martes, 15 de junio de 2010

Esa cosa verde

Estoy asombrada con la naturaleza, es lo que tiene un parao', te "paras" a observar las cosas sencillas que te rodean. Las plantas de mi casa son pocas pero interesantes: tengo una ramita de bambú, progresa adecuadamente, le gusta vivir a la sombra, como a mí; el calanchoe es como un fénix, se agobia y decide que se quiere morir, entonces lo capo y lo vuelvo a plantar y hala ya está otra vez contento y erecto; el ficus creo que ha decidido que no va a crecer, como el protagonisa de El tambor de hojalata; la palmera anoréxica: y por fin llegamos al cactus, mi compañera de piso lo adoptó a él y a otro gemelo que se agobió, se pudrió y dejó este mundo, a ella le parecía que los cactus son así espinosos y que no hay que darles cariño, ni agua, ni conversación (puede ser que ahora prefiera otras especies menos desérticas ya que está enamorada, puedo decirlo porque no me lee), él ha decidido que este es su hogar, el pobre incauto ha lanzado una raíz aérea en busca de un suelo en el que asentarse y lo único que encuentra en su caer es el tablón de una mesa de Ikea.
Sin embargo, ahí fuera en esta contaminada (cochina) ciudad de Madrid la vegetación se reproduce precisamente gracias a la porquería y su belleza radica en su libertad.



Del pis de algún incontinente, algunos chicles y otros restos orgánicos ha brotado mi isla, bien rodeada de un mar de cemento innavegable.

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