jueves, 19 de enero de 2012

¿y si lo ponemos verde?

Como ya tengo una edad, tengo un pasado. En mi pasado fui diseñadora gráfica, no sé si lo fui, pero era lo que hacía, son dos cosas distintas. Era una diseñadora de provincias, esto quiere decir que los proyectos eran de provincias, y me divertía bastante. Una temporada nos tocó hacer logotipos, unos cuantos. Algunos sabreis qué es un briefing (informe que el cliente ofrece a la agencia o al estudio que aporta información detallada sobre la empresa en cuestión), para nosotras era "ese gran desconocido", así que investigábamos, dibujábamos, trazábamos, buscábamos tipos interesantes y se lo entregábamos al cliente, ese momento es siempre emocionante, una mezcla entre pudor, pánico, orgullo…  esa temporada más de uno después de mirarlo, y mirarlo, y mirarlo mucho, y pensar, decía: "mmm, no está mal, ¿y si lo ponemos verde?".
–¿Y si te ponemos verde a ti?" –es el orgullo de diseñador el que habla.
El verde fue el color de aquella temporada, todos querían un logotipo verde, aun cuando sabían que estaban influenciados y mediatizados por otros logos verdes.
El verde, el verde es un buen color, muy natural y esperanzador, fresco y necesario, por no hablar de la cerveza, que te hace pensar en verde. ¿Qué es pensar en verde? ¿pensar en La Masa? ¿pensar en ecología?
Pensar en verde es asignatura obligatoria, cuando pienso en verde veo islas en el suelo, veo hierba pequeñita en cada rendija libre del suelo de mi calle, veo Mondrians.
No quiero olvidarme de pensar en verde y no querría que nadie lo olvidara.

1 comentario:

  1. Srta. Jana, de provincias20 de enero de 2012, 10:18

    Esta costumbre de mirar al suelo, creo que ya te lo he contado muchas veces, te viene de cuando medías no más de 60 centímetros. Como de hecho estabas más cerca del suelo que el resto de la gente -gente mayor, simpre estabas con gente mayor hasta que fuiste al cole- te quedaba más cerca: lo veías antes. De pronto, esa niña se paraba en seco y, despacio, para no tambalearse, comenzaba a doblarse por la cintura hasta dibujar una rechonchita "l" invertida. Y entonces la niña-bisagra fijaba sus ojines negros en lo que había descubierto: un trébol minúsculo entre dos losetas, una fila de hormigas perdiendo la cabeza en su incierto camino a casa, un caracol del tamaño de una cabeza de alfiler... y allí te quedabas, pensando quién sabe qué cosas sobre los mundos pequeños.
    Me gusta mucho que lo sigas haciendo.

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