jueves, 19 de julio de 2012

La poesía es un arma cargada de futuro, Gabriel Celaya

Me parece que es buen momento para acudir a los clásicos, al menos yo encuentro en este poema inspiración para lo que veo que sucede. Si ya lo dijo otro magistralmente, ¿por qué iba yo a intentar otra cosa?
Y además la poesía permite quedarse en uno, varios o en todos los versos, lo que más convenga.

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Han decidido que la igualdad de oportunidades es de nuevo esa utopía a la que no llegaremos nunca, que el que quiera estudiar debe renunciar si no hay guita, que el que quiera entrar en un museo debe pagar como si de una cena de dos platos se tratase, que quien sea un buen atleta no podrá prepararse en su propia ciudad, que un artista no es un miembro productivo de la sociedad, que la cultura solo es para quien se la pueda permitir. Que la cultura no es una primera necesidad. Que todos los que trabajamos en la cultura somos prescindibles, que en realidad todos debiéramos ser teleoperadores y cajeros o dependientes de tiendas que abren cuando la gente duerme, porque es lo que tiene que ser, porque un insomne saldrá a las 5 de la mañana a comprar zapatos, ¿por qué no a leer a una biblioteca?
También piensan que no somos muchos en la lucha y que la protesta dura unos días de berrinche, y que luego todo vuelve a la normalidad, y quizá tengan razón, porque ni siquiera en un momento en que la utopía pudo ser posible "educamos" para que la sociedad pensara que de la cultura no se puede prescindir, para que saliera a la calle a reivindicarla. Porque es algo que hacemos en nuestro tiempo libre, no abre cabeceras de noticias en la tele, se pone al final, y quienes comemos de trabajar en la cultura en realidad deberíamos emigrar, qué sé yo a Noruega, país, por cierto, en que la cultura y la educación son cosas que sus habitantes tienen por pagar impuestos y que no consentirían que les saliera más caro de la cuenta y que consideran derecho y deber al mismo tiempo.

1 comentario:

  1. Srta. Jana, de provincias21 de julio de 2012, 13:09

    Verdades como puños: directas a la cabeza.
    Suscribo la línea, la interlínea y las entrelíneas.
    Incluso en el monte más quemao acaba apareciendo una brizna de hierba.

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