martes, 9 de noviembre de 2010

Dilo en pasiva,

escribe una sigla y, si puedes, dame un gerundio. Así es como anda últimamente lo que viene siendo el mundo del lenguaje, ojo, que hablo del escrito, del otro mejor ni hablo porque a lo mejor no sé hacerlo, digo hablarlo.
Me refiero a las fuentes escritas, a esas a las que acudes cuando no sabes algo, esos libros de plomo (por pesados, en los dos sentidos), por ejemplo el "tumbaburros" que tenía mi abuelo, si había que ir a buscarlo a la biblioteca no había duda, era un tocho "hermocho" que casi siempre estaba en la última balda y que si tenía la osadía de caerse no solo te tumbaría a ti, burro, sino que podría traspasar los suelos hasta llegar al sótano y/u al infierno después (que es el lugar habitual para situar el infierno, claro que esto es cosa de cada uno, porque lo del infierno es dependiendo de la persona humana, lo mismo vas al infierno y tenías en vida miedo a las alturas, entonces es mucho más mejor pensar en lugares elevados como infiernos personales).
Pues resulta que a eso me dedico, un corrector, hoy día, lucha con estos tres pilares del mal escribir, esos tres infiernos: la voz pasiva; la sigla o acrónimo (mucho mejor si ni siquiera sale ni una vocal del amecido, parecerá un idioma desconocido en el planeta, al menos en el que vives) y, por último, el gerundio. Son tres ingredientes esenciales para pensar, cuando lees, que no te hablan a ti, que estás delante de la fuente, sino a un primo tuyo de Wisconsin.
Curiosamente parece castellano pero, hacedme caso, no lo es.

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