martes, 4 de agosto de 2015

Localizaciones

Vivo en una medio-grande ciudad desde hace una década, más o menos. (Te exiliaste a esta ciudad hace una década, más o menos.) No la elegí porque me gustara especialmente, fue más bien una consecuencia lógica, el lugar natural al que dirigirme porque otros pioneros me abrieron el camino, no está ni muy cerca, ni muy lejos, es lo más extranjera que mi corazón podía permitirse o que mi cabeza era capaz de medir. Ni la amo ni la detesto, quiero pensar que al menos no del todo. (En este momento, irrespirable y te produce una mezcla de agorafobia, no deseas en absoluto contacto con el hirviente asfalto o ese pestilente aire caliente que escupen las fachadas, y al mismo tiempo te sientes encerrada y atrapada.) Así que es un sitio como cualquier otro para una reclusión controlada.
Algunos ya sabéis, lo he dicho en otras ocasiones, que voy andando a/por muchos sitios, para unos pocos no es extraño, pero para la mayoría es otra rareza o terquedad más, para mí es una necesidad. Quizá, si me hubiera ido a vivir a un pueblo cualquiera, caminaría por el monte, por el bosque, hasta el primer, segundo o tercer pueblo cercano, pero me ha tocado asfalto, duro y sucio e intento encontrar algo de belleza en el ruido.
Porque una trata de adaptarse, ha cambiado de rumbos, ha dado marcha atrás para volver a arrancar, pero hay cosas en mí que son como el aire, como el agua, cuando pasan aunque sean solo unas horas sin aprehender y aprender esa belleza, en cualquier formato como se manifieste, se abre un agujero enorme y me pierdo entera dentro. He leído que "la naturaleza es imparable", que "tu yo verdadero, sin pedir permiso ni a Dios ni al Diablo, decide personarse y tomar posesión de lo que le pertenece. Volver a ocupar el paraíso del que nunca debió ser expulsado" (Mar Rey Bueno). Temo que el yo, que se ahoga sin su rutina, se contentaba antes con menos alimento, pasa temporadas más o menos satisfecho, pero otras casi no puedo acallarlo, lo logro convenciéndole de lo inútil de su grito, llamando a la pereza unas veces y otras a la falta de estima, ese par de asesinas que solo buscan mi pesimismo.
Hace no mucho he empezado a practicar un ritual, siempre las mismas calles, el mismo barrio (ya cambiaré). El primer día fue simplemente una nueva ruta para el síndrome de camino si me aburro, camino si debo pensar, desenfadarme, enfriarme o calentarme, desasosegarme, inspirarme o peregrinar hacia algún santuario artístico aún sin revisar (los únicos santuarios en los que todavía creo). Aunque así no se consigue apagar la cabeza. Poco a poco me he ido adentrando en un territorio desconocido de porterías, semisótanos, desvanes, plantas principales, entradas de servicio, donde además no soy bien recibida. Siento que soy intrusa e incluso sospechosa, más que sentirlo, una precisión, lo sé. Los celosos guardianes, los porteros, me observan, a la defensiva, si se me ocurre parar unos segundos en sus pequeños feudos, se colocan bien en sus sillas, asientan bien el cojín y se ponen alerta, miran –los que no tienen monitor de cámara de seguridad– por un espejo que les da visión de todo el portal y de la entrada. Si, además, después de avanzar se me ocurre retroceder y parar de nuevo, sé que les saco de sus casillas, de sus sillas y de su habitáculo de perro guardián. Si entro, ¡ay, si entro! se levantan, sin prisa, eso sí, y preparan la artillería: "usté no pué'star aquí". En realidad no estoy "aquí", pasaba por "aquí" y solo disfruto de la contemplación de un poco de hormigón, ladrillo, yeso graciosamente combinados para crear una belleza ecléctica y decrépita producto de una necesidad de perpetuación de valores burgueses desfasados pero por desgracia demasiado vigentes; no, mejor así: "disculpe", pasaba por "aquí" y estoy admirando "su" (atención) edificio, un lugar donde vivió el escritor, científico, músico, poetisa, sufragista, que probablemente ha marcado mi, su, presente (pre-suposiciones).
