato y creo que puedo hacerlo de las dos, aunque escogeré la difícil.
Hace tiempo que busco a mi optimista, parece de cajón y nueve de cada diez psicólogos lo recomiendan pero no es fácil dar con él. Todos tenemos al menos uno. Aunque una esté empeñada en padecer, ese mágicamente hace que una se olvide y se calme. Según ese gran libro de autoayuda, el diccionario, la magia es ese encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo. Una cínica como yo piensa que solo saldrá del lado oscuro por medio de algún truco o artimaña.
Erré.
Sin pretenderlo te escogí a ti, lo he sabido al enfrentarme sola a esta página.
Yo lo he sabido y tú no vas a leerlo; de todos los ojos, los que más necesito ahora son los tuyos, ahora que he empezado a abrir la caja y no sé si sabré defenderme.
Ya no estás, qué poco hablamos, sí dijimos muchas palabras pero hablar no se pudo apenas. Empecé escuchando, sin pretender ninguna fascinación, sobre todos los libros leídos, tantos conocidos, tantos amigos, escritores, artistas, no eran mis "dioses" y todo me parecía lo de siempre, pero en ese cuartín donde solías escribir, rodeado de todos tus tesoros, te escuchaba, me leías y empezaste a ser mi optimista.
Me he apropiado de tus palabras, ya son mías: me decías que si afuera llovía y no me gustaba lo mejor era entrar a escribir una tarde de verano en la que tumbarse bajo los robles centenarios o una tarde de sol que te calienta los ojos cerrados mientras solo oyes el viento o una comida con gente que se quiere bajo la encina que nos protegía de las gotas.
Aquella tarde cayó una tormenta inmensa y vimos un arcoíris doble, me acompañaste a la puerta y después caminé hacia la estación, y ya nada volvió a ser igual.
Hace más o menos tres meses que vive conmigo y ya tiene una vida dura. Por segunda vez he hecho agonizar de sed a mi bella hortensia, si la vieras, qué fea está, como una araña patas arriba. Pero es una superviviente, una semana después de casi morir de sed se vislumbran unas pequeñísimas hojas verde claro. Creo que va a resistir hasta mi próxima ausencia y será entonces cuando se canse de mí y me abandone para siempre o quizá no, quizá se haga cada vez más fuerte y sea capaz de sobrevivir a toda la sed y la tristeza.
Qué fácil está siendo para ella, tendrá su optimista cerca y agua "a demanda".

martes, 3 de septiembre de 2013

Comienza el mes petardo

Las pelis que emocionan de verdad comienzan con travelines largos, largos sobre el mar, sobre vastas llanuras verdes o campos de trigo o de lavanda hermosa y asmática, con músicas correctas y melodiosas que te envuelven y te invitan a entrar.
La peli de un día como hoy de este mes enormemente petardo comienza con despertadores inoportunos, trenes o buses repletos de reses tristes (que nadie se ofenda, me he tomado una licencia, al fin y al cabo las vacas son tristonas y seguro que más de uno se sentía esta mañana conducido al matadero). No pasa nada bonito que te haga levitar de felicidad, que tus mandíbulas se abran y el corazón se te salga. Y encima el ruido se impone a las notas armónicas y mágicas, y de las fragancias mejor ni hablamos.
Si la peli de hoy te da tristeza, apatía, irascibilidad, vamos, que no hay quién te aguante, lo has pillado seguro.
En estos primeros días del mes petardo se habla mucho del síndrome ese, el del rechazo físico y mental a la vuelta a una realidad que se detesta. Seguro que hay quien disfruta de su trabajo (los que lo tienen) y volver no es tan malo, ¿no?
Sí, es un mes petardo porque no es ni verano ni otoño, ni luminoso ni oscuro, ni largo ni corto. Y porque parece que todo el universo se volviera a encender después de un gran apagón y resulta que no empieza nada, todavía hay que arrastrar cuatro meses el culo para que se acabe el año. Y eso sí que produce un gran síndrome, al fin y al cabo hay que subir una cuesta. Parece que después de todo gran evento viene la represalia.
El Nido ha parado en verano en contra total de mi voluntad (la escasez de logística y de soledad se impuso) así que el único síndrome que padezco es el de abstinencia de historias. Ya se me pasa pronto y os pido disculpas, si es que me echabais de menos.