martes, 19 de noviembre de 2013

El veneno negro

Es una buena tarde para escribir algo.
¿Que por qué es buena? Porque todo acaba de desaparecer ahí afuera; no, nada, el sol ha estado esquivándome todo el día hasta que por fin se ha ido, fundido a negro, no hay nada más. Estoy en mi habitación de la monja (donde tú escribías, A.B.), en mi esquina-oficina, esperando a escapar de aquí. No para esconderme entre las palabras sino para mirarlas bien.
Ahora es más fácil vivir a gusto entre sustantivos y preposiciones, porque antes intentaba comer de ellos, o gracias a ellos, y había momentos en que no nos llevábamos nada bien, porque se me escapaban de la cabeza, se esfumaban nada más llegar, se me escabullían por los márgenes del papel. Horas y horas ordenando las palabras de otros y no podía ni hablar con las mías.
Cómo las detesté. Ahora las necesito sobre blanco continuamente, no en mi cabeza desordenadas y desparramadas. Las doy la vuelta y las estrujo una y más veces para ver hasta dónde puedo llegar y entonces ellas me piden más y más, un compromiso cada vez mayor.
Y me acuerdo de Paula.
Ella nació antes de tiempo creo que para empezar a oír guerras de palabras pronto, ya que iba a vivir entre gritones, irónicos, histriónicos, tragicómicos, cantantes, titiriteros y un perro aullador.
A Paula le gustan las palabras, escucharlas, pronunciarlas, inventarlas: las hay difíciles como murciélago, porque tiene todas las vocales; libélula, porque es brillante; flamenco, porque es un pájaro rosa muy alto con el que jugar al cricket; aceite, porque acaba de oírla por primera vez y la repite corriendo por todo el pasillo; capítulo, porque puede dar nombre a una muñeca que todavía no lo tiene; náufrago, porque hay una aventura en el mar antes; mejillón, porque es el primer plato de la merienda; esqueleto, porque puede convertirlo en un hermano; cueva, porque se duerme bien dentro; sirena, porque nada; disfraz, porque empieza el día como mariquita y lo acaba como troglodita; cuento, porque su nana preferida son las historias, las escritas y las inventadas.
Paula incluso aprovecha para pedir al genio una cola de pez y una roca; la cola para viajar, la roca para reposar en ella después de la larga travesía a nado. Sirena es una palabra que se quedó con ella mucho tiempo y también naufragio, siempre con final feliz, claro. La sirena-capitana lograba subir a bordo de su roca a todos los que habían caído al mar infestado de tiburones.
Un día le dijo a su padre: "Papá, quiero dormir en el fondo del mar". Y su papá le pintó el fondo del mar en la pared junto a su cama: la sirena con su roca, la "piraña buena", el mejillón, una gamba pizpireta, un pulpo, su tortuga, la ballena, corales, anémonas, el hipocampo, un cangrejo ermitaño, peces felices, un barco con chimenea que navega por la superficie y dos gaviotas que vuelan juntas.
Hace once años, antes de que ella naciera, un enorme barco como el suyo navegaba con la barriga cargada de fuel, cargada de veneno. Una tempestad hizo un agujero en su casco por el que empezó a salir, poco a poco, pero sin parar, una masa negra pegajosa y mortal. Un veneno negro que se extendía por la superficie del mar hasta llegar a la playa, se pegaba al cuerpo de los peces, taponándoles las branquias e impidiéndoles respirar, al caparazón de los cangrejos, a las gaviotas, los mejillones, los pulpos, todos iban muriendo al ingerirlo, respirarlo o intentar zafarse de él, un veneno que hubo que arrancar de la arena y las rocas con las manos, las rocas de las sirenas, un veneno que lo fundió todo a negro.
No puedo dejar de pensar en las imágenes que estuvimos viendo durante días y días, meses, están ahí todavía presentes las aves, peces, los monos blancos cada vez más negros de los voluntarios que acudieron de muchos lugares a limpiar playas.
No puedo dejar de pensar en estas palabras: marea negra, sustantivo y adjetivo.
No puedo dejar de pensar en todos los animales que viven en la pared de Paula, que duermen junto a ella, un fondo marino delicado.
No puedo dejar de pensar en el planeta de Paula, un desastre gracias a todos.
Once años después de aquel desastre no natural y un juicio, nadie tiene la culpa, nadie es responsable de la catástrofe, de las muertes, de la contaminación, no hay final feliz.
Paula aprende en el colegio palabras nuevas: conservación, ecosistema, ecología, sostenibilidad, recursos naturales, protección de las especies… ¿cómo podemos enseñar a Paula bien su significado?