Empecé a hacer fotografías por si aprendía algo, por si en alguna de ellas se escondía algún fantasma, alguna historia o parte de una, incluso he creado una especie de colección, la llamo: "Localizaciones"*. Son un gran número de pedazos de inmuebles construidos a finales del siglo XIX o principios del XX de belleza caduca, de estilo indefinido, con grandes balcones, chaflanes, miradores, balaustres, grutescos, atlantes, mascarones, etc. de madera chillona y cristal ondulado, de cuarto de criada y baños de estar.
Pero sobre todo son un portal para un viaje a un pasado que intuyo interesante, también un poco mágico al doblar la esquina, otro mundo tan cerca del mío, totalmente opuesto al mío, pienso que más excitante, escenificado solo para mí, porque por sus aceras no encuentro a nadie, porque quizá sus porteros y porteras han conseguido ahuyentarnos a casi todos.
Aunque solo sea por molestar, aunque no encuentre drama alguno (sin drama o conflicto no hay acción, ya lo sabes), creo que seguiré inmiscuyéndome.
Esta de la “localización” es una tarea que se hace cuando se llega por primera vez a otro lugar, se pasea, se planea, se observa superficialmente, para domesticarlo. Yo quizás debí hacerlo, pero no fue, no fue porque, como os he dicho al principio, y en alguna otra ocasión que yo recuerde, este lugar es una prolongación de una pecera que se hizo pequeña (como al protagonista Big Fish, de Daniel Wallace).
Fuera de la pecera vivo una, dos, varias vidas y dentro vivo otra más sin mí. En la pecera la cabeza acaba por apagarse, que no está mal, en ocasiones, no está permitido ser ermitaña ni por horas, se pueden pasar tardes enteras dando nombre a las constelaciones de la espalda, la vida va a treinta, tienes derecho a metros de aire a tu alrededor cuando andas, en una tarde normal hasta las nubes gritan y los dramas son demasiado verosímiles. Pero en la pecera no hay que ir en busca de portales al pasado, ya tengo habitación con vistas e historia en las esquinas.
No sé si esas "localizaciones" servirán, los dramas/conflictos están escondidos de momento, son demasiado ajenos o no sé si tendré la suficiente imaginación para inventarlos. A lo mejor no son más que esa búsqueda entre el ruido para mantener a raya al agujero hambriento, pero no las que lo saciarán/enmudecerán por completo, eso es imposible. (Te conformas.)
Mientras camino por ese territorio vetado, por qué no llamarlo también gueto, voy pensando en un encuentro casual con algún fantasma, pero solo me topo conmigo. Y pienso en todas mis vidas, distintas pero conectadas. Y pienso en la chica del perrito de por las tardes, que es la de los niños por la mañana, pienso en la que sale de casa a la vez que el sol y vuelve cuando este se esconde, en la que acompaña a la viejita, en que seguro que también tienen esa vida sin ellas, que van viviendo sin que ellas estén totalmente presentes. Y también pienso en ese señor altivo y en la señora que me mira pero no me ve. Y caigo en la cuenta de que ya he entrado en contacto con esos fantasmas que buscaba, en ese mismo gueto pasado y presente se parecen, se superponen.



* Paréntesis: puedo hacer cuantas fotos guste de un monumento y fachada de edificio (distinto sucede con los interiores), no tengo que pedirle permiso a portero alguno, ni pagar derechos a su arquitecto, ya que me protege una ley que se llama "Libertad de panorama" que puede que tenga los días contados. Un proyecto de ley europea podría eliminar esa "libertad" a favor de los derechos de los arquitectos y artistas vivos de determinados monumentos, a mí que me lo aclaren bien porque supongo que la torre Eiffel pertenece a la ciudad de París, por poner un ejemplo altamente fotografiado. El tema se encuentra en debate y tendríamos que dejar de hacer/publicar "localizaciones" gratis y buscar fantasmas.

